miércoles, 12 de septiembre de 2007

Para (empezar a) comprender el dilema de la lectura en México

A principios de julio de 2007 se llevó a cabo en París el Congreso Internacional de la Edición Independiente, al cual asistieron editores de 80 países de todos los continentes. También participó la red latinoamericana, donde hubo tres representantes mexicanos (ver foto al final de la entrada). Se discutieron larga, acalorada y amistosamente todos los problemas que aquejan al libro, la edición y la libertad de expresión en el mundo actual.

SÓLO HAY DOS maneras efectivas de hacer que México sea un país de lectores. son tareas que debemos acometer con urgencia. La primera es la capacitación de los maestros de primaria y secundaria. En un país donde son pocos los padres de familia que leen por placer, costumbre o afición, la responsabilidad de ser modelo recae en los maestros, quienes necesitan sembrar en los niños la comezón de la curiosidad, de la aventura y del conocimiento que sólo pueden satisfacer los libros. No hay manera de vivir en todos los países, en todas las épocas. Es imposible ser hombre y mujer al mismo tiempo (fuera de la literatura, por supuesto). ¿Cómo meterse en la cabeza de un asesino serial sin ser un asesino serial? ¿Qué se siente viajar en el tiempo, conversar con Jesucristo acerca de la sagacidad de “dar la otra mejilla”, discutir ética y moral con Moisés o Buda? Todo esto, y muchísimo más, podemos hacerlo con los libros. Pero hay que aprender a leer, y sólo se aprende a leer gozando. Nos urgen enseñar a nuestros maestros cómo transmitir el goce, la maravilla de la lectura.

La segunda tarea es que la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro se haga realidad, por fin, tras el veto de Vicente Fox. Esta ley tiene muchas virtudes, pero la central es el precio único para los libros. Muchos no comprenden por qué esto es importante, por qué no atenta contra la libre competencia ni por qué contribuiría a que los precios de los libros bajaran a la larga y en términos absolutos.

El precio único consiste en que el editor asigne el precio de su libro y que éste no varíe. No importa si el libro se vende en Gandhi, un puestos de periódicos, Sanborns, Vips, un supermercado o una farmacia en Ciudad de México o Ciudad Obregón, en Chetumal o Mexicali. No es posible dar descuentos. A primera vista parecería que esto, lejos de convenir a los lectores, va en contra de sus intereses. Paradójicamente, sucede lo contrario. El precio único es tal vez el paso legal más importante que México puede tomar para la creación de lectores.

¿Por qué conviene a los lectores? Los descuentos que dan algunas librerías son absolutamente ficticios. Los editores sabemos a qué precio tiene que ofrecerse los libros en los puntos donde más se venden. Ése es el precio “descontado” que aparece. El precio de lista se calcula a partir de ese supuesto descuento. En otras palabras, los libros que se venden al precio de lista, traen un sobreprecio significativo. Pero quienes terminan pagando el pato en grande son aquellos que no pueden darse el lujo de comprar en la Ciudad de México o Guadalajara o Monterrey, donde todavía pueden conseguir estos descuentos ficticios. No sólo sufren las librerías que no pueden dar los descuentos sino también los lectores que viven lejos de las librerías de descuento, o que nunca las ven porque no pasan por ahí (me refiero a los alrededores de Miguel Ángel de Quevedo en la Ciudad de México).

¿Por qué han desaparecido tantas y tantas librerías de barrio? ¿Por qué sólo quedan las grandes, y por qué éstas ya tienen dificultades económicas, aun cuando son pocas? La política de los descuentos obligó al cierre de la gran mayoría de las librerías pequeñas, a pesar de ser eficientes. Simplemente no pudieron competir: las grandes ofrecían mejores precios. Y ahora, cuando casi no hay libreros pequeños que hagan caso a sus clientes, que busquen satisfacer sus necesidades y que —además— sirvan de guías, los precios de los libros están inflados para aguantar los descuentos —como ya expliqué—, y resulta difícil hallar lo que no sea novedad o best seller. Y los gastos de una librería grande son enormes.

Acabo de pasar un buen rato en la Gandhi. Es impresionante la cantidad de novedades y “libros de arte” comprados por bulto como saldos en otros países, ofrecidos aquí como novedades. Igualmente impresionante resulta lo poco profundo de la oferta de libros en general. Brillan por su ausencia los catálogos de las editoriales, su backlist. Esto significa, en la jerigonza de los editores, todos aquellos libros que aún están a la venta pero que no son best sellers. Antes, era el catálogo el que daba a una editorial la mayoría de sus ganancias. Ahora tiene que sacarlo casi todo de las novedades, y debe persignarse para que alguna se convierta en best seller. De otro modo tendrá que comerse las devoluciones, las cuales difícilmente volverán a entrar en librerías porque éstas sólo quieren novedades o best sellers. Es el círculo vicioso de la cadena comercial editorial. Y es por eso también que resultan tan caros los libros: se tiene que recuperar todo lo que se pueda en los primeros dos meses, como máximo. Después, el libro se convierte prácticamente en materia muerta, carne de bodega y ratones.

La competencia no funciona cuando se trata de un bien cultural como el libro. Cada título es único e irrepetible. Un refresco de cola se parece en 99% a otro refresco de cola; una marca de pañales, a otra marca de pañales. pero un libro de Gabriel García Márquez no se parece a otro de Rulfo o Flaubert o Dostoievski. Cada obra es única. En el mundo de los libros puede haber competencia entre editores, incluso entre librerías, por sin usar el precio como arma. La ventaja competitiva para el librero consiste en variedad o especialidad de oferta, servicios, atención al cliente y otros atractivos —como presentaciones y firmas de libros—, pero el precio de un libro específico debe ser el mismo en la librería de enfrente, en la de otra colonia, en otra de la frontera norte o la frontera sur. Así ha venido funcionando en Francia, España, Alemania, Portugal, Grecia y Austria, donde la cantidad de librerías ha aumentado sensiblemente, a diferencia de Estados Unidos e Inglaterra, donde ha ocurrido lo contrario. Pero donde más fuerte ha pegado el capitalismo salvaje en la cadena editorial, ha sido en México y muchos otros países de América Latina donde impera la misma falsa lógica de mercado. No es la única razón por la cual se lee tan poco aquí, pero es una razón importante.


Durante una de las sesiones de la red hispanoamericana dentro del formato del Congreso internacional de la Edición Independiente en París. De izquierda a derecha están Guido Indij, de Argentina; Abdón Ubidia, de Ecuador; Pablo Slachevsky, de Chile, y Marcelo Uribe, de México. También de México estuvieron presentes Pablo Moya y quien sacó la foto...

2 comentarios:

Sara Velasco dijo...

Estoy de acuerdo en que la formación de lectores debe hacerse en la escuela de la misma manera que se enseña a sumar y a restar, pero la diferencia es que ni el mismo maestro lee por afición. Como el placer de la lectura no se puede asimilar como cualquier técnica de enseñanza, me parece que una manera más práctica que la de capacitar al magisterio es que con solamente un maestro que guste de leer en cada escuela primaria podrían obtenerse resultados si éste le dedica un corto tiempo a cada grupo (perfectamente organizado)para transmitirle su gusto por la lectura. Así cada escuela se aseguraría de que un auténtico lector "contagie" su gusto a todos los grupos de cada escuela. Este plan lo tengo considerado en todos sus detalles sin representar ningún gasto a nadie ni a padres de familia ni a autoridades educativas.

Ikita dijo...

Hola!
considero que la propuesta es buena, pero además de que un maestro estimule a los niños a leer, debería ser también una cuestión de educación a los padres de los niños. Sería importante constituir círculos de lectura para padres, porque no hay mejor enseñanza que el ejemplo.

Érika