miércoles, 1 de agosto de 2007

Alí Chumacero: el arte de juntar palabras

CUANDO UN GRAN POETA cuida cada una de las palabras que encomienda al papel, hay que leerlas con mucho cuidado, degustarlas. Pertenecen a una cosecha rara e irrepetible. Alí Chumacero, a pesar de ser gran conversador, eligió escribir poco. Son tres libros de poesía los que le han dado renombre, y al terminar el tercero en 1956, Palabras en reposo, decidió que con él concluiría esa búsqueda.

Hace cuatro años —parece ayer, lo que denota mi edad—, el 12 de agosto de 2003, Alí Chumacero recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes como reconocimiento no sólo a esos tres libros de poesía —los primeros dos se titulan Páramo de sueños (1944) e Imágenes desterradas (1948), respectivamente—, sino por toda su vida dedicada a la literatura como editor, como “corrector de pruebas”, como él dice con su modestia habitual. Acudieron centenares de personas a la celebración en la Sala Ponce y, posteriormente, en la terraza que da sobre el Eje Central. Muchos eran escritores que mostraban su gratitud hacia un hombre que siempre apostó por la palabra bien pensada, bien dicha y bien escrita. Alí es, como todo gran maestro, el buen árbol al cual todos queremos arrimarnos para que su sombra nos cobije sin que esto signifique opacamiento. Ésta es la diferencia entre el maestro y el cacique. Alí, como Rubén Bonifaz Nuño, es maestro.

Hubo en ese momento amplia cobertura en la prensa, pero los periódicos no reprodujeron el breve discurso que Chumacero pronunció, el cual es una joya que debiera leer todo aquel que aspire a ser escritor. Incluyo ese texto, en su totalidad, al final de esta breve reflexión.

En el cuarto párrafo, escuchamos las siguientes palabras: “Escribir poesía no es arar en el mar. Porque la poesía conforta, libera y enriquece, en un recinto superior, nuestras posibilidades de existencia. Y también porque revela, descubre, colma de gracia el vacío, es símbolo y al mismo tiempo crea una relación que establece vínculos singulares entre el hombre y el espacio que lo rodea […]. Cuando el poeta, a solas, toma la pluma y dibuja en palabras su emoción, opone un dique al transcurrir del tiempo y lo torna en un río que regresa constantemente a su principio. Como la estatua asentada en la quietud, la poesía desvanece la amenaza de lo efímero, el riesgo de la desaparición […]”.

Agradezco, maestro, esta declaración de fe en el arte de juntar palabras, en aquello que a veces llamamos poesía.

Palabras del maestro Alí Chumacero tras ser galardonado con la Medalla de Oro de Bellas Artes

Ciudad de México, 12 de agosto de 2003

Antes que nada, manifiesto mi gratitud por este reconocimiento que hoy se otorga, a través de mi humilde persona, a un oficio al que he dedicado los mejores momentos de mi vida. Se reconoce así una actitud nunca desvirtuada y una vocación cuyo entusiasmo intenta darse la mano con el acierto, en que la pasión por lo imprevisto procura transformarse en formas bellas y donde el amor por la lengua castellana aspira a expresarse en páginas que pretenden perdurar.

Aun aquellos que hemos dedicado nuestro ánimo a celebrar debidamente la claridad de la vida y, a la vez, intentamos adiestrarnos en el misterio de la poesía permanecemos asombrados, equidistantes de la razón y la imaginación, pero seguros de haber elegido el quehacer que mejor se aviene con nuestra idea de concordia entre vida y poesía.

Desde la juventud, la magia de las sílabas contadas se insinúa, nos sigue, nos acosa. Es la indefinible acompañante que empieza a nuestro lado, cada vez más cerca, poco a poco más íntima, hasta sumarse finalmente a lo que somos, o lo que ambicionamos llegar a ser. En esa estricta amistad, el poeta es sólo un hombre que aprovecha la multitud de experiencias compartidas con sus contemporáneos y las apresa en sonidos que habrán de convertirse —en la conciencia de los demás— en una revelación grata al universo emocional del sentimiento. Hemos de considerar entonces que la poesía es una proyección del espíritu y una confrontación con la realidad. Resulta claro advertir que por encima de la palabra, o al menos dentro de su ámbito, se asienta nuestra condición humana.

Escribir poesía no es arar en el mar. Porque la poesía conforta, libera y enriquece, en un recinto superior, nuestras posibilidades de existencia. Y también porque revela, descubre, colma de gracia el vacío, es símbolo y al mismo tiempo crea una relación que establece vínculos singulares entre el hombre y el espacio que lo rodea. Traducir lo que presienten los sentidos, mirar hacia adentro, más allá de las superficies, conocer el trasfondo de los objetos, son cualidades de quien escribe poesía. Cuando el poeta, a solas, toma la pluma y dibuja en palabras su emoción, opone un dique al transcurrir del tiempo y lo torna en un río que regresa constantemente a su principio. Como la estatua asentada en la quietud, la poesía desvanece la amenaza de lo efímero, el riesgo de la desaparición, pues lo cotidiano —lo contiguo, lo que se halla cerca de nosotros, a la mano— fluye a su través transformado en una realidad existente. El poema refleja esos instantes, alegres o melancólicos, que conforman aspectos de nosotros mismos, que son piedras de nuestro edificio, que intensifican el caos de nuestros sentimientos y esclarecen nuestras miserias y nuestras cualidades.

Es todo lo que deseo expresar. Termino esta acción de gracias confesando que me siento halagado con tanta demostración de afecto proveniente de amigos míos que conocen el valor de la palabra, y manifiesto mi gratitud a todos ustedes, asistentes a este acto, que heroicamente se animaron a compartir conmigo estos, para mí, inolvidables momentos.

La generosidad de los primeros y la paciencia de los segundos me colman de alegría y me convencen de que no todo ha sido inútil, ya que en algunos espíritus afines los desvelos del escritor han encontrado el eco que buscaban.

Alí Chumacero

2 comentarios:

LoboPeuta dijo...

José Gorostiza (1901-1973), insigne Poeta Mexicano, escribió dijo que el hombre [la mujer] común “necesita de la poesía, que sople sobre su vida y la embellezca: que la salve de los tremendos infortunios que la amenazan y la haga digna de ser llevada con orgullo sobre los hombros”.

Sandra dijo...

Me gusta la poesía, la que entiendo, la que está más cerca de mí, de lo que soy, de lo que he sido y de lo que podría ser... No entiendo aquella que, en su rebusque de palabras y metáforas, cae en el vacío de mi frivolidad y de mi olvido.
Nunca he leído a Alí Chumacero, y creo que ya es hora de hacerlo. Gracias Cohen por tener este espacio en el que día a día escribes.