lunes, 10 de septiembre de 2007

El 11 de septiembre de 2001: un testimonio personal

Concepción Morales sacó esta fotografía el lunes 10 de septiembre, desde un barco, mientras yo entrevistaba a uno de los cónsules mexicanos en Nueva York. Evidentemente, ella no sabía que sería una de las últimas fotos de la Torres Gemelas cuando estaban aún en pie.

ESE MARTES había amanecido bellísimamente sobre la isla de Manhattan. Nosotros acabábamos de concluir —o eso pensábamos— nuestra investigación que poco más de un año más tarde se convertiría en el libro De cómo los mexicanos conquistaron Nueva York. Ya estaban hechas las maletas. Éramos un equipo de cuatro: Josefina Estrada, mi esposa; la fotógrafa Concepción Morales (Conchita) y el pintor Rafael Hernández Herrera, su marido. Estábamos alojados todos en el YMCA Vanderbilt, en la calle 47 entre la Segunda y la Tercera Avenidas. Mientras Josefina se bañaba, bajé a comprar café en un Starbucks, que para nosotros era una novedad, ya que aún no existían en México. Había prendido el televisor para ver las noticias del clima —no viniera en camino alguna tormenta que impidiese nuestra salida…—, y así lo dejé.

Cuando volví a la habitación, poco antes de las nueve de la mañana, vi que trasmitían una imagen del World Trade Center. Salía humo de la torre norte. Decían que se trataba probablemente de una avioneta que había perdido el rumbo o que había sufrido algún desperfecto mecánico. Pero unos minutos después, a las 9:03 exactamente, todo el mundo vio cómo un segundo avión —ninguna avioneta— hizo impacto en la torre sur. De inmediato comprendí lo que esto significaba: el fin de una época. Lo que segundos antes parecía ser un muy desafortunado accidente que, esperábamos, no tendría mayores consecuencias, se convirtió en uno de esos acontecimientos que cambiaría para siempre la historia de las naciones. A las 10:05 horas cayó la torre sur, y durante unos minutos creo que enloquecí. Veintitrés minutos después se colapsó la torre norte.

Sólo me recuerdo saliendo de la habitación, caminando por los corredores del hotel —donde se hospedaban muchos jóvenes de todo el planeta—, gritando: “¡No, no, no!”. Los japoneses, franceses, chinos, ingleses, israelíes, argentinos, árabes, españoles e italianos —fueran turistas o estudiantes— estaban, asimismo, en shock. No pocos llorábamos. Volví a la habitación. Era cierto: ya retrasmitían el segundo impacto y confirmaron que el primero también se había debido a un avión grande, de línea comercial. Mi cabeza empezaba a dar vueltas: aviones, torres, muerte, terrorismo, cierres de aeropuertos, regreso a México, guerra, estar sin salida… Pero me volvió la cordura al darme cuenta de nuestra situación, y yo era el único que hablaba el inglés suficiente como para negociar, sin mayores confusiones, nuestra salida de Manhattan y nuestro regreso a México. Sospechábamos enseguida que no iba a ser fácil.

Ya calmado, volví a salir a la calle a tratar de averiguar qué pasaba en el aeropuerto, con los vuelos en general, muy a pesar de que Josefina insistía en que no había nada que hacer: nadie iba a ir a ninguna parte. Era cierto: en el cielo ya no se veía avión alguno, fuera de los militares. Sólo pudieron aterrizar los que estaban en el aire, y ya lo habían hecho. A ras del suelo, casi no circulaban vehículos. Corrí a las oficinas más cercanas de las diversas líneas aéreas que viajaban a México. Volví a confirmar que Josefina tenía la razón: todo estaba cerrado con cadena y candado. Nadie sabía nada pero el fuego seguía consumiendo las ruinas. Se veía cómo el humo, gris y negro, se levantaba contra el límpido cielo azul, sin nube alguna, y flotaba hacia Brooklyn, al oriente. Estábamos a escasos seis kilómetros al norte de la “zona cero”, ground zero.

De vuelta al hotel, reinaba el caos. Nos decían que teníamos que salir de allí porque llegarían nuevos huéspedes.

—¡Cómo! —gritó alguno.

—¡Ya no despega ni aterriza ningún avión! —segundó otro.

—¡Todas las entradas y salidas de la isla están cerradas! —informó una tercera.

Media hora después nos aclararon que, en efecto, podríamos quedarnos (Gracias…) y que nos arregláramos con la gente del mostrador. (Ni modo de que se quedaran sin gente). Sea como fuere, el primer problema había sido resuelto: no dormiríamos en la calle.

El resto de la historia transcurrió, para mí, en una especie de neblina onírica. A las quinientas pude comunicarme con esa parte de mi familia que vivía en Estados Unidos: Que sí, que sí, que trataremos de salir, que no se preocupen… Éramos periodistas todos, pero en ese momento sólo éramos mexicanos con muchas ganas de volver a nuestro país. Viendo la situación desde seis años de distancia, tal vez debimos haber corrido, desde las nueve de la mañana, a la parte sur de la isla para cubrir lo que ocurría. No se nos ocurrió. La enormidad nos lo impedía. Mentalmente ya habíamos concluido nuestro trabajo. Nos sentíamos con un pie en el estribo cuando ocurrió la tragedia.

Además, a pesar de que habían pasado 16 años desde el terremoto, descubrimos que las heridas aún estaban frescas; era como revivir todo aquello, con el agravante de que esto no era “un acto de la naturaleza” sino asesinato en masa, premeditado. Y estábamos exhaustos tras un mes de trabajo intenso dentro de la comunidad mexicana en Nueva York. Habíamos convivido tanto con los legales como con los ilegales. En sus casas, sus lugares de trabajo, los campos de futbol donde jugaban, sus iglesias… Teníamos decenas de horas grabadas en video, centenares de horas de entrevista y miles de fotos entre Conchita y yo. Habíamos hecho amigos también, y sólo pensar que su vida ya había cambiado para siempre nos llenaba de angustia.

Josefina decía que toda nuestra investigación sobre la situación de los mexicanos en Nueva York valía para pura chingada, que ya podíamos tirarla a la basura porque a partir de allí todo cambiaría radicalmente: todo lo que habíamos visto y registrado era historia. Tanto optimismo, la posibilidad de una reforma migratoria integral, la unión que se había logrado con otras comunidades, y no sólo de habla española… Todo se vendría abajo, víctima de una nueva xenofobia, un nuevo racismo, una nueva cerrazón hacia el otro. Y no nos equivocamos, por desgracia.

—¡Por eso mismo vale mucho lo que hicimos! —argumenté—. Hay que hacer un retrato del antes y el después. Esta gente no se va a cruzar de brazos y dejarse morir. Eso sí: tendremos que volver a terminar lo que empezamos, porque esto apenas empieza.[1]

Ya habían llegado más noticias que terminaron de enrarecerlo todo: otro impacto, ahora en el Pentágono; un cuarto avión, caído en un área rural de Pennsylvania, cerca de Pittsburgh. Empezamos a caminar por la ciudad. Los primeros sobrevivientes venían subiendo, a pie, por las avenidas que corrían norte-sur. Estaban cubiertos de un polvo entre blanco y gris. Era una larguísima procesión, silenciosa, como de otro mundo. Fue en ese momento cuando me invadieron, por primera vez, los recuerdos del terremoto de 1985,[2] cuando los sobrevivientes emergían de los edificios derrumbados, igualmente cubiertos de polvo gris, blanco. Sentí que el tiempo se había suspendido, que el mundo había dado una vuelta entera o que el tiempo se había doblado sobre sí mismo. El silencio era casi insoportable.

En la tarde, en una ciudad desgarrada, donde parte de la población buscaba desesperadamente a sus seres queridos que habían estado en las torres, y donde la otra parte pendía de un hilo, o de los muchos hilos de la radio y la televisión: nadie sabía lo que iba a suceder, si habría más ataques, si había manera alguna de defenderse, ¿pero de quién…? La neurosis, la paranoia y los miedos también justificables —todo junto— ya habían comenzado y aún no terminan.

Al otro día, miércoles, se abrieron los túneles y puentes en dirección a Nueva Jersey únicamente. Podríamos tomar un tren que nos llevaría debajo del río Hudson hasta la terminal de Penn Station en Newark. Aprovechamos la oportunidad, pues mi madre vivía a 30 minutos de esa ciudad donde —dicho sea de paso— nací hace casi 54 años. Llegamos a Caldwell, New Jersey —donde estudié quinto y sexto años de primaria, y toda la preparatoria— hacia el mediodía. Resultaba difícil despegarse del televisor. Todo el mundo quería que algo tuviera sentido, que alguien se lo explicara.

El dolor, como en septiembre de 1985 en México, era inabarcable, inenarrable; también el heroísmo de quienes en ambas situaciones ponían su vida en riesgo a fin de ayudar a quienes habían quedado atrapados en los escombros. En México se llenaron los hospitales y las morgues, pero en Nueva York, a pesar de la respuesta inmediata de los médicos y servicios de primeros auxilios, casi no había pacientes a los cuales atender: quienes salieron con vida fueron en extremo afortunados, pero los casi tres mil que dentro de ambas torres se encontraban en el nivel de los impactos, o más arriba, murieron instantáneamente si habían tenido suerte, o sufrieron una muerte absolutamente espantosa, infernal, si en un primer momento habían logrado sobrevivir. Fueron valientes, absolutamente racionales, los que pudieron aventarse desde las alturas de las Torres Gemelas: al fin y al cabo, ellos —al hacer valer su última voluntad— decidieron cómo morirían.

La tarde del viernes 14, pude —por fin— alquilar un automóvil en Caldwell, y pasamos al supermercado a comprar carnes frías y todo lo que comeríamos y beberíamos hasta llegar a México. Nos despedimos de mi madre y emprendimos el viaje. Conchita y yo nos turnábamos al volante. Sólo nos deteníamos en las gasolineras. Llegamos a Nuevo Laredo como a las dos de la mañana del 16 de septiembre, domingo. La gente aún celebraba entonando canciones, bailando en las calles y lanzando cohetes. Estábamos todavía lejos de la Ciudad de México, pero ya estábamos en casa.



[1]Así sucedió: en diciembre volvimos a Nueva York para entrevistar y documentar cómo cambiaron las vidas de los mexicanos que habían estado allí el 11 de septiembre. Las semblanzas, crónicas y reportajes están en De cómo los mexicanos conquistaron Nueva York. (Editorial Colibrí-Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, 2002).

[2]Nosotros vivíamos en el piso 11 del edificio Niños Héroes en Tlatelolco. El Nuevo León, que se colapsó y en el cual murieron muchísimas personas, no estaba lejos de ahí, sobre el Eje Central. El Niños Héroes estaba ubicado sobre Lerdo, casi esquina con el Eje 2 Norte. Nuestro edificio, que era de 13 pisos, después de su reconstrucción, quedó en seis. Así podrán imaginarse los daños que sufrió y el terror que pasamos todos cuando el edificio se movió como látigo durante varios minutos. Pero terminó y pudimos descender, por pie propio, a la calle. Lo curioso es que, haciendo de tripas corazón, tratamos de seguir con las actividades cotidianas esa mañana, hasta que nos dimos cuenta de que a nosotros nos había ido bien. El derrumbe emocional llegaría después…

3 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Lo que cuentas, Sandro, oprime el corazón. Que terribles tragedias se han vivido. Particularmente tengo mi concepción de estos hechos de las torres gemelas, por supuesto que es muy diferente a la oficial...

Pero lo que realmente importa es tanto daño provocado, tanto dolor. Qué pena.

Flor dijo...

La sensación de incredulidad, de estar viendo otra película más al puro estilo "duro de matar 4.0", volvía el evento una historia fantástica. Pues como dices tú, no era resultado de la furia de la naturaleza, sino de la furia social, un fenómeno complejo que todavía no alcanzamos a percibir en su totalidad ¿en verdad fue terrorismo exterior? o es el anuncio de la decadencia moral de un gran imperio?

Anónimo dijo...

Al leer esta crónica es como volver a vivir ese momento. Cada uno tiene una historia distinta de los hechos sucedidos. Yo en lo particular lo viví en México con Leo y fue horrible la angustia de no saber nada de ustedes en esos dias. Por otro lado el hecho de vivir un suceso de esa índole me eriza la piel y una vez más que quedo perplejo con lo narrado.

Un abrazo.

Rodrigo Escondrillas