domingo, 30 de septiembre de 2007

Ciudades espejo de guerra y paz: Bogotá, París, México, Nueva York

cuando uno viaja a otra ciudad, o a ciudades de otros países, lo primero en que se fija es cómo se vive en la calle, en el sabor de los barrios. Se trata, quizá, del indicador cultural más importante de cualquier lugar. Así vemos qué es importante para sus habitantes. En Nueva York, por ejemplo, nos damos cuenta de inmediato que la rapidez es de suma importancia en la parte central de Manhattan: hay aceras anchas para que mucha gente camine a gran velocidad, y en el subsuelo está el verdadero sistema circulatorio: el tren subterráneo, que llega prácticamente a todas partes y que todo el mundo utiliza, no sólo los pobres y quienes no tienen coche. Allá, gracias al subway, poca gente necesita o quiere auto. Y en la parte sur de la isla todo cambia: calles estrechas, cafés sobre las aceras, restaurantes acogedores. Para decirlo pronto: una especie de pequeño París en Manhattan.

A los neoyorquinos, tanto les ha gustado la experiencia europea del restaurante-café sobre la acera, que esta modalidad ha cundido: en los últimos cuatro años, la cantidad de establecimientos de este tipo ha aumentado en 25 por ciento. Actualmente existen 900.[1] El único problema es que los nuevos cafés de acera, en muchísimas ocasiones, se ubican sobre avenidas muy anchas, sumamente transitadas, y el aroma a café se mezcla con el del diesel, y lo único que puede escucharse son enfrenones y claxonazos.

Por su parte, París es la ciudad humana por excelencia. Está hecha a la medida de la gente que la vive. Allí se puede caminar durante horas sin sentirse hostigado. Todos los remates visuales son cuidados —aunque en este aspecto Venecia es insuperable, y Zacatecas no canta mal las rancheras—, como si fueran pinturas. No hay cuadra sin café, bistrot, restaurante, librería, galería…, y parques hay por todas partes. Y es invaluable el privilegio de tener un río que la atraviesa toda.

¿Cómo es la ciudad de México en este sentido? ¿Qué revela acerca de nosotros? En términos generales, resulta hostil. En mi primera crónica enviada desde la capital de Francia, “París nunca es lo mismo sino casi todo”, me referí a la hostilidad que acosa a quienes tenemos que trasladarnos de un lugar a otro dentro del enorme Distrito Federal, en contraste con lo acogedor que es la Ciudad Luz. Un lector anónimo —airado— reaccionó de esta manera: “asqueroso [sic] que haya mexicanos como tu [sic] que hablan mal de su ciudad, y sin venir al caso, además. Por favor ¡QUEDATE ALLÁ! [sic], mexicanos como tu [sic] dan verguenza [sic] ajena”. (El comentario completo aún puede ser leído después de la crónica). A este lector le molestaba sobremanera que yo hiciera comparaciones, contrastes, entre las dos ciudades, y que ese contraste no favoreciera al equipo local. Pero me parece esencial que lo hagamos, pues así descubrimos quiénes somos realmente: qué permitimos, qué prohibimos, qué forma damos a nuestra existencia.

Es casi imposible caminar más de unas cuantas cuadras en el Distrito Federal, sea por el mal estado de las aceras o porque el tránsito vehicular siempre tiene la preferencia. Las avenidas principales, salvo el Paseo de la Reforma —entre Bucareli y la salida a Toluca—, tienen largos tramos verdaderamente feos. Proliferan talleres mecánicos al aire libre, estacionamientos que no son sino lotes baldíos, edificios medio derrumbados; casi no hay botes de basura ni dónde sentarse a apreciar la vista… ¿Cuál vista?

Pero parece que en algunas colonias la gente se está poniendo las pilas. Coyoacán siempre ha querido conservar su sabor propio, pero debe lidiar con ambulantes y la omnipresencia del automóvil en calles y callejones diseñados para caballos y carruajes durante la Colonia. La Condesa amenazaba con afearse irremediablemente, como la colonia Roma, pero se está salvando. La San Rafael ha perdido su carácter, pero Santa María la Ribera aún lo conserva. Aún falta muchísimo, sobre todo que nos demos cuenta de que nuestras colonias nos reflejan. Y creo que nuestra imagen en el espejo no es del todo halagüeña.

Pero si la comparamos con otra ciudad, Bogotá, salen a relucir aspectos muy positivos del Distrito Federal. Hay rincones de la capital colombiana realmente hermosos, como la Candelaria, que siempre me ha recordado San Cristóbal de las Casas. Y existen bellas colonias en el norte de la ciudad, pero resulta que lo son porque allí vive la gente más rica, amurallada. La mayor parte del área urbana, fuera de las áreas más comerciales y transitadas, está realmente en mal estado, con una infraestructura muy dañada, o nula en algunos casos. Y Bogotá está en mejores condiciones que muchas otras ciudades del país. Además, ha ido recuperando espacios totalmente perdidos, como el Cartucho, que eran unas 20 hectáreas detrás del Palacio de Nariño (el corazón político del país), donde reinaba una violencia absoluta a cargo de sicarios, narcotraficantes, adictos, chulos y toda la fauna que pulula a la sombra de la impunidad. Ya que no está el Cartucho —ahora es un gran parque—, han brotado incontables cartuchitos, como “El Bronx” —que no está muy lejos—, donde la policía no se mete y se salva quien puede.


Hay violencia en el Distrito Federal, y la hay en Bogotá, pero la violencia colombiana condiciona casi todo. Se trata de una ciudad y un país en guerra, en estado de sitio constante, lo cual ha cercenado los nexos sociales verticales. La desconfianza generalizada es mucho más palpable que en México. Y esta desconfianza se traduce no pocas veces en desprecio y agresión física desde el que posee el poder económico hacia el que no lo tiene. Colombia y México son como primos hermanos, pero aquélla nunca tuvo su revolución: sigue en el poder el equivalente de las “400 familias porfirianas”, sólo que están enfrascadas en un muy mal triángulo —nada amoroso— entre el narco, los paramilitares y la guerrilla. Malo para el país, pero sumamente productivo —para algunos— en términos económicos: el terror es una industria en Colombia, y se ganan millones de dólares todos los días. A muchísimas personas no convendría en absoluto un cese de hostilidades, que reinara la paz. Por desgracia, el 90 por ciento de la población paga el precio porque el otro 10 viva como reyes detrás de las rejas que han erigido para protegerse del caos que ellos mismos han creado.

Debemos recordar que el Cartucho, lo que sería el equivalente de nuestro Centro Histórico, fue un lugar pujante antes del Bogotazo, una sublevación popular espontánea que surgió a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el candidato presidencial que habría ganado las elecciones de no haber sido baleado el 9 de abril de 1948, fuera de sus oficinas. No sólo fueron quemados importantes edificios gubernamentales, sino que muchas casas y tiendas del área fueron objeto de saqueos. La violencia en el país duró casi una década, y recibió el mote de… “La Violencia”.


Las casas, tiendas y hoteles ubicados dentro del área que llegó a ser el Cartucho fueron abandonados por la mayor parte de sus propietarios, o dejados en manos de terceros. Para decirlo de otro modo, la decadencia del centro de Bogotá fue resultado directo de lo que muchos especialistas reconocen como un asesinato político premeditado para poner un alto a quien habría hecho causa común con los más necesitados, y no los que detentaban el poder desde tiempos de la Colonia. Ésta fue la violencia —producto de la total y absoluta intransigencia de quienes manejaban los hilos políticos y económicos de Colombia— que sembró la que se padece actualmente, casi 60 años después, aderezada con el narcotráfico, una derecha insaciable con múltiples brazos armados (los paramilitares) y la guerrilla que nació para combatirla, pero que en algunos casos ha perdido sus ideales y se ha conformado con la guerra como modus vivendi, casi igual que sus contrincantes.

Me duele Colombia porque es un país muy hermoso, y sus hombres y mujeres —todos aquellos que tanto sueñan, estudian y trabajan para salir de la vorágine que los ha tragado irremediablemente hasta ahora— son realmente valiosos y valientes. Estos colombianos de a pie, quienes nada tienen que ver ni con el narco ni con la guerrilla ni los paras, darían lo que fuera por vivir dentro lo que nosotros llamaríamos “la normalidad”. Por eso emigran en números cada vez más preocupantes. Sólo entre 1998 y 2000, por ejemplo, salieron del país 600 mil ciudadanos colombianos, y no regresaron nunca. No hallaban trabajo a pesar de haberse preparado, el futuro se les cerraba, o sólo se les abría por frentes de la legalidad.

Empecé este ensayo hablando de cafés y remates visuales, para terminar con una nota de pesadumbre extrema. Lo hago porque oigo pasos en la azotea, porque al narco le encantaría apoderarse de nuestras ciudades, corromper totalmente a nuestros gobernantes y dirigir la economía mexicana a su gusto. La izquierda no parece comprender su responsabilidad de liderazgo y se enfrasca en luchas intestinas; la derecha está muy contenta con mantener el status quo, y nadie parece tener los tamaños o la inteligencia suficientes como para llamar al pan pan, y al vino vino: el narcotráfico es un negocio de oferta y demanda, como cualquier otro, y demasiada gente en el poder está metida hasta las narices en él.

No quiero esto para México, y sé que el 99 por ciento de los mexicanos, tampoco. Por eso no podemos meter la cabeza en un agujero y gritar, con la boca llena de tierra, “¡Sólo México es bello!”. Nosotros determinamos cómo vamos a vivir, qué permitiremos y qué no. No queremos ser ni París ni Nueva York ni Bogotá. Cada ciudad mexicana, y cada pueblo, debe ser todo lo que puede y quiere ser. Por eso es importante recuperar los espacios públicos —para cafés, para teatro y música en la calle, para caminar— y volver a llamar nuestro lo que nos ha sido arrebatado por circunstancias que se han salido de control. Esto trasciende los partidos políticos, pero hay intereses creados muy fuertes que apuestan todo a que, en nuestro papel de ciudadanos, no hagamos nada y nos quedemos callados, atemorizados. Hemos perdido muchos años, varias generaciones, incontables sueños. La ciudades son nuestras, el país es nuestro. Recuperémoslo.


[1]Frank Bruni, “Curbside, We’ll Never Have Paris”. New York Times, Week In Review, domingo, 30 de septiembre de 2007, pp. 1, 4.

Ciudades de las fotografías:

1. Nueva York

2. Nueva York

3. París

4. México, DF

5. México, DF

6. Bogotá (la Candelaria)

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo sé que debes sentirme como un lastre en tu blog, querido Sandro, perdóname. Te admiro tanto por esa foto tan linda de cuando eras niño, que cuando llego a la parte de tus profundas reflexiones ya estoy al límite ¿tú me entiendes, verdad?

Sandro Cohen dijo...

Ya me había declarado mudo al respecto, sobre todo cuando hay tantas cosas que reclaman nuestra atención, pero déjame decirte que has causado grandes polémicas entre las personas que me comentan personalmente la Caja Resonante. Como la mitad opina que eres hombre. La otra, que... ¡cómo! ¡Sólo una mujer podría decir esas cosas! Algunos te creen muy atrevida (suponiendo que eres mujer); otros, un poco o muy rara. A mí no me molestas, aunque el anonimato siempre se presta a muchas suposiciones que casi siempre están equivocadas. Y, por supuesto, también me encantaría que hablaras de los temas planteados. Pero creo en la libertad de expresión responsable, así que ¡adelante! Bienvenida, o bienvenido, a esta página, que es tuya.

mariana dijo...

Ahora sí que tu reflexión dominguera me tocó duro. Me resulta insoportable la destrucción deliberada de lo bello que había -por lo menos para mí- en la ciudad de México y zona conurbada. Ayer me dolió Polanco. Las casas colonial californiano, con sus jardines, herrería, etc, están siendo cubiertas por muros de publicidad, o se las han hechado para construir depas ¡carísimos!-ni que fuera París- total esa colonia arbolada con camellones amplios por los que se antoja caminar, ¿está desapareciendo? Por lo mismo que tu mencionas respecto a la industria del libro -no de la lectura crítica o el cambio de opiniones y conocimientos o por placer- POR $$$$. He dejado de ir a COyocán porque ya no es posible sentarse en el parque -después de el paseo obligado por las librerías- a tomar un helado o comer un elote. Y San Angel, idem. Me doy.
Y ni te cuento lo que está pasando en la "zona conurbada". La destrucción del medio ambiente a ritmo acelerado. Quién protesta? Tú y yo.
Me duele, me duele que quieres que te diga. Y pienso en mis largas caminatas por BUenos Aires o Santiago o Zaragoza o Sintra.

Anónimo dijo...

Sandro, querido, sé que ya me extrañas. Mira, yo también sufro, se me sube la rabia por este país nuestro que se va a la mierda: sus bienes inmuebles, sus personas, sus bienes naturales: todo en un bote de espray con aroma a moribundo. Pero prefiero hablar de cosas más amables y a mi sin duda, Cohen, querido, tu nombre me suena a verbo copulativo en tercera persona del plural, no lo puedo evitar.
Si todavía tienes la duda, soy mujercita, darling.
Por otro lado debo aclarar una cosa: mi presencia tan recientemente bienvenida en tu blog, es una presencia literaria nada más, y por eso es que me mantengo en el anonimato.
Mil gracias por tu hospitalidad.

Sandro dijo...

Mariana: los espacios públicos son vitales. Si no los usamos y protegemos, terminaremos viviendo en una cárcel. Cada quien puede empezar por su barrio. ¡No nos demos por vencidos!

Anónima: (¡Ahora sí ya sabemos que eres mujer!). Habría que aclarar que Cohen, como verbo con "g", aunque sí sería tercera persona del plural, NO sería copulativo sino simplemente intransitivo, aunque también podría usarse pronominalente. Intransitivo: "Ellos Cohen (con g y sin mayúscula) alegremente". Con el uso pronominal: "Ellos se Cohen". El uso transitivo es sinónimo de "tomar" o "agarrar": "Ellos Cohen el tren a las 19 horas". Que bueno que tu presencia es literaria. Deberías inventarte un nombre a la altura porque "Anónima" es demasiado... anónimo.

Anónimo dijo...

Jajajajaja, qué bien lo "cogiste", Cohen; que el co(h)pulan también es coher, pero intransitivo..., intránsito, ¿intra(n)scendente?. Provisional.
¡Buen juego! Felicidades

Anónimo dijo...

Gracias por tus comentarios, an�nimo (tocayo), t� si me entiendes, me cachas, me...
Sandro: tienes raz�n, pronto aparecer� en este blog tan interesante, con un nombre m�s a mi altura... se me ocurre que puede ser "Arcadia" �te gusta?

Anónimo dijo...

tocaya, ¿y por qué no haces tu propio blog para leerte ahí? Creo que tienes mucho qué dar...

Sandro dijo...

¡Momento, mi otro amigo anónimo! El que Arcadia --digamos que ahora se llama Arcadia, una referencia a los literatos de la Roma antigua--, quiera comentar este blog no le impide crear el suyo propio o viceversa. En lugar de cortar o coartar la comunicación, debemos enriquecer nuestras interconexiones. Nunca sabe uno adónde pueden llevarnos, pues como la vida es una aventura, la vida en el ciberespacio también lo es. No le tengamos miedo. Mientras haya respeto, todo lo demás es posible.

Anónimo dijo...

El respeto, Sandro, tiene mil coloraturas, y cada uno puede interpretarlo a su manera, ¿verdad?

Cuidado, Arcadia...

Paso a retirarme

Anónimo dijo...

Mi admiración a la arcádica belleza de Sandro, a quien podría imaginar como un soldado romano al estilo más peliculesco: sus ojos claros reflejando el horizonte interminable del más grande imperio, su cabellera aromatizada por los vientos de Caledonia, (aaah, todo eso) me convierte en una fiel defensora de su profundo pensamiento ¡¡¡¡¡y ay de aquel que se atreva a cometer una falta contra su persona en este blog!!!!!
Coincido, ex-tocayo querido, en que hay respetos que se consideran faltas y viceversa ¿cuántas damas solitarias como yo desearíamos, secretamente y no tanto, ser objeto de algunas mínimas, suaves, sutiles, deliciosas faltas a la moral, a la buenas maneras?.. Y dime aquí, secretamente: ¿tú cómo te llamas, anónimo?¿eres hombrecito?¿respondo acaso a las palabras de una remorita feminoide? no vayas a decepcionarme, no te vayas, cariño.