lunes, 13 de agosto de 2007

IVA como herida patria

Vicente Fox, duro contra el libro













Cada vez que en México se habla de que los libros causen IVA, se echa sal en una herida que no ha podido cicatrizar. Si bien es cierto que a nadie le gusta pagar impuestos, éstos son importantes para financiar muchos aspectos de nuestra vida diaria: infraestructura, escuelas públicas, bibliotecas, etcétera. Por eso el debate sobre el tema es tan importante.

En un mundo ideal, no habría IVA. El impuesto más equitativo es el que corresponde a lo que ganamos: el Impuesto sobre la Renta (ISR). Un bolillo le cuesta lo mismo al rico que al pobre, pero si se cobra IVA a los dos, al pobre significa un porcentaje mucho más alto de sus ingresos. Por eso, el IVA debiera ser un impuesto para resolver una emergencia o para desestimular cierta clase de consumo nocivo (como el tabaco, por ejemplo), no como un modus vivendi del Estado. Ésta es la raíz del problema.

En otros países se venden muy bien los libros y los índices de consumo per capita son altísimos. De 10 a 20, e incluso más, por persona anualmente. En México andamos en menos de un libro comprado por persona por año. Los libros son caros en México para empezar, sobre todo por el sistema de descuentos que hace años implantaron algunas librerías fuertes. Estos descuentos han terminado por ser ficticios, pues las editoriales deben aumentar sus precios para hacer frente a los fuertes descuentos. De ahí la sabiduría del sistema europeo: precio fijo —o único— para todas las librerías.

El precio único fue la piedra angular de la nueva ley del libro aprobada por ambas cámaras del Congreso, y vetada por Vicente Fox (su único veto) por razones tan ideológicas como espurias. Y si encima de los precios altos de los libros cargáramos el 15 por ciento de IVA, tanto más difícil será que la lectura se vuelva costumbre en México.

El problema no es el impuesto en sí, sino que en primer lugar, es el impuesto equivocado. En segundo lugar, es el producto equivocado. La ganancia hipotética sería automáticamente contrarrestada por la baja en el volumen de venta, y esta ganancia hipotética sería —además— risible en la escala mayor de las finanzas del Estado. Pero eso sí: remataría a la industria editorial —de capa cada vez más caída— y también a la lectura. Ahora, más que nunca, podemos ver la burla foxista que se encerraba en las palabras “Hacia un país de lectores”.

Urge que se reviva y que se vuelva a votar la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro. Ésta permitiría, a mediano y aun a corto plazo, el renacimiento de librerías de barrio, lo cual pondría a los libros, de nuevo, al alcance geográfico de muchísimos más mexicanos (ahora hay una librería por cada 250 mil habitantes, aproximadamente, cuando en países similares al nuestro, la cifra anda en una por cada 25 mil. En Europa, la cifra anda en una librería por cada 12 ó 15 mil, gracias —principalmente— al precio único).

Que México sea un país de lectores no debe ser asunto de eslóganes publicitarios sino de Seguridad de Estado: si nuestra juventud no se involucra a fondo en las ideas que se están discutiendo en todo el mundo en cada una de las áreas del conocimiento humano, podemos despedirnos de la idea de que México, algún día, será un país de primera. Y la única manera de aprehender estas ideas con calidad es mediante libros. La televisión, el cine y la radio —aun con las virtudes que sí poseen— simplemente no sirven para eso.

1 comentario:

Said Ricardo dijo...

Es triste, pero muy cierto. Vivimos en un país que no apuesta por una formación competitiva de los recursos humanos con que cuenta. La lectura es una de las actividades que refuerza con mucho la capacidad de la mano de obra de una nación. Sandro, felicidades por el excelente desglose y descripción de un problema que no es nada sencillo...