miércoles, 29 de agosto de 2007

El doble embate de la banalización

Juan Gelman y Marco Antonio Campos
Dos grandes escritores latinoamericanos cuyas obras pueden gozarse por igual en papel o gracias al internet. Saqué esta foto en el festival Poetas del Mundo Latino en Morelia de 2002.


ACTUALMENTE CORREMOS el peligro de llegar a considerar la lectura de libros como una actividad elitista, sólo para intelectuales. Esto se debe a que todavía hace 50 años recurríamos a libros para satisfacer necesidades y deseos que ahora despachamos de otra manera. Y con el paso del tiempo la utilidad inmediata del libro se ha reducido cada vez más. Antes, por ejemplo, las enciclopedias en papel eran imprescindibles. Ahora son imprácticas y torpes en comparación con la consulta en línea, trátese de enciclopedias o el maremagno de información disponible de manera instantánea —y muchas veces gratuita— en el internet.

Como ejemplo, un botón exquisito: el Diccionario panhispánico de dudas. Es ésta la mejor obra de referencia que busca resolver dudas sobre el uso del idioma. Existe en dos formatos: papel y cibernético. Lo publica Santillana en colaboración con la Real Academia Española. Pero también está disponible en línea: http://buscon.rae.es/dpdI/ Y es exactamente la misma obra con la misma utilidad, sólo que gratuita. Lo mismo podríamos decir del diccionario académico (el DRAE), pero diccionarios hay muchos (y, con suerte, tal vez entre todos podríamos armar uno realmente bueno), mientras que este de dudas supera ampliamente al antiguo caballito de batalla de Manuel Seco, que ya era bueno.

Si antes dedicábamos muchas horas a la lectura como diversión, hoy las megaindustrias del entretenimiento, aliadas con las computadoras, ofrecen un alud constante de distracción, desde el chat a la realidad virtual, pasando por los videojuegos, el cine y la televisión entendidas como meros engranes de un enorme mecanismo mercadotécnico.

En los países desarrollados existe la suficiente tradición de lectura para absorber este impacto, pero la cultura entendida como entretenimiento ha transformado radicalmente el carácter de la industria editorial. Los intereses de las hegemonías editoriales de Alemania, España, Reino Unido y Estados Unidos (a veces se trata del mismo monopolio) han reinventado los libros a imagen y semejanza del cine: grandes campañas de promoción, que son costosísimas, para provocar grandes ventas. Y como sucede con las películas, si el libro no es taquillero, se retira del mercado. En otras palabras, libro que no pega en dos semanas —o un mes— es un fracaso. Aunque las editoriales han sobrevivido en el Primer Mundo, la literatura —aclaro: la buena literatura— ha sufrido enormemente en esos países.

Este sistema ha resultado perjudicial para el cine, pero ha sido un crimen de lesa cultura tratándose de libros. Máxime en México, donde no existe la tradición de una gran clase media lectora. Así, sufrimos un embate doble: la lógica de la aplanadora mercadotécnica encima de una base endeble. De ahí el riesgo de que la lectura parezca y se vuelva una actividad de élite, un pasatiempo en vías de extinción. Sólo si redescubrimos, como sociedad, que el libro no es una película o un videojuego, que ofrece mucho más, podremos resistir a este esfuerzo industrial de banalización y enajenación colectivas.

Por otro lado, debemos estar abiertos a que la cultura escrita nos llegue también por otros medios, no sólo en papel, y el medio que empieza a dominar es el electrónico. No habría que temer ni rechazar esta realidad. El internet puede hacer —y está haciendo— mucho bien. Si vuelve la literatura y la cultura en general más accesibles, vamos por buen camino, pero si la red se convirtiera en rehén de los grandes consorcios de entretenimiento, entonces sí tendremos que vestirnos de luto.

2 comentarios:

Said Ricardo dijo...

Muy buenas aseveraciones y reflexión de ideas, desde mi punto de vista, claro está...Lo que me resulta increíble es que no haya ningún comentario para este tipo de artículos en línea de alto valor intelectual...

Sandro Cohen dijo...

Como bien decimos familiarmente, Ricardo: "Ahi la llevamos". Poco a poco. El blog apenas tiene unos meses en el ciberespacio, y no se le facilita a todo el mundo escribir. Pero cada comentario enriquece. Por eso hay que perder el miedo y participar. A mí, por lo menos, me importa mucho saber qué piensan los demás y por qué, qué sienten los demás y por qué. Ahí la llevamos...