martes, 25 de septiembre de 2007

Lo demás es literatura

Cada vez que debo concentrarme en las minucias de cómo hablamos y escribimos, termino preguntándome si los signos de puntuación pertenecen al reino de la filosofía o de la religión. Hay muchos que no creen en ellos, y tampoco están dispuestos a aceptar que forman parte de la gramática. Ni creen en la gramática…

Más allá de la metafísica, surge un dilema real precisamente cuando se confrontan los lenguajes hablado y escrito. La observación más obvia al respecto es que no hay signos de puntuación en el lenguaje hablado. Nadie dice: “Oye - coma - José Luis - coma - se abre signo de interrogación - qué hora es - se cierra signo de interrogación - comillas - punto”.

Antes de hablar, nuestras ideas giran vertiginosamente. Van de un rincón a otro del cerebro, como bolitas de ping pong recogiendo los pertinentes datos, emociones, sensaciones, recuerdos, etcétera—, y debemos pescarlas y ordenarlas antes de abrir la boca. Pero sabemos que en la vida real las cosas no suceden así. Con frecuencia nuestro torbellino cerebral se convierte en otro torbellino verbal que, una vez liberado, se convierte en aquello que pronunciamos y que nuestros amigos, familiares, compañeros, jefes y subalternos deben soportar estoicamente o —en su caso— gozar si somos duchos en la tarea de organización verbal instantánea. La mayoría no lo somos.

Por fortuna, tenemos por lo menos 50 mil años hablando mediante palabras, las cuales son construcciones sonoras abstractas que representan a personas, cosas, ideas, acciones, cualidades y relaciones diversas, todas ellas muy reales. Las palabras son abstractas porque los sonidos de que están compuestas la palabra mesa, por ejemplo en sí no significan nada. Es más, si alguien que no sepa español escucha mesa, sólo percibirá sonidos, ruidos sin sentido. Tanto es así, que si pronunciamos las sílabas de la misma palabra, sólo que al revés same—, tampoco significará nada para nosotros, a pesar de que esa palabra, con otra pronunciación (seim) significa mismo en inglés.

Para decirlo de otro modo, la colectividad de hablantes de cualquier idioma, hace muchísimos años, asignaron sentidos específicos a ciertas secuencias de sonidos. También llegaron, otra vez colectivamente, a cierta manera de ordenar las palabras —lo que llamamos sintaxis— según estructuras que fueron heredadas de idiomas anteriores, lenguas madres, y que se solidificaron con el tiempo, aunque seguirán evolucionando —lentamente— mientras el idioma esté vivo. Ésta es su gramática: el esqueleto, la estructura del idioma, la cual vestimos con palabras que organizamos de manera diversa.

Como tenemos muchas decenas de miles de años hablando mediante idiomas —la mayoría de los cuales se ha perdido para siempre, todos aquellos anteriores al sánscrito y que no tuvieron expresión escrita—, estamos acostumbrados a descifrar las extrañas estructuras del lenguaje oral gracias a todo lo demás que lo acompaña: gestos, ademanes, contacto visual, lenguaje corporal, tono de voz, cadencia de enunciación, el contexto social de nuestro interlocutor, etcétera. Si sólo recurriésemos a las palabras pronunciadas a la hora de escuchar a nuestros interlocutores —los puros sonidos, ignorando todo lo demás—, seguramente entenderíamos muy poco. El discurso sería un galimatías.

La mala noticia para quienes tienen que escribir, y para quienes enseñan a otros a escribir, llega en el momento de comprender que el lenguaje escrito —la redacción— tiene poco en común con el lenguaje oral: sólo las palabras en sí y la gramática. Lo demás es diferente o simplemente no se aplica, como se dice en la actualidad. En la escritura no hay voz, no hay cuerpo; no hay ademanes ni gestos; pocas veces conocemos al escritor personalmente, y por ello desconocemos su contexto personal, social, sexual, económico, religioso; si algo nos causa duda, no podemos preguntarle nada, y por ende, no puede respondernos. En el lenguaje oral, la sintaxis es laxa; podemos hacer de nuestras proposiciones un verdadero espagueti, y aun así nuestros interlocutores —gracias a todo lo que ya se mencionó— podrán desentrañarlo.

El que escribe sin tener idea de lo que está haciendo, está —salvo raras excepciones— tomando dictado de su inconsciente. Anda recogiendo esas bolitas de ping pong, y las va colocando sobre la página en el orden, casi siempre arbitrario, en que le llegaron, o en el orden en que las percibió. Por eso la redacción inexperta se parece a la escritura automática de los surrealistas. El lector, invariablemente, se queda perplejo ante una larga hilera de incoherencias. Sólo son coherentes para el que las escribió porque antes estaban en su cerebro: el mal redactor, al releer en caliente su escrito, entiende las ideas porque ya las conocía, no porque estuvieran bien expresadas. Sucede con frecuencia que este mismo redactor, al volver a leer su propio escrito meses o años después, tampoco lo comprende y dice algo así como: “Quién sabe qué quise decir. algo recuerdo pero no entiendo nada. Tendría que sentarme a hacer memoria…”. Se supone que nuestra escritura es nuestra memoria.

Esto ocurre porque tenemos, como Homo sapiens, bien poco tiempo de escribir. La idea de que todo el mundo debe ser capaz de leer y redactar es algo realmente moderno. En la escala de la evolución humana, empezó ayer. Y eso si somos generosos, pues en realidad aún no empieza. Aunque a partir de la Revolución Industrial, tanto la lectura como la escritura han ido ganando terreno, la escritura generalizada entre la población es todavía ilusoria. Y lo poco que hemos ganado en décadas recientes, está bajo amenaza porque en muchas partes del mundo estamos leyendo y escribiendo menos que hace 30, 40 ó 50 años. Como no tenemos la práctica, y como los maestros realmente no tienen idea de cómo enseñar a redactar más allá de dar fórmulas vacías y en muchos casos erróneas, estamos en la calle. Sin modelos —buena literatura— y sin maestros que nos enseñen, hemos sido abandonados al capricho de la neoglobalización: Que piensen y escriban los poderosos —parece ser el mensaje que nosotros mismos nos enviamos—. Lo nuestro es sufrir, aguantar y obedecer.

Los que se dedican a enseñar a escribir —pero enseñar de veras—, saben que necesitan convencer a sus alumnos de que el paso más importante que van a tomar, tiene que ver con un cambio total de actitud: la escritura no es tomar dictado del inconsciente —que es lo que hacemos cuando hablamos— sino un ejercicio de análisis. No importa que sea la lista del súper. Aun para eso hay que sentarse a analizar la situación —el vacío que hay en el refrigerador— y proponer, por escrito y en forma de lista, la solución más adecuada.

Quienes aprendieron a redactar imitando a los maestros —éstos casi siempre son buenos lectores— tampoco entienden la sensación de indefensión y vulnerabilidad que sufren los no redactores. Aquellos escriben bien porque asimilaron hace mucho lo que éstos aún ni empiezan a percibir: las estructuras gramaticales que usan al hablar y que deben refinar y ordenar si esperan, algún día, poder expresarse claramente por escrito. Por eso resulta tan importante entender las nociones básicas de la gramática y la sintaxis, y saber —además— para qué sirven los signos de puntuación que, a manera de los letreros de las calles y vías rápidas, nos van orientando de modo que no nos perdamos.

No es fácil convencer a la gente de que abandone la lógica del lenguaje oral para poder escribir bien, incluso para que el lenguaje escrito parezca oral. Nada más difícil hay que escribir con tal fluidez que parezca como si estuviéramos escuchando hablar al autor. Esto se logra, a veces, con años de práctica y estudio. Mientras tanto, hay que buscar expresar nuestras ideas por escrito con claridad y precisión. Con eso me conformo al principio. Lo demás es literatura, aunque después se convierta en algo así como una religión de seres pensantes, lo que algunos llaman filosofía…

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Sandro: tu guapez tiene mucho de trascendente...¿sabes cuántos años de evolución han tenido que pasar para que una dama se deleite la pupila con una combinación genética tan chula como la tuya? Eso (deleitarme la pupila), si quieres que te demuestre que no soy una mamá inculta y desleída, lo he aprendido de mi lectura de Zorba el Griego... Tu belleza, Sandro, tu hermosura, debe ser exhaltada, y me preocupa nocturnamente, lo mismo que la literatura... con todo respeto.

Álvaro Ancona dijo...

Sandro: navegando en busca de información sobre blogs literarios encontré el tuyo. Fue una agradable sorpresa y me quedé casi una hora leyendo algunos de los textos de tu caja resonante.

Te dejo un poema relacionado con el título.

Álvaro
http://alvaroancona.blogspot.com/



Tout le rest est littérature
Jorge Luis Borges

Una mujer que se atreva a escalar montañas de tu mano
y convertirse en bonzo a la hora justa de las pasiones prohibidas.
Un huerto pintado con los verdes y ocres de la paleta de Van Gogh
multifamiliar de interés social para un coro de jilgueros afinados.
Un equipo de sonido que sature el pentagrama con Berliotz y Vivaldi
que nos traiga serenata con el sapo cancionero de solista.
Una cascada de risas musicales de dos niños jugando al escondrijo
que hayan robado las estrellas a los ojos de su madre.
Un horno prodigioso que invente en la mañana los aromas de la hogaza
una cava regenteada por madame bordeaux.
Amigos que quepan en los dedos de la mano
cómplices de días alegres y noches de congoja…

Tout le rest est littérature

Anónimo dijo...

Felicidades Sandro, no s'olo por los art'iculos de tu blog, sino por las pasiones que despiertas.

Anónimo dijo...

órale, ¿en qué terminará esta historia de pupilentes?, ¿serán desechables?
Serán

Huberto dijo...

Sandro: Te cuento algo que tiene que ver con tu artículo. A finales del siglo xx, Juan García Ponce fue internado en el Hospital ABC con una grave pneumonía y temperaturas de 42 grados (lo metieron en una tina con hielo varios días, en donde estuvo además entubado con oxígeno). Cuando regresó a su casa "curado" fui a visitarlo y, a pesar de que me lo advirtieron, me sorprendí muchísimo cuando me dijo: "SE ABRE INTERROGACION: Còmo has estado COMA querido Huberto SE CIERRA y PUNTO. ADMIRACION. Què gusto verte SE CIERRA". Hablò asì varios dìas, como si le estuviera dictando a su secretaria Marìa Luisa Herrera. Gracias por haber destrabado tus fotografìas, que he podido volver a copiar en mi archivo FOTOS DE COHEN

Sandro Cohen dijo...

Ante halagos tan insistentes e imposibles de ignorar, me declaro mudo de sorpresa. Esto sólo me deja un camino: seguir trabajando.

Álvaro: muchísimas gracias por el poema y el comentario. El que hayas pasado una hora leyendo este humilde blog, me llena de alegría: todo tiene sentido.

Huberto: Ya te lo dije en un correo privado, y te lo reitero, la anécdota sobre Juan García Ponce no tiene desperdicio. Alguien que escribía tan bien, como él, debía de tener las luces suficientes como para pensar con esa claridad, o más bien tenía las luces suficientes como para ORGANIZAR sus pensamientos al vuelo y dictarlos con todo y puntuación... ¡sin darse cuenta, debido a su enfermedad! Un abrazo a todos...

Sandra dijo...

Sigo devastada por el simple hecho de que por más que trato de escribir y leer bien: no puedo.
Supongo que tendré que resignarme a mis 28 años y dejar de pensar en que con los adelantos de la ciencia se descubra una vacuna contra el déficit intelectual.
De cualquier forma, lo sigo leyendo a ver si algo se me pega. ¡Saludos!

Sandro Cohen dijo...

Estimada Tocaya:

No te angusties. Creo que debes escoger un libro cuyo tema realmente te llame la atención, que sea de tu gusto. No tienes que leer muchas páginas sino unas cuantas. Al otro día, o más tarde, lees unas más. Tal vez dentro de poco, estarás leyendo muchas páginas, sin que te des cuenta, sin que te pesen.

Para leer también hay que entrenarse. Eso se olvida en muchas ocasiones, sobre todo lo olvidan aquellos que están bien acostumbrados, que leen como si se tratara de una segunda naturaleza. Ésa la meta.

Otra cosa: si intento leer cuando estoy cansado, tampoco capto gran cosa. Hay que estar muy despierto o simplemente no funciona. Nada entra en el cerebro.

Ahora pasan de las dos de la mañana cuando suelo acostarme a las 10. Si este comentario tiene muchos errores, ya sabes por qué. ¡Estoy cansadísimo! Pero contento. Gracias por escribir.

Sandra dijo...

Gracias maestro por sus agradables y atinadas recomendaciones, las tomaré muy en cuenta.
Dejaré que ahora las palabras se dejen sentir una a una, aunque sólo lea una página al día, pero que sea bien leída.

Infinita Tristeza dijo...

Hola Sandro. Algo me dice que disfrutarás desentrañando el sitio del Proyecto Cartele.

http://www.carteleonline.com/fset_main.html

Ojalá puedas dedicarle una entrada a este singular fenómeno de "no creyentes" gramaticales.

Un saludo.