domingo 20 de abril de 2008

¡Seríamos tan pobres!

Vista interior de la Mega Biblioteca José Vasconcelos. Fotografía tomada de arq.com.mx


¿PARA QUÉ sirve una biblioteca? ¿Para que sirve una librería? Al parecer, son muy diferentes. En la primera se supone que podemos investigar datos, consultar tomos y pedirlos prestados para llevar a casa. Y solemos entender que una librería existe para vendernos libros. Curiosamente, siempre he pensado que las librerías son también —aunque sea un poquito— como bibliotecas que, además, están en posibilidades de vender y renovar constantemente sus acervos.

Qué lejos estoy de la realidad… Creo que en el México actual ni las bibliotecas son bibliotecas de veras, ni son de veras nuestras librerías. La mayoría de las librerías hoy en día son outlets de las editoriales trasnacionales. A veces podemos ojear un libro —si no está retractilado en plástico, condición necesaria para que el libro no vendido pueda ser devuelto a su editorial en un estado aceptable— pero no siempre hay dónde sentarse a hacerlo. Y resulta imposible pensar siquiera que en nuestras librerías podremos encontrar obras que no sean novedades o best sellers. Para eso, se supone, están las bibliotecas.

Las bibliotecas… Como muchos soñadores de mi generación, me enamoré de la prosa de Borges a partir de su metáfora que equiparaba las bibliotecas con el mundo. Uno puede nacer, criarse y morir dentro de una biblioteca, y aun así haber vivido plenamente. Por lo menos en teoría… pero la idea detrás de la paradoja está clara: las bibliotecas —y, por extensión, los libros— nos abren puertas al universo entero que, sin ellos, nos estaría clausurado.

Puedo afirmar que me crié dentro de una biblioteca, pero no de libros ingleses en la casa de mi abuela —como Borges— sino en una biblioteca pública en la ciudad de Elizabeth, estado de Nueva Jersey, donde podía vagar libremente entre decenas de miles de volúmenes. Me embriagaba el solo olor, el olor a libro. Allí me inocularon, y terminé de hacerme adicto al ver a mi madre leer sus novelonas hasta las tres de la mañana. Aquella biblioteca es mi Biblioteca de Babel. Es mi idea de civilización. Para mí no habría vida en el planeta si no hubiese bibliotecas. ¡Seríamos tan pobres!

Por eso me invade una tristeza infinita al comprobar que aquí y ahora en México escasean las buenas librerías y las buenas bibliotecas, como aquella de mi infancia. Mucha alharaca se hizo cuando se construyó e inauguró la Biblioteca Vasconcelos, y mirensigue cerrada al público: pudo más la política y la ineptitud que las buenas intenciones. Hasta me pregunto si en verdad hubo buenas intenciones o si sólo querían vernos la cara a aquellos que aplaudimos la idea de construirla, pensando que una buena biblioteca en el Distrito Federal sería inspiración para poner al día los siete mil bibliotecas municipales, la mayoría de las cuales tiene un acervo en pésimas condiciones, totalmente rebasado.

Si no hubiera bibliotecas en México, seríamos muy pobres, pero como las que tenemos son en general paupérrimas, ¿eso, en dónde nos deja a nosotros?

miércoles 9 de abril de 2008

De cómo me enamoré de una fuga en Do mayor

La primera página de la Fuga en Do, BMV 846, a cuatro voces, de Juan Sebastián Bach. Das Wohltemperierte Klavier, Teil I, Urtext, G. Henle Verlag

Los grandes momentos en la vida de cualquier ser humano pueden ser públicos o íntimos. A veces se trata de una boda o el nacimiento de un hijo, el triunfo en alguna justa deportiva o en una elección, o el momento en que vimos, por primera vez, a la persona de la cual nos enamoraríamos inexorablemente. Hoy, 9 de abril de 2008, tuve uno de esos momentos. Lo siento tan íntimo que el hecho en sí poco o nada importará a los demás seres humanos. Pero el fenómeno, el hecho de haber alcanzado un hito y de poder incluso rebasarlo, sí puede ser importante para cualquiera, para todos.

Hoy, por primera vez, tras semanas de aprendizaje, pude tocar de memoria, de principio a fin, sin interrupciones y sin errores, la primera fuga del Clave bien temperado, libro I, de Juan Sebastián Bach. Sé que aún falta mucho para que yo pueda tocar la pieza como Dios y el Maestro mandan, pero aquí ha sucedido algo extraordinario.

La pieza es, en sí, un portento de la literatura musical de Occidente. No es extensa. Tiene apenas 27 compases. No dura mucho más allá de tres minutos cuando se toca a ritmo andante, ni rápido ni lento. En la versión de Friedrich Gulda que tengo, su duración es de tres minutos con 10 segundos, nada en comparación con las grandes sonatas de Haydn, Mozart, Beethoven o Schubert. Pero esta pieza, por algo, se enseña en todas las clases de teoría musical en todos los conservatorios del mundo.

En primer lugar, lo que es obvio: se trata de una fuga. Es probablemente la más majestuosa jamás compuesta. Después de la muerte de Bach, la fuga —como forma— cayó en desuso y aún más: en descrédito. Los nuevos compositores tendían a considerarla una forma anticuada, arcaizante. Fue Beethoven quien la volvió a traer al centro del foro con su Grosse Fuge en Si bemol, opus 133, compuesta en 1825-26. Podemos agradecer el redescubrimiento de Bach como compositor, sin embargo, a Félix Mendelssohn, quien hizo lo imposible para desenterrar y reestrenar la Pasión según San Mateo tres años después, el 11 de marzo de 1829. Sólo después de ese concierto con la Singakademie, bajo la batuta de Mendelssohn, empezó a figurar Bach como el patriarca que en realidad es.

Este monstruo escribió dos libros de preludios y fugas, fechados con 22 años de diferencia entre el primero y el segundo (1722 y 1744, respectivamente), y hoy en día consideramos ambos como el Clave bien temperado I y II. Cada libro posee 24 preludios y 24 fugas, escritos en todas las tonalidades desde Do a si menor. Por si esto no fuera suficiente para establecerlo como el gran maestro de esta forma, Bach también escribió el Arte de la fuga, que empezó en 1742 pero que aún no había concluido cuando murió en 1750.

Las fugas del Clave bien temperado no son fáciles. Cuenta la leyenda que cuando sus alumnos se desesperaban con tanto ejercicio técnico, Bach les ponía piezas deliciosas, como las Kleine Präludien und Fughetten o las Inventionen a dos voces y las Sinfonien a tres. Aunque estas piezas tampoco pueden considerarse como fáciles, no poseen la gran complejidad de las fugas de Das Wohltemperierte Klavier. Y el compositor las empleó a fin de preparar a sus hijos y demás pupilos para los rigores del Clave y para toda la gama de dificultades técnicas que pudieran encontrar. Hasta la fecha se dice que si se puede tocar a Bach (entiéndase el Clave bien temperado), se puede tocar lo que sea.

Una de las cosas que más me impresiona de Juan Sebastián Bach es el hecho de que nunca dejó de ser maestro, aun cuando creaba lo que nosotros consideramos ahora como las grandes catedrales de la música de todos los tiempos, como sus misas, el Clave…, sus dos ciclos de cantatas, y las otras obras maestras que ya he mencionado. Siempre se vio como maestro y nunca perdió de vista su papel como pedagogo. En otras palabras, el compositor más grande de todos los tiempos siempre tuvo la humildad de enseñar a quienes sabían menos que él.

Volvamos a esta primera fuga del Clave bien temperado. El musicólogo Joseph Kerman, profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley, escribió lo siguiente en su libro The Art of Fugue [University of California Press, 2005, 174 pp.]. Lo pondré en inglés y enseguida hallarán la traducción al castellano:

In spite of the technical prowess that one might suppose this fugue was meant to demonstrate, as the flagship fugue of The Well-Tempered Clavier, more than one commentator has exclaimed over its natural, spontaneous quality and quiet eloquence. Certainly the piece wears its learning lightly. What it really demonstrates is that learning and eloquence are not mutually exclusive: a fundamental lesson. Bach, “the deepest savant of contrapuntal arts (and even artifice), knew how to subordinate art to beauty,” a leading literary journal declared in 1788. (The anonymous writer was almost certainly Carl Philipp Emanuel Bach.) p. 4.

A pesar de la pericia técnica que esta fuga supuestamente debía demostrar, como la más representativa del Clave bien temperado, más de un comentarista se ha maravillado con su cualidad natural y espontánea, amén de su discreta elocuencia. Sin duda, la sabiduría de esta pieza no hace aspavientos. Lo que demuestra en realidad es el hecho de que la sabiduría y la elocuencia no son mutuamente exclusivos: una lección fundamental. Bach, “el maestro más sabio de las artes contrapuntísticas (y aun de sus artificios), sabía cómo subordinar el arte a la belleza”, se declaró en una revista literaria de prestigio, en 1788. (El escritor anónimo fue, casi puedo asegurarlo, Carl Philipp Emanuel Bach). p. 4.

Yo no soy pianista profesional ni muchísimo menos. A pesar de que tomé clases cuando era niño, lo dejé a los 10 años sin haber avanzado gran cosa. Me convertí, como muchos, en melómano. Hace casi cinco años volví a estudiar, ahora seriamente, con el maestro Julio Gutiérrez, quien me volvió a familiarizar con la teoría y la práctica de la música en general, y el piano en particular. A él le debo muchísimo.

Hace un par de años, en un viaje relámpago a Nueva York, compré los preludios y fugas de Bach en la librería de la Julliard School en Lincoln Center, pero sentía que aún me faltaba mucho para poder hacerles justicia. Pero hace un par de meses, más o menos, me hice a la idea de aprenderme todo el ciclo de do en el primer libro: cuatro piezas, dos preludios y dos fugas, en tono mayor y menor. De estas cuatro piezas, la más difícil, con mucho, es la fuga en Do (mayor). Por eso la ataqué primero. La seduje. La conquisté y la hice mía. End of story, como habría dicho Tony Soprano.

Y soy enormemente feliz. Quería compartirlo con alguien.


miércoles 2 de abril de 2008

De libros y películas

Rodrigo Plá, director de La Zona, su segundo largometraje
Fotografía
©Philippe Baledent



Esta película, la cual vale mucho la pena, tuvo la suerte de ser distribuida comercialmente. Si no hubiera sucedido así, sólo unas cuantas personas la habrían visto.



Para los escritores mexicanos no consagrados, es cada vez más difícil publicar un libro, aunque sea bueno. Casi todas las editoriales económicamente fuertes están en manos de empresas trasnacionales que tienen intereses muy estrechos, no siempre vinculados con valores literarios. Más bien utilizan el valor literario como moneda de cambio, como atractivo. No importa mucho, a fin de cuentas, si este supuesto valor literario es un engaño, como ocurre cuando un “gran escritor” entrega un libro mediocre. Las independientes, que sí buscan publicar obras de valor aunque sus autores no sean, en sí, mercancía, se las ven negras para sobrevivir porque hay muy pocos puntos de venta —entiéndase librerías—, y los que hay están dominados por las editoriales fuertes. Con tantas dificultades para vender, resulta en extremo complicado seguir publicando.

Pero esto no sólo sucede en México y no únicamente en la industria editorial. Es la misma historia para los cineastas neófitos. para éstos, el equivalente de escribir un libro sería rodar una película, aunque sea con un presupuesto raquítico. ¿Pero qué hacen con esa película una vez filmada? ¿Cómo lograr que una distribuidora se interese en ella? Los novatos ponen su esperanza en los festivales de cine, como Sundance, y 50 más. En 2004, por ejemplo (el año para el cual hallé estadísticas) se recibieron 2 mil 613 películas, pero sólo fueron seleccionadas 120 para ser exhibidas durante el festival: el cinco por ciento.

De estos 120 filmes, uno podría esperar que 10 reciban ofertas de distribución. Estamos hablando del ocho por ciento del cinco por ciento. En otras palabras, las probabilidades de exhibir comercialmente una película en Estados Unidos —siendo director no consagrado— es de aproximadamente 0.4 por ciento (cuatro décimas de un solo punto porcentual).

Y si uno piensa que sería más fácil entrar en el mundo del cine con un buen guion, las probabilidades son igualmente desoladoras porque hace falta contar con un agente —cosa nada fácil—, y aunque se tenga, casi nadie busca guiones de autores no consagrados. Y los estudios distribuyen bien pocas películas basadas en guiones originales: ahora prefieren remakes, o películas basadas en tiras cómicas o video juegos.

Es un problema de estructura comercial. Pero en el caso del cine, por lo menos, se trata de un producto que fue pensado comercialmente desde el inicio. No es así con la literatura, cuya génesis —casi siempre— se halla en las obsesiones estéticas, éticas, morales, políticas, eróticas de los escritores, divorciadas del aspecto comercial. Pero a la literatura se le impone cada vez más el paradigma comercial del cine: temporadas cortas en unas cuantas librerías. ¿Qué significa esto para la literatura a largo plazo? ¿Qué ha significado esto para el cine?

viernes 28 de marzo de 2008

Entre la fricción y la ficción en la nueva novela de Eloy Urroz

Ayer en la noche, en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, se presentó la novela Fricción de Eloy Urroz, miembro del primer Crack, o del Crack original, junto con Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Ignacio Padilla y Ricardo Chávez Castañeda. El texto que se publica a continuación son las palabras que Sandro Cohen leyó en esa ocasión. También participaron los escritores Armando Pereira, Gerardo Laveaga y Jorge Volpi.

Eloy Urroz es un novelista nato. Aunque no lo conocí cuando era bebé —y no me consta que a los dos o tres años ya estuviera novelando—, si lo me lo encontré de jovencito, y por lo menos desde entonces ya friccionaba el lápiz contra el papel.

Me queda claro que desde aquellos tiempos remotos —ya hace 20 años, pues el primer libro suyo con dedicatoria que tengo en mi biblioteca, trae una firma fechada en septiembre de 1988—, a Eloy le gusta jugar no sólo con las palabras sino también con las ideas y la manera en que éstas se presentan. Desde que lo conozco ha sido un fanático de las estructuras, un arquitecto de edificios literarios que él adereza con seres que no son sino reflejos de él mismo en cuerpos y situaciones en extremo diversos. Y no sólo lo hace en prosa, pues su poesía también suele ser una zambullida en la otredad. Los que han leído su verso saben que sus fricciones poéticas pueden ser asaz atrevidas.

Como su amigo, he tenido el privilegio de leer casi todos los manuscritos de Eloy previo a su publicación. Incluso, he sido editor responsable de más de tres de sus libros. Trabajamos, por ejemplo, cercana y arduamente en la novela titulada Las Rémoras, obra importante dentro de Fricción, libro que presentamos esta noche. Dije que trabajamos pero pude haber dicho luchamos, porque editar un libro de Eloy se parece mucho a la grecorromana: él no da su brazo a torcer, pero en muchas ocasiones ha sido menester hacerle manita de puerco —para tomar prestada una frase de su flamante novela—, y lo digo por su carácter mismo: efusivo, desbordado, excesivo, generoso, monumental, maniaco, exuberante y, ¿falta aclararlo?, con cierta tendencia a la inseguridad. Para decirlo en términos de estrategia militar, ¿para qué construir un muro de protección alrededor de mi ciudad literaria, cuando puedo construir tres o cuatro?

Siempre he sabido que una explosión, cuando ocurre en lugar cerrado, causa mayor impacto. Esto, trasladado a la literatura —o a cualquier arte—, implica que una fuerza muy grande, como la potencia fricativa de Eloy, crece cuando es contenida. Éste, y no otro, ha sido mi papel como su editor: he querido potenciar sus bombas, su artefactos, su arte, sus fricciones.

Debo aclarar que Fricción es la primera novela de Eloy Urroz que no conocí en manuscrito. Es más: me enteré de su existencia hace cosa de un mes, por un comentario de Jorge Volpi en el auditorio Silvestre Revueltas de Canal 22. Enseguida le escribí a Eloy para decirle que en lugar de enviarme pasquines antilopezobradoristas escritos por gente bastante más desequilibrada que López Obrador mismo —quien en el contexto de la política mexicana actual me va pareciendo hasta coherente—…, que en lugar de eso debió haberme enterado de su nueva novela… Me contestó, muy apenado, quién sabe qué y me invitó a presentarla. ¡Chin! Yo pensaba que ya se había presentado. “¡Órale!”, me armé de valor, y eso que no sabía ni de qué trataba el libro ni mucho menos su extensión. Como ustedes pueden constatar, es tan voluminoso Fricción, que en él caben todos esos libros que los mexicanos no leemos en un año, o 10. Creo que el dato proviene de la UNESCO.

Sea como fuere, aquí estamos para presentarlo. Y no quisiera hacerme bolas. Fricción, en realidad, no es una novela sino un juguete de novelista. El título es exacto, o por lo menos alude a la esencia fenomenológica del asunto de marras. Como los juguetes son pretextos para que los niños demuestren de qué serán capaces en la vida real como adultos, Fricción es el libro que pretextó Eloy para demostrar a los adultos de qué es capaz como novelista, y cómo lo hace, como si sus novelas anteriores no fuesen indicio suficiente. Es una especie de museo urrociano de procedimientos novelísticos. También es catarsis, venganza, pitorreo… Vaya, es el lujo que se da un novelista travieso porque puede darse el lujo.

Los hilos argumentales de Fricción son precisamente eso: hilos argumentales. Ninguno de ellos se desarrolla a plenitud ni se resuelve. No es el caso. El narrador de Fricción, su protagonista, se parece, en muchos aspectos, al ser humano que llamamos Eloy Urroz, pero no diré en cuáles. En otras palabras, el libro contiene muchos elementos autobiográficos, y aquí no hay nada nuevo. Este narrador no sólo relata una fricción donde una joven guapa de nombre Matilde pone el cuerno a su esposo, con un pintor, sino que narra cómo él mismo hace algo parecido con la esposa de su mejor amigo. Pero se trata de la infidelidad más patética de que tengo conocimiento en la historia de la literatura mexicana, y aun así al narrador le cuesta el matrimonio. Aquí huelo una moraleja, que habría de ser algo así como: “Si vas a serle infiel a tu mujer o a tu marido, hazlo bien. Nada de medias tintas…”.

Este narrador es el friccionista del clítoris de la mujer de su mejor amigo, y también fricciona acerca de su experiencia como docente en cierta universidad de Estados Unidos, y aquí tampoco pudo ser más patética la historia, y su patetismo es exacerbado por el toque pantagruélico y delirante que recibe en la última parte del libro que tiene lugar en el pueblo llamado Las Rémoras, donde se juntan narrativa o simbólicamente casi todos los personajes de esta novela y la otra, publicada hace 12 años.

Pero dentro de la primera fricción, la del cuerno pintoresco, se fricciona otra historia, la del padre del pintor, donde entra toda una trama presocrática muy poco comprensible (y que Armando Pereira ha vuelto cristalina al decir que, para Urroz, viene Eris a enturbiar y revolver lo que Eros ya había unido. Palabras más o palabras menos). Lo que me llamó la atención, y lo que realmente me gustó de todo ello, es la manera en que Urroz mete el clutch narrativo y traslada, sin esfuerzo —de modo que casi no se nota—, el alma de la tercera persona en la de la primera. Si en la fricción se habla de metempsicosis, nosotros como lectores críticos podemos aludir a una especie de trasmigración de almas de personaje. Realmente lo hace muy bien, mucho mejor que Mario Vargas Llosa en El paraíso de la esquina de enfrente.

El lector de Fricción también es personaje. O por lo menos eso desea hacernos creer su autor. Hay, pues, un personaje llamado Lector, y se supone que nosotros debemos insertarnos aquí en su lugar. Curiosamente, es el menos desarrollado de toda la novela, o fricción. Tal vez por eso no funciona, o porque el juguete, en este nivel, se descompone, ¿adrede? Es tal el enredo, que merece un Deus ex machina, el cual nunca llega. Al final del libro el narrador mismo se ve en la necesidad de curarse en salud, y el Lector es orillado a enviar una airada protesta a una revista literaria, en la cual se hace patente que el libro es un bodrio de lo peor. Ambos mencionan contradicciones, incoherencias, etcétera. Pero hay bastantes más que ellos no mencionan, los cuales no da tiempo enumerar aquí.

¿Es todo ello importante? Depende del lente con que se aprecia el libro. Si fuera una obra tradicional, tendría que entrar en la categoría de novela de experimentación, pero eso pasó de moda hace como 100 años. Creo, más bien, que se trata, precisamente —como lo indica acertadamente su portada y el texto de la cuarta de forros— de una especie de juguete de fricción, de una zambullida calenturienta en el cerebro idem de un escritor que se toma muy en serio sus juguetes. ¿Es excesivo, sobreescrito, sobrecalentado, descuidado, pantagruélico? ¡Por supuesto! Es la provocación en que debemos caer si deseamos experimentar la fiebre que Eloy siente cuando se sienta a escribir. Las alucinaciones febriles se siguen, una tras otra, y ninguna —por decir lo menos— resulta aburrida. Esto hay que tomarlo con humor y cierta tolerancia. Cuando los niños juegan, es común que alguien salga lastimado. Aquí son los personajes, afortunadamente, ¿y verdad que los personajes de una novela nada tienen que ver con los seres humanos de la vida real? Siempre he querido explicar eso a los españoles de Castilla-La Mancha, tan ansiosos de enseñarme la auténtica casa de Dulcinea, quien tenía tan buena mano para salar puercos. Pero no he tenido éxito. Serían ellos los primeros lectores ávidos de Fricción de Eloy Urroz. Se sentirían, como muchos de nosotros, en casa.

Eloy Urroz con su esposa Lety en Editorial Colibrí, en 2003


martes 18 de marzo de 2008

La huelga en la UAM debe concluir

La UAM-Azcapotzalco en primavera

Los profesores somos el puente entre la generación que nos antecede y la que tenemos frente a nosotros en las aulas. Debemos afirmar claramente que este sindicato no nos representa ni a nosotros ni nuestros intereses, que son la salud y el fortalecimiento de la UAM y de la universidad pública en general.

Soy profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana en Azcapotzalco. Algunos de los que leen este blog me conocen personalmente. En todo caso, no soy un misterio: doy clases; leo, escribo y edito libros; en mis tiempos libres toco el piano. Nada del otro mundo. Muchos dirían, aunque yo no estaría de acuerdo, que se trata de una existencia aburrida. Desde luego que difiero: uno vive, con su cuerpo y con su mente, todo lo que puede, pero el arte es lo que potencia y brinda mayor sentido a cada una de nuestras acciones. Para mí el arte en todas sus formas y la lectura en general abren puertas que conducen a mundos que jamás habríamos sospechado si nos hubiésemos limitado a nuestras propias experiencias de carne y hueso. Con la lectura y el arte, estas vivencias adquieren dimensiones que no sólo nos enriquecen a nosotros sino a todos los seres que nos rodean.

Por eso, como ciudadano, la actividad que más me satisface y recompensa es la de ser profesor universitario. He dedicado 30 de mis 53 años a esta actividad, y 28 años de esas tres décadas han transcurrido en las aulas de la Universidad Autónoma Metropolitana en Azcapotzalco. Apenas soy profesor de Redacción e Investigación Documental, y en ocasiones doy cátedra de Metodología de la Lectura, pero no me siento menos por eso: tengo el enorme privilegio de dotar a mis alumnos de las armas necesarias para navegar en un mundo complejo que los bombardea con ideas simplistas y pobres porque muchos quisieran que creyésemos que en realidad es así cuando, al contrario, nuestras experiencias individuales y colectivas confirman que el mundo se compone de infinitos matices de colores en extremo variados. Saber leer —asimilar, contextualizar, analizar y cuestionar cualquier texto, desde un artículo hasta poesía o una novela— y redactar —poner por escrito nuestros pensamientos acerca de todo lo que nos afecta e interesa— son las armas que a cualquier ciudadano hacen falta para comprender su mundo y, en su momento, cambiarlo, mejorarlo. A eso, como profesor e investigador, me dedico en ese campus de Azcapotzalco, alejado del mundanal ruido de las modas y la triste banalidad de quienes ven todo —y no sólo la política— en términos de blanco y negro, buenos y malos, izquierda y derecha. Allí, en la universidad pública, como docentes, tratamos de aprehender el universo y volverlo asequible en otros términos más humanos, más acordes con la realidad compleja que todos vivimos.

Desde hace casi 50 días la Universidad Autónoma Metropolitana ha estado en huelga. Creo en el sindicalismo y su papel fundamental en las relaciones laborales. Han sido y son necesarios. Pero la universidad pública no es una fábrica de pañales, tuercas o automóviles. Los sueldos de los trabajadores universitarios —profesores y administrativos— no se corresponden con las ganancias de los patrones porque las ganancias no son económicas y los patrones somos nosotros mismos: la sociedad civil. El Sindicato Independiente de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana (SITUAM), al confundir la universidad pública con una fábrica, por motivos evidentemente políticos, hace un gran daño a la universidad, sus trabajadores y, sobre todo, a sus alumnos.

Concuerdo con algunos puntos de vista políticos que ostentan los líderes del SITUAM, con otros no. Pero eso nada tiene que ver con lo que está sucediendo en nuestra universidad. La actitud política anquilosada del sindicato, la cual se basa en la visión de lucha entre los intereses de los trabajadores (los buenos) y los de los patrones (los malos), está haciendo un daño enorme a la institución donde, para poder tomar en cuenta todos los puntos de vista, siempre debemos mantenernos —como colectividad— por encima de intereses tan estrechos como los que se manejan en el sindicato. Las convicciones de cada individuo, por supuesto, deben ser respetadas en un clima de pluralidad propio de la vida universitaria.

Esta huelga debe terminar ahora, hoy. No podemos darnos e lujo de brindar a la derecha más armas para alegar que la universidad pública no sirve para nada, que sólo es semillero para desadaptados y la narcoguerrilla. La universidad pública es demasiado importante. ¿Por qué vamos a permitir que la izquierda recalcitrante le haga los mandados a la derecha más obtusa? Los profesores, porque somos el puente entre la generación que nos antecede y la que tenemos frente a nosotros en las aulas, debemos afirmar claramente que este sindicato no nos representa ni a nosotros ni nuestros intereses, que son la salud y el fortalecimiento de la Universidad Autónoma Metropolitana y de la universidad pública en general, que la manera de mejorar las condiciones de trabajo y los salarios de los trabajadores no está en el eterno enfrentamiento sino en la comunicación constante entre iguales.

Los invito a todos a expresar su punto de vista y a comprometerse con la universidad pública, que jamás debe ser rehén de nadie, y menos de un grupo de intereses políticos tan estrechos como el SITUAM.


lunes 10 de marzo de 2008

El universo narrativo y visual de Raymundo Herrera

EL DIBUJO, con recursos mínimos, revela la esencia de una emoción o un pensamiento. Para que sea expresivo, parte únicamente de una línea negra sobre un espacio blanco. Y así el dibujante va creando la ilusión de cuerpos sólidos en el espacio, los cuales vemos desde casi cualquier ángulo y en cualquier luz. Según la calidad y el carácter del trazo, las imágenes que vemos nos trasmiten —primero— la emoción, y —después— las ideas que le siguen y que van conformando un discurso, la historia tras cada dibujo montado a base de aquellas líneas negras.

Los dibujos de Raymundo Herrera explotan al máximo esta esencialidad, y lo hacen en sentidos contrarios. Las superficies con que nos presenta —caras y cuerpos, vestidos y desvestidos— sugieren una vida interior invisible, movimientos anteriores y posteriores al instante que el dibujo congela. En otras ocasiones logran el efecto contrario: lo que vemos no es más que una apariencia, pues la realidad está en otra parte, pero por la máscara, sabemos cuál es.

Entre estos dos polos se tensa la línea gráfica y anecdótica de Herrera. A veces explicita lo interior; en ocasiones lo insinúa. Sus caras pueden ser máscaras que ocultan lo que adivinamos, que resaltan lo que no podemos ver, o son los vehículos que expresan de manera directa y contundente lo que llevan dentro y que nos toca a nosotros también, quienes nos dejamos llevar por la imagen con sus múltiples niveles de sentido.

Impresionan la plasticidad y la viveza de estas imágenes. Casi siempre son asimétricas, vistas desde ángulos no comunes. Se encuentran en un momento de tensión, de inestabilidad al filo del movimiento, el cual percibimos claramente como una inminencia, la cual las resuelve y armoniza. En otras palabras, es el observador quien completa el dibujo, quien termina por darle vida. Esta complicidad les da profundidad y las vuelve expresivas. Raymundo Herrera logra este cometido gracias a la seguridad y maestría con que separa los espacios positivo y negativo, en la sabiduría que emplea para convencernos de que, a fin de cuentas, tras la ilusión en blanco y negro está la gama entera de luces y sombras, colores y volúmenes, la brillantez y opacidad que somos todos.

Peso, color, estructura —por un lado—, y pensamiento, emoción, acción —por el otro— son el alma invisible de estos dibujos que no son más que líneas delgadas y gruesas, breves y alargadas. Pero son suficientes para dar luz a un mundo en plenitud: el universo narrativo y visual de Raymundo Herrera.






Los dibujos de Ray Herrera pueden verse en Café La Gloria, Vicente Suárez 41, Colonia Condesa

jueves 6 de marzo de 2008

Las FARC, la mala fe y Lucía Andrea Morett Álvarez

o... "Carlos Mota arremete en contra de la UNAM, las facultades de Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Sociales, con todo y sus estudiantes"

Dos aguerridos guerrilleros de la Facultad de Filosofía y Letras, mi hija Yliana Cohen y el doctor Rubén Bonifaz Nuño, en Nepantla, 2003


La ignorancia —como la pobreza— lastima, sobre todo porque la ignorancia es una especie de pobreza. Pero más lastima la ignorancia cuando es voluntaria, cuando claramente hay ganas de no entender. Hace un mes exactamente publiqué en esta Caja Resonante un artículo que hablaba de la manera en que algunas personas, como el periodista Carlos Mota, confundían arte con entretenimiento. Me negué a creer que fuera por simple maldad o ganas de rebajar el espíritu humano —muchas veces intangible, en ocasiones sublime, otras veces terrible y casi infinito en sus posibilidades— a un producto de intercambio comercial. Más bien lo achaqué a “un grave malentendido”. Pero hoy, en el periódico Milenio, en cuyo suplemento cultural Laberinto colaboro desde su nacimiento en 2003, apareció otro artículo del señor Mota, el cual pone en tela de juicio el beneficio de la duda que le había otorgado originalmente.

En los seis párrafos de “¿Quién quiere estudiar filosofía en la UNAM? el articulista emprende una embestida brutal en contra de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, de sus estudiantes y en contra de la Universidad misma. Y lo hace a raíz de la presencia de Lucía Andrea Morett Álvarez, estudiante de la facultad mencionada, en un campamento de las FARC cuando éstas fueron atacadas por el ejército de Colombia dentro de territorio ecuatoriano.

El artículo de Carlos Mota no tiene desperdicio. En el primer párrafo pregunta “¿Qué perspectivas profesionales tiene un joven que estudie en la Facultad de Filosofía y Letras o en la de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM?”. Quiere saber si podrán ser contratados por empresas como “Unilever, Nokia, Sony o Cemex”. Después se pregunta: “¿Querría? ¿Está preparado para agregar valor económico o para generar empleos?”.

Insinuar (pues no lo afirma) que un estudiante de filosofía —o de ciencias políticas— no sirve a la sociedad porque no está preparado “para agregar valor económico o para generar empleos” es como sugerir que un físico nuclear es inútil porque no está preparado para escribir ni para explicar las sutilezas del endecasílabo sáfico en los Siglos de Oro. En general, quienes deciden estudiar filosofía o literatura no lo hacen porque desean generar empleos o agregar valores económicos a la sociedad sino porque buscan comprender a la sociedad. Ni Filosofía y Letras ni Ciencias Políticas y Sociales son escuelas vocacionales. No sirven para formar empleados destinados a Unilever, Nokia, Sony o Cemex. Su propósito es el de formar pensadores autónomos, críticos, inquisitivos y propositivos, con amplios conocimientos históricos y teóricos en sus respectivas áreas de estudio.

Cuando decidí estudiar literatura —la licenciatura y maestría en Rutgers, en Estados Unidos; el doctorado en la UNAM— sabía muy bien que las perspectivas de trabajo dentro de mi área específica de especialización eran limitadas: daba clases, escribía o editaba literatura. Desde luego que había otras opciones que le habrían gustado a Carlos Mota: podría haberme convertido, como muchos poetas, en publicista o negro para cualquiera de los miles de apparatchiks gubernamentales o corporativos incapaces de hilar las oraciones independientes y subordinadas de su propio discurso. ¡Vaya! ¡Eso sí se llama valor agregado! Hasta podría haberme ofrecido para corregirle el estilo al señor Mota, cuyo manejo del gerundio deja mucho que desear (“Uno […] se puede topar con un dentista transformado en publirrelacionista teniendo éxito, prosperando […]”. Las cursivas son mías). Noticia para nuestro columnista: no todo el mundo está movido por las ganas de enriquecerse y trabajar para empresas trasnacionales; algunas personas prefieren vivir modestamente, inmersas en los placeres del conocimiento. Hasta ahí el primer párrafo…

En el segundo párrafo el articulista escribe que en una ocasión dictó una conferencia “en uno de los auditorios de la UNAM”, sin especificar la facultad. Enseguida procede a tachar a los alumnos de tontos: “[…] recuerdo que los estudiantes me escuchaban con cara de no entiendo nada, como si les estuviera hablando de otro planeta”. Pero la culpa, según él mismo, no era del conferenciante sino de los alumnos: “[…] no tengo problema para comunicarme en un lenguaje claro con quien no domina la materia de negocios. El problema estaba en otro lado”. Conclusión lógica: los alumnos en cuestión —alumnos de la UNAM— eran densos, obtusos; tontos, pues: incapaces de comprender sus conceptos tan claramente expuestos.

El tercer párrafo, sin embargo, es precioso. Es allí donde se desnudan las verdaderas intenciones del señor Mota. Es preciso copiarlo todo para que no quepa ninguna duda, para que no exista posibilidad alguna de mala interpretación o de que las palabras sean comprendidas fuera de su contexto:

Los numerosos ejemplos de estudiantes de esas facultades, empezando por El Mosh y aderezado esta semana por Lucía Andrea Morett Álvarez —la estudiante mexicana herida en el campamento de las FARC en Ecuador—, deberían merecernos reflexiones serias sobre los programas académicos, las habilidades conceptuales y —en todo caso—, el adoctrinamiento de que son sujetos algunos jóvenes en esas aulas.

Si Dios me dio las entendederas suficientes para comprender el lenguaje tan claro de Carlos Mota, entonces debería yo colegir que, en primer lugar, lo que abunda en Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Sociales son alumnos como el Mosh y Lucía Andrea Morett Álvarez, pues Mota afirma que allí hay “numerosos ejemplos de estudiantes” con esas características. Esto, de nuevo, lo insinúa mas no lo afirma. Al emplear la palabra “numerosos” sólo alega que son muchos, pero no ofrece un porcentaje ni dice cuántos pasaron por allí ni en qué lapso, como si el Mosh y Lucía Andrea Morett compartieran el mismo espacio y tiempo, y con idénticos fines. “Numerosos” pueden ser cinco o diez o veinte o mil, pero el Mosh es uno, y Lucía Andrea Morett Álvarez es otra. No tienen nada que ver entre sí más allá de que ambos simpatizan —al parecer— con causas de la izquierda. Esto, entonces, es lo que preocupa a Carlos Mota, porque es lo único que tienen en común. Es como si pudiéramos amontonar a Felipe Calderón y Joseph Göbbels en la misma frase porque ambos simpatizan —o simpatizaban en el caso de Göbbels— con causas de la derecha. ¿Verdad que no se vale?

Otro detalle de este párrafo que provoca malestar, si no náusea: poner en cursivas la palabra estudiante. Aquí el articulista da a entender, con toda claridad mediante el uso de la letra bastardilla, que Morett Álvarez no es estudiante sino seudoestudiante porque se ha involucrado en causas de izquierda. En la mente estrecha de Carlos Mota, una cosa parece invalidar la otra. ¿Los estudiantes no tienen libertad de pensar, de asociarse con personas de uno u otro grupo? ¿Por ello dejan de ser estudiantes?

Pero Mota no se detiene allí sino que a partir de estos dos nombres pone en duda no sólo los programas académicos universitarios sino también las habilidades conceptuales de los alumnos (de nuevo insinúa que son algo así como débiles mentales). Y no contento con este rebajamiento, afirma explícitamente que son sujetos de… ¡adoctrinamiento! Es cierto que el articulista se cura en salud al escribir, cuidadosamente, la palabra “algunos” (entiéndase “no todos”, “ni siquiera la mayoría”), pero en muchas instancias, como ésta, la insinuación es poderosa: ese “algunos”, debemos entender, son realmente “numerosos”, como ya lo había escrito incontrovertiblemente en el párrafo anterior. Debemos entender que el Mosh y Lucía Andrea Morett Álvarez están a la cabeza de una vasta conspiración de izquierdosos descerebrados, egresados de “esas facultades” que “Quieren romper el mundo, no construirlo”. ¡Zas!

Ya me anticipé, pues brinqué hasta el quinto párrafo. Pero debo señalar, para ser justo, que una vez más el columnista se curó en salud antes de emplear las palabras que acabo de citar. Escribió, textualmente, que se trata de “varios jóvenes de esas facultades”. Estas curaciones saludables empiezan a preocuparme. Primero eran tontos todos los alumnos que habían escuchado su conferencia. Luego eran “numerosos” los estudiantes como el Mosh y Lucía Andrea Morett Álvarez. Y de “numerosos” pasó a “algunos” y después a “varios”. ¿Por fin? ¿Son dos, son algunos, son varios o son todos?

Desde luego que para Carlos Mota no habría causa de alarma alguna si sólo fuesen dos, o algunos o varios. Sin juzgar ni al Mosh ni a Lucía Andrea Morett Álvarez —porque no soy juez ni tengo toda la información en mi poder, y sobre todo porque no tienen nada que ver entre sí— podemos afirmar sin temor alguno que en todas partes hay personas que participan en actos que atentan en contra de las instituciones democráticas, o que parecen que podrían estar participando en actos que atentan en contra de las instituciones democráticas.

Hasta donde tengo noticias, Lucía Andrea Morett Álvarez hacía investigación académica; no sé exactamente qué la llevó a estar presente en el campamento de las FARC, una organización que, para mí a estas alturas, es a todas luces detestable, pero aun así es legítimo que una investigadora social, como Morett Álvarez, desee penetrar en ese mundo y comprenderlo, con todos los riesgos que eso implica. O tal vez, en efecto, se había convertido en combatiente solidaria de las FARC. Todavía no lo sabemos (y tampoco lo sabe nuestro articulista), pero aun así ella es una persona, y no todos los revolucionarios salen de las facultades de Filosofía y Letras o Ciencias Políticas y Sociales. Fidel Castro estudió Derecho; el Che Guevara, Medicina; Theodore Kaczynski, el Unabomber, era matemático. ¿Es necesario citar más nombres para dar al traste con el fallido razonamiento de Carlos Mota?

El cuarto párrafo no tiene pies ni cabeza. El columnista afirma que “el problema no está en la disciplina” porque “hay exitosos egresados de licenciaturas afines que se emplean en agencias de investigación de mercados o que se insertan en procesos creativos en corporaciones que gustan de nutrirse de talento diverso […]”. Debemos comprender, pues, que sólo hay “disciplina” si los egresados de las facultades apestadas por Carlos Mota son capaces de emplearse “en agencias de investigación de mercados o que se insertan en procesos creativos en corporaciones que gustan de nutrirse de talento diverso”. No se requiere disciplina alguna para aprender griego clásico o latín, filosofía kantiana o hegeliana, las minucias del desarrollo literario e intelectual de Occidente de la Edad Media hasta nuestros días. Sólo Dios sabe cómo los indisciplinados débiles mentales de Filosofía y Letras pueden hacer eso. Han de ser idiots savants.

Ya hablé del quinto párrafo, donde el articulista evoca a los dentistas convertidos en publirrelacionistas teniendo éxito y prosperando. La gente puede estudiar cualquier carrera para luego trabajar de otra cosa, pero “no es común hallar un filósofo de la UNAM inserto en el mundo de los negocios”. Y pregunta retóricamente: “¿Por qué será? Contesto yo, de modo igualmente retórico: Porque a un estudiante de filosofía no suele interesarle el mundo de los negocios, como los físicos nucleares no suelen dedicarse a escribir poesía como modus vivendi, a pesar de que —en teoría— podrían hacerlo.

¡Ah! ¡Pero el sexto y último párrafo es una verdadera joya! En Estados Unidos —ese paraíso en la tierra, modelo de todo lo bueno y encomiable— “es numeroso el grupo de filósofos o egresados de escuelas de arte que luego estudian un MBA [Masters en Business Administration]. ¿Su propósito? Hacer negocios. Prosperar. Aquí, sin embargo, los exportamos a los campamentos guerrilleros latinoamericanos”. ¡Éstos son los iluminados! A pesar de haber perdido el tiempo aprendiendo cosas inútiles como arte, literatura y filosofía, después vieron la luz y se metieron a estudiar Administración de Empresas a fin de volverse ciudadanos útiles, mientras que nuestras facultades análogas exportan a sus alumnos —fíjese usted bien: no dijo varios, algunos o numerosos, sino “los” alumnos, que son todos por omisión— a “los campamentos guerrilleros latinoamericanos”. Y luego tiene la desfachatez de preguntar: “¿Por qué es ese su destino?”.

Que yo sepa, no ha sido el mío ni el de mi esposa, Josefina Estrada (egresada y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales), ni de ninguno de nuestros centenares de compañeros y maestros. Podría enumerarlos pero tendría que destinar decenas y decenas de páginas a sólo dar cabida a sus nombres y apellidos. ¿Cómo es que nosotros no fuimos “exportados” a los campamentos guerrilleros latinoamericanos. ¿En qué nos fallaron nuestras facultades, ineficientes hasta para eso?

El cinismo y la arrogancia de algunos mal llamados pensadores de derecha no tienen límite. No todos, sin embargo, son cínicos y arrogantes; algunos de ellos, incluso, son artistas y… filósofos. Creen, por ejemplo, en un orden social predestinado que no debemos intentar cambiar porque eso sería atentar contra la naturaleza humana: algunos deben mandar y otros deben ser mandados. Este pensamiento ha evolucionado a lo largo de los siglos, pero en términos generales los pensadores de derecha buscan mantener el status quo a como dé lugar.

Otros, tildados de izquierdosos, piensan lo contrario. Creen que es posible que el pobre, el desheredado, el que nació sin ventajas, puede recibir una buena educación y ser parte productiva y líderes de la sociedad sin dar la espalda a quienes aún no han podido levantarse. Pueden ser activos en los negocios, en la política, en las ciencias y las matemáticas o en búsquedas intelectuales o artísticas. Todos los terrenos del conocimiento son igualmente válidos. No sólo pueden llegar a ser parte productiva de la sociedad sino que pueden llegar a conducirla. Pero aquellos que temen el poder de los que en sus espaldas cargan el mayor peso de la sociedad mediante su trabajo manual, denuestan a quienes los apoyan, a los izquierdosos.

Yo soy el primero en denunciar a la izquierda de pose, la que monta marchas y manifestaciones infinitas y sin sentido en lugar de hacer el trabajo político realmente necesario en este país, el cual consiste en educación, sensibilización y cabildeo inteligente. Pero de ahí a menospreciar, devaluar y hasta insultar a dos de las facultades que han producido algunos de los pensadores y creadores más brillantes no sólo de México sino de toda América Latina y el mundo, hay mucha distancia.

Lucía Andrea Morett Álvarez no es el Mosh. No sé con qué elementos cuenta Carlos Mota para acusarla, así nomás, de guerrillera. Hasta que sepamos exactamente por qué estaba donde estaba, y qué hacía, nadie puede ni debe hacer afirmaciones tan temerarias. Es más que posible que haya sido por una concatenación de coincidencias. Por ejemplo: estando en el Ecuador por razones de investigación o incluso recreación, pudo haberse topado con alguien cercano a las FARC. Y ella, como simpatizante y estudiosa de causas de izquierda, pudo haber aprovechado eso para conocer a este grupo narco-guerrillero de primera mano, sin jamás pretender afiliarse como combatiente. Y en eso cayó el ataque de ejército colombiano. No lo sé. Es una posibilidad.

Mi cuñado Agustín Estrada, director del FARO de Oriente, la conoce porque allí da talleres de teatro para niños, y “es muy buena onda con los chavos”. Esto no significa, por supuesto, que no se pueda ser simultáneamente guerrillero y “buena onda”, guerrillero y teatrero. Todo es posible, pero una cosa no conduce necesariamente a la otra, como insinúa irresponsable e irrespetuosamente Carlos Mota en su vergonzosísimo artículo de hoy, 6 de marzo de 2008.