lunes, 20 de agosto de 2007

En Culiacán, las aguas mojan

Culiacán desde el Hotel San Marcos (ya se perfilaban las nubes)

DONDE VEAS buena pierna, mucha nalga y poca chichi, no lo dudes: es culichi.

—¿A poco dicen así los de acá? ¿No les parece vulgar o, cuando menos, ofensivo?

—¡Pero para nada! —se rio mi virgilia sinaloense, Lizbeth Pérez, de Lizbeth Pérez y Asociados, especialista en relaciones públicas.

Llegué a Culiacán el sábado alrededor de las 16:30, hora del Pacífico. El cielo estaba nublado. Traía mi cámara, mi computadora portátil y una maleta pequeña de las que se arrastran sobre ruedas. La buena fortuna quiso que dejara yo todo eso en el hotel San Marcos de la Avenida Obregón antes que doña Lizbeth me llevara a conocer las maravillas de Culiacán, casi todas las cuales se encuentran —extrañamente— fuera de Culiacán.

—¿Pero no te parece maravilloso ese cerro? ¡Míralo! Todo verde… Me encanta venir por acá cuando llueve o cuando me siento triste. Agarro mis cositas, un libro y me voy a las aguas termales de Imala.

No lo dudo. Todo dentro de Culiacán está a tres minutos. Uno difícilmente tarda más en trasladarse de un lugar a otro. Tal vez se conviertan en seis o nueve, según le toque a uno la luz de los semáforos, pero digamos que en términos generales, entre puntos A y B no media más de unos 180 segundos: tres minutos. Pero fuera de Culiacán, los tiempos son otros, y las distancias también. Es cierto: todo es verdor, calor, humedad. La tierra es fértil y la gente sonríe.

Serían las 17:30 cuando tomamos la carretera hacia Quién Sabe Dónde. En un punto —cualquier punto entre centenares de campos de cultivo, manadas de vacas y büeyes—, Lizbeth dio vuelta en U y emprendió el camino de regreso hacia la ciudad porque amenazaban unas nubes que, francamente, me parecían en extremo estéticas, como si fueran pinturas. No recuerdo el nombre del pueblo, pero era como cinco minutos después de otro que se llamaba Arroyo de Agua. Fue ahí donde me di cuenta del cariño muy especial que algunos sinaloenses sienten por los pleonasmos. Pero el nombre no sólo era tautológico: también encerraba una profecía.

Unos 10 minutos antes de llegar a Culiacán propia, ya no se distinguían nubes porque el cielo se había vuelto enteramente gris… oscuro. Empezaron a caer las primeras gotas, y luego vinieron las demás en tropel. Estábamos en medio de una tromba. Íbamos por el malecón, a un lado del río Tamazula, cuando parecía que no podía caer lluvia más fuerte. Teníamos que pasar por debajo de un puente, un paso a desnivel. El agua apenas llegaba a la orilla de las aceras. Pasó un Volkswagen sin problema.

—¿Qué hacemos…? —se escuchó nerviosismo en la voz de Lizbeth.

—Pásale nomás, pero rapidito —sugerí al ver que el bochito había salido ileso. Mi virgilia, sin embargo, titubeó durante cosa de dos o tres segundos para luego reemprender la marcha. Casi habíamos llegado al punto más bajo cuando vi que descendía, por los cuatro puntos cardinales, una especie de alud de agua, un maremoto urbano provocado por la extraña orografía de cemento que da lugar a los pasos a desnivel. En menos de cinco segundos el agua ya había cubierto media portezuela.

—¡Bájate, bájate! —me gritaba, más que un poco histérica, Lizbeth. Con calma (pues no sabía qué más podía hacer en vista de que mi virgilia ya había abierto su portezuela, el coche se estaba inundando y el agua rebasaba la palanca de velocidades), tomé el estuche donde guardo mi cámara digital, me aseguré de traer correctamente asegurados al cinto mi iPod y teléfono celular y abrí mi portezuela. Sentí una especie de alivio cuando vi entrar el remolino de agua que apenas llegó a cubrir el asiento: no nos íbamos a ahogar.

De todas formas, yo ya estaba fuera, donde el agua me llegaba a dos centímetros del iPod, es decir, a un metro de altura, aproximadamente. Empezamos a empujar el auto hacia el otro lado, lo cual era más o menos fácil porque flotaba, hasta que volvió a tocar tierra en la subida. En algún momento, no sé de dónde, salió un señor y empezó a ayudarnos a empujar. Luego fueron dos, y después tres… y eran policías. Todos, amablemente, ayudaron a que el vehículo llegara a buen puerto debajo de la casa de un narco famosísimo. Éste nunca llegó a terminar su residencia —está la pura obra negra— porque antes le cayó el chahuistle. Ha de soñar con ella desde la cárcel.

Ya pasaban de las 19 horas. Empezaba a oscurecer y la lluvia cejaba sólo por momentos. No éramos los únicos varados en tierra firme: otros seguían debajo del puente y ya más de un metro de aguas que, por fortuna, no eran negras sino apenas chocolatosas y no olían mal. Más bien no olían a nada y, ahora que lo pienso, fue ésta la mayor fortuna de la tarde.

Los policías que tan amablemente nos habían ayudado a orillar (a la orilla) el automóvil, fueron igual de ineptos para conseguirnos una grúa o, siquiera, para llamar un taxi. Lizbeth, en su prisa por abandonar la nave, había dejado su celular a un lado del asiento, donde suelen colocarse latas de refresco. Se había ahogado. También los libros que tenía en el asiento trasero, incluyendo el que acababa de comprar, Abril rojo de Santiago Roncagliolo, el cual había ganado el premio Alfaguara de 2006. Pero de manera inmediata lo que resultaba preocupante era que Lizbeth había descubierto que de memoria no se sabía ni un solo número telefónico de ninguna de sus amistades: todos habían sido celosamente guardados en su celular, y su celular estaba muerto.

—No te preocupes. Me pongo acá y paro el primer taxi que pase por la lateral.

—¡Se ve que eres optimista! Aquí no puedes parar un taxi: tienes que hablarles por teléfono.

—Pues dime a qué número marco, con todo y lada porque el mío es del Defe.

Lizbeth me miró de manera muy seria.

—No me sé el número. Yo nunca tomo taxis. Por eso tengo coche…

A las quinientas recordó el número telefónico de Quién Sabe Quién y le hablamos desde mi celular, al cual —milagrosamente— no le habían caído más que unas cuantas gotas. Pero salió junto con pegado porque nunca llegó la grúa a la que iban a llamar, tampoco el taxi que pidieron cuando había fallado la grúa. (Descubriríamos después que decenas de coches habían quedado varados. No sé cuántas grúas —de remolque— haya en Culiacán). Ya eran casi las nueve de la noche cuando pasó un taxi vacío. Entre gritos y chiflidos logramos pararlo (“¿Ya ves por qué soy optimista?”) y nos llevó, totalmente empapados (de agua), a casa de Lizbeth (sólo estaba a tres minutos), de donde habló a la compañía aseguradora de automóviles.

La fortuna no sólo nos había sonreído al evitarnos la pestilencia de las aguas negras sino porque el coche que había quedado inservible no pertenecía a Lizbeth Pérez —de Lizbeth Pérez y Asociados— sino al gobierno del estado Sinaloa, la entidad federativa que tuvo a bien pedirme que diera un curso de redacción a sus secretarios y subsecretarios. El corolario de esa buena suerte radicaba en que el automóvil de Lizbeth estaba sano y salvo, y con él me llevó al hotel donde pude bañarme y cambiarme de ropa.

Yo ya tenía muchas ganas de dormir (en realidad, de seguir leyendo Harry Potter and the Deathly Hallows), pero la sola idea de estar tan cómodo mientras mi virgilia volvía al escenario de la inundación a esperar a que aparecieran los de la aseguradora, a quién sabe qué horas, me llenaba de culpa, y yo soy un tipo culposo. Después de todo, el desgarriate se debía a mí, a que Lizbeth quería enseñarme a mí la ciudad y sus alrededores. La culpa no pertenecía a nadie más. Y por si esto no hubiera sido suficiente, fui yo quien le dijo que siguiera adelante, “pero rapidito”…

En fin, ya era la una de la mañana cuando llegó el ajustador. Media hora después la grúa hizo su aparición. Cuando por fin pude colocar mi cabeza sobre la almohada, pasaban de las dos de la mañana, que para mí eran las tres (por el cambio de horario). No importaba. Ya tenía ganas de correr al otro día, domingo, en el Jardín Botánico… (Continuará).

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bien profesor por su aventura acuática, pero cuídese, aunque le guste provocar a los elementos. Y no desacate la regla dantesca de no contradecir al guía supremo: el iniciado no da órdenes. Además acuérdese que tiene que estar sano y salvo para leer mi trabajo (sobre "El corazón de la espiral"), no sea que se le vaya a ahogar o quemar. Hasta pronto.

Silvia dijo...

Sandro,
ahora s� que la manera como platicas tu an�cdota me ha hecho re�r un mont�n, sin minimizar el mal rato que han de haber pasado; estas experiencias "intempestivas" le dan flu�dez a la vivencia y hacen que lugares visualmente �ridos - a decir por la fotograf�a que env�as -queden impregnados en la parte l�dica de la memoria.
�Te deseo buen camino!
Silvia Litman.

Sandra dijo...

Siempre me ha producido leer con gran pasión esas letras suyas, anéctotas a bien contar de un buen narrador.

Jenny Monroy (ex alumna) dijo...

¡Pero que aventura! Lo bueno fue que sólo salieron empapados.
Me da mucho gusto que las oficinas estatales se preocupen por escribir correctamente; no así en otras instituciones como el IMSS, donde mi novio trabaja. Él compró su libro –ya que no tiene tiempo para tomar el curso–. Ojalá le surgiera una oportunidad para impartir cursos de redacción ahí… mire que buena falta les hace. Más que a mí. ¡Imagínese!