La ignorancia —como la pobreza— lastima, sobre todo porque la ignorancia es una especie de pobreza. Pero más lastima la ignorancia cuando es voluntaria, cuando claramente hay ganas de no entender. Hace un mes exactamente publiqué en esta Caja Resonante un artículo que hablaba de la manera en que algunas personas, como el periodista Carlos Mota, confundían arte con entretenimiento. Me negué a creer que fuera por simple maldad o ganas de rebajar el espíritu humano —muchas veces intangible, en ocasiones sublime, otras veces terrible y casi infinito en sus posibilidades— a un producto de intercambio comercial. Más bien lo achaqué a “un grave malentendido”. Pero hoy, en el periódico Milenio, en cuyo suplemento cultural Laberinto colaboro desde su nacimiento en 2003, apareció otro artículo del señor Mota, el cual pone en tela de juicio el beneficio de la duda que le había otorgado originalmente.
En los seis párrafos de “¿Quién quiere estudiar filosofía en la UNAM? el articulista emprende una embestida brutal en contra de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, de sus estudiantes y en contra de la Universidad misma. Y lo hace a raíz de la presencia de Lucía Andrea Morett Álvarez, estudiante de la facultad mencionada, en un campamento de las FARC cuando éstas fueron atacadas por el ejército de Colombia dentro de territorio ecuatoriano.
El artículo de Carlos Mota no tiene desperdicio. En el primer párrafo pregunta “¿Qué perspectivas profesionales tiene un joven que estudie en la Facultad de Filosofía y Letras o en la de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM?”. Quiere saber si podrán ser contratados por empresas como “Unilever, Nokia, Sony o Cemex”. Después se pregunta: “¿Querría? ¿Está preparado para agregar valor económico o para generar empleos?”.
Insinuar (pues no lo afirma) que un estudiante de filosofía —o de ciencias políticas— no sirve a la sociedad porque no está preparado “para agregar valor económico o para generar empleos” es como sugerir que un físico nuclear es inútil porque no está preparado para escribir ni para explicar las sutilezas del endecasílabo sáfico en los Siglos de Oro. En general, quienes deciden estudiar filosofía o literatura no lo hacen porque desean generar empleos o agregar valores económicos a la sociedad sino porque buscan comprender a la sociedad. Ni Filosofía y Letras ni Ciencias Políticas y Sociales son escuelas vocacionales. No sirven para formar empleados destinados a Unilever, Nokia, Sony o Cemex. Su propósito es el de formar pensadores autónomos, críticos, inquisitivos y propositivos, con amplios conocimientos históricos y teóricos en sus respectivas áreas de estudio.
Cuando decidí estudiar literatura —la licenciatura y maestría en Rutgers, en Estados Unidos; el doctorado en la UNAM— sabía muy bien que las perspectivas de trabajo dentro de mi área específica de especialización eran limitadas: daba clases, escribía o editaba literatura. Desde luego que había otras opciones que le habrían gustado a Carlos Mota: podría haberme convertido, como muchos poetas, en publicista o negro para cualquiera de los miles de apparatchiks gubernamentales o corporativos incapaces de hilar las oraciones independientes y subordinadas de su propio discurso. ¡Vaya! ¡Eso sí se llama valor agregado! Hasta podría haberme ofrecido para corregirle el estilo al señor Mota, cuyo manejo del gerundio deja mucho que desear (“Uno […] se puede topar con un dentista transformado en publirrelacionista teniendo éxito, prosperando […]”. Las cursivas son mías). Noticia para nuestro columnista: no todo el mundo está movido por las ganas de enriquecerse y trabajar para empresas trasnacionales; algunas personas prefieren vivir modestamente, inmersas en los placeres del conocimiento. Hasta ahí el primer párrafo…
En el segundo párrafo el articulista escribe que en una ocasión dictó una conferencia “en uno de los auditorios de la UNAM”, sin especificar la facultad. Enseguida procede a tachar a los alumnos de tontos: “[…] recuerdo que los estudiantes me escuchaban con cara de no entiendo nada, como si les estuviera hablando de otro planeta”. Pero la culpa, según él mismo, no era del conferenciante sino de los alumnos: “[…] no tengo problema para comunicarme en un lenguaje claro con quien no domina la materia de negocios. El problema estaba en otro lado”. Conclusión lógica: los alumnos en cuestión —alumnos de la UNAM— eran densos, obtusos; tontos, pues: incapaces de comprender sus conceptos tan claramente expuestos.
El tercer párrafo, sin embargo, es precioso. Es allí donde se desnudan las verdaderas intenciones del señor Mota. Es preciso copiarlo todo para que no quepa ninguna duda, para que no exista posibilidad alguna de mala interpretación o de que las palabras sean comprendidas fuera de su contexto:
Los numerosos ejemplos de estudiantes de esas facultades, empezando por El Mosh y aderezado esta semana por Lucía Andrea Morett Álvarez —la estudiante mexicana herida en el campamento de las FARC en Ecuador—, deberían merecernos reflexiones serias sobre los programas académicos, las habilidades conceptuales y —en todo caso—, el adoctrinamiento de que son sujetos algunos jóvenes en esas aulas.
Si Dios me dio las entendederas suficientes para comprender el lenguaje tan claro de Carlos Mota, entonces debería yo colegir que, en primer lugar, lo que abunda en Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Sociales son alumnos como el Mosh y Lucía Andrea Morett Álvarez, pues Mota afirma que allí hay “numerosos ejemplos de estudiantes” con esas características. Esto, de nuevo, lo insinúa mas no lo afirma. Al emplear la palabra “numerosos” sólo alega que son muchos, pero no ofrece un porcentaje ni dice cuántos pasaron por allí ni en qué lapso, como si el Mosh y Lucía Andrea Morett compartieran el mismo espacio y tiempo, y con idénticos fines. “Numerosos” pueden ser cinco o diez o veinte o mil, pero el Mosh es uno, y Lucía Andrea Morett Álvarez es otra. No tienen nada que ver entre sí más allá de que ambos simpatizan —al parecer— con causas de la izquierda. Esto, entonces, es lo que preocupa a Carlos Mota, porque es lo único que tienen en común. Es como si pudiéramos amontonar a Felipe Calderón y Joseph Göbbels en la misma frase porque ambos simpatizan —o simpatizaban en el caso de Göbbels— con causas de la derecha. ¿Verdad que no se vale?
Otro detalle de este párrafo que provoca malestar, si no náusea: poner en cursivas la palabra estudiante. Aquí el articulista da a entender, con toda claridad mediante el uso de la letra bastardilla, que Morett Álvarez no es estudiante sino seudoestudiante porque se ha involucrado en causas de izquierda. En la mente estrecha de Carlos Mota, una cosa parece invalidar la otra. ¿Los estudiantes no tienen libertad de pensar, de asociarse con personas de uno u otro grupo? ¿Por ello dejan de ser estudiantes?
Pero Mota no se detiene allí sino que a partir de estos dos nombres pone en duda no sólo los programas académicos universitarios sino también las habilidades conceptuales de los alumnos (de nuevo insinúa que son algo así como débiles mentales). Y no contento con este rebajamiento, afirma explícitamente que son sujetos de… ¡adoctrinamiento! Es cierto que el articulista se cura en salud al escribir, cuidadosamente, la palabra “algunos” (entiéndase “no todos”, “ni siquiera la mayoría”), pero en muchas instancias, como ésta, la insinuación es poderosa: ese “algunos”, debemos entender, son realmente “numerosos”, como ya lo había escrito incontrovertiblemente en el párrafo anterior. Debemos entender que el Mosh y Lucía Andrea Morett Álvarez están a la cabeza de una vasta conspiración de izquierdosos descerebrados, egresados de “esas facultades” que “Quieren romper el mundo, no construirlo”. ¡Zas!
Ya me anticipé, pues brinqué hasta el quinto párrafo. Pero debo señalar, para ser justo, que una vez más el columnista se curó en salud antes de emplear las palabras que acabo de citar. Escribió, textualmente, que se trata de “varios jóvenes de esas facultades”. Estas curaciones saludables empiezan a preocuparme. Primero eran tontos todos los alumnos que habían escuchado su conferencia. Luego eran “numerosos” los estudiantes como el Mosh y Lucía Andrea Morett Álvarez. Y de “numerosos” pasó a “algunos” y después a “varios”. ¿Por fin? ¿Son dos, son algunos, son varios o son todos?
Desde luego que para Carlos Mota no habría causa de alarma alguna si sólo fuesen dos, o algunos o varios. Sin juzgar ni al Mosh ni a Lucía Andrea Morett Álvarez —porque no soy juez ni tengo toda la información en mi poder, y sobre todo porque no tienen nada que ver entre sí— podemos afirmar sin temor alguno que en todas partes hay personas que participan en actos que atentan en contra de las instituciones democráticas, o que parecen que podrían estar participando en actos que atentan en contra de las instituciones democráticas.
Hasta donde tengo noticias, Lucía Andrea Morett Álvarez hacía investigación académica; no sé exactamente qué la llevó a estar presente en el campamento de las FARC, una organización que, para mí a estas alturas, es a todas luces detestable, pero aun así es legítimo que una investigadora social, como Morett Álvarez, desee penetrar en ese mundo y comprenderlo, con todos los riesgos que eso implica. O tal vez, en efecto, se había convertido en combatiente solidaria de las FARC. Todavía no lo sabemos (y tampoco lo sabe nuestro articulista), pero aun así ella es una persona, y no todos los revolucionarios salen de las facultades de Filosofía y Letras o Ciencias Políticas y Sociales. Fidel Castro estudió Derecho; el Che Guevara, Medicina; Theodore Kaczynski, el Unabomber, era matemático. ¿Es necesario citar más nombres para dar al traste con el fallido razonamiento de Carlos Mota?
El cuarto párrafo no tiene pies ni cabeza. El columnista afirma que “el problema no está en la disciplina” porque “hay exitosos egresados de licenciaturas afines que se emplean en agencias de investigación de mercados o que se insertan en procesos creativos en corporaciones que gustan de nutrirse de talento diverso […]”. Debemos comprender, pues, que sólo hay “disciplina” si los egresados de las facultades apestadas por Carlos Mota son capaces de emplearse “en agencias de investigación de mercados o que se insertan en procesos creativos en corporaciones que gustan de nutrirse de talento diverso”. No se requiere disciplina alguna para aprender griego clásico o latín, filosofía kantiana o hegeliana, las minucias del desarrollo literario e intelectual de Occidente de la Edad Media hasta nuestros días. Sólo Dios sabe cómo los indisciplinados débiles mentales de Filosofía y Letras pueden hacer eso. Han de ser idiots savants.
Ya hablé del quinto párrafo, donde el articulista evoca a los dentistas convertidos en publirrelacionistas teniendo éxito y prosperando. La gente puede estudiar cualquier carrera para luego trabajar de otra cosa, pero “no es común hallar un filósofo de la UNAM inserto en el mundo de los negocios”. Y pregunta retóricamente: “¿Por qué será? Contesto yo, de modo igualmente retórico: Porque a un estudiante de filosofía no suele interesarle el mundo de los negocios, como los físicos nucleares no suelen dedicarse a escribir poesía como modus vivendi, a pesar de que —en teoría— podrían hacerlo.
¡Ah! ¡Pero el sexto y último párrafo es una verdadera joya! En Estados Unidos —ese paraíso en la tierra, modelo de todo lo bueno y encomiable— “es numeroso el grupo de filósofos o egresados de escuelas de arte que luego estudian un MBA [Masters en Business Administration]. ¿Su propósito? Hacer negocios. Prosperar. Aquí, sin embargo, los exportamos a los campamentos guerrilleros latinoamericanos”. ¡Éstos son los iluminados! A pesar de haber perdido el tiempo aprendiendo cosas inútiles como arte, literatura y filosofía, después vieron la luz y se metieron a estudiar Administración de Empresas a fin de volverse ciudadanos útiles, mientras que nuestras facultades análogas exportan a sus alumnos —fíjese usted bien: no dijo varios, algunos o numerosos, sino “los” alumnos, que son todos por omisión— a “los campamentos guerrilleros latinoamericanos”. Y luego tiene la desfachatez de preguntar: “¿Por qué es ese su destino?”.
Que yo sepa, no ha sido el mío ni el de mi esposa, Josefina Estrada (egresada y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales), ni de ninguno de nuestros centenares de compañeros y maestros. Podría enumerarlos pero tendría que destinar decenas y decenas de páginas a sólo dar cabida a sus nombres y apellidos. ¿Cómo es que nosotros no fuimos “exportados” a los campamentos guerrilleros latinoamericanos. ¿En qué nos fallaron nuestras facultades, ineficientes hasta para eso?
El cinismo y la arrogancia de algunos mal llamados pensadores de derecha no tienen límite. No todos, sin embargo, son cínicos y arrogantes; algunos de ellos, incluso, son artistas y… filósofos. Creen, por ejemplo, en un orden social predestinado que no debemos intentar cambiar porque eso sería atentar contra la naturaleza humana: algunos deben mandar y otros deben ser mandados. Este pensamiento ha evolucionado a lo largo de los siglos, pero en términos generales los pensadores de derecha buscan mantener el status quo a como dé lugar.
Otros, tildados de izquierdosos, piensan lo contrario. Creen que es posible que el pobre, el desheredado, el que nació sin ventajas, puede recibir una buena educación y ser parte productiva y líderes de la sociedad sin dar la espalda a quienes aún no han podido levantarse. Pueden ser activos en los negocios, en la política, en las ciencias y las matemáticas o en búsquedas intelectuales o artísticas. Todos los terrenos del conocimiento son igualmente válidos. No sólo pueden llegar a ser parte productiva de la sociedad sino que pueden llegar a conducirla. Pero aquellos que temen el poder de los que en sus espaldas cargan el mayor peso de la sociedad mediante su trabajo manual, denuestan a quienes los apoyan, a los izquierdosos.
Yo soy el primero en denunciar a la izquierda de pose, la que monta marchas y manifestaciones infinitas y sin sentido en lugar de hacer el trabajo político realmente necesario en este país, el cual consiste en educación, sensibilización y cabildeo inteligente. Pero de ahí a menospreciar, devaluar y hasta insultar a dos de las facultades que han producido algunos de los pensadores y creadores más brillantes no sólo de México sino de toda América Latina y el mundo, hay mucha distancia.
Lucía Andrea Morett Álvarez no es el Mosh. No sé con qué elementos cuenta Carlos Mota para acusarla, así nomás, de guerrillera. Hasta que sepamos exactamente por qué estaba donde estaba, y qué hacía, nadie puede ni debe hacer afirmaciones tan temerarias. Es más que posible que haya sido por una concatenación de coincidencias. Por ejemplo: estando en el Ecuador por razones de investigación o incluso recreación, pudo haberse topado con alguien cercano a las FARC. Y ella, como simpatizante y estudiosa de causas de izquierda, pudo haber aprovechado eso para conocer a este grupo narco-guerrillero de primera mano, sin jamás pretender afiliarse como combatiente. Y en eso cayó el ataque de ejército colombiano. No lo sé. Es una posibilidad.
Mi cuñado Agustín Estrada, director del FARO de Oriente, la conoce porque allí da talleres de teatro para niños, y “es muy buena onda con los chavos”. Esto no significa, por supuesto, que no se pueda ser simultáneamente guerrillero y “buena onda”, guerrillero y teatrero. Todo es posible, pero una cosa no conduce necesariamente a la otra, como insinúa irresponsable e irrespetuosamente Carlos Mota en su vergonzosísimo artículo de hoy, 6 de marzo de 2008.