jueves, 17 de mayo de 2007

Lo que el paro deparó

Mientras escribo esto, estoy embotellado en la esquina de Presas Cointzio y Angostura, colonia Irrigación, Ciudad de México. Son las 7:43 horas y debería estar dando clase en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Azcapotzalco, donde imparto cátedra desde el 20 de enero de 1980. Pero al llegar a la puerta de la UAM en Avenida San Pablo 180, la reja estaba cerrada y un par de jóvenes colgaba la emblemática bandera rojinegra de incontables y heroicas huelgas que se han llevado a cabo a lo largo de más de tres décadas. Por desgracia y disposición oficial, nunca se ha ganado gran cosa para la causa de profesores, empleados varios, estudiantes, proletariado ni nada que yo pueda percibir salvo descuentos draconianos y agresivamente empobrecedores. Eso sí: el derecho de pataleo, nadie nos lo quita.

Paros aparte —y me solidarizo con el sindicalismo independiente, inteligente y creativo en su búsqueda de mejorar la suerte de los trabajadores, si es que esto existe en México—, la interrupción laboral de hoy ha sido una gran oportunidad de gozar la ciudad desde otra perspectiva, embotellado en tráfico que no suelo ver por estar iluminando a jóvenes de 18 y 19 años en todo lo que atañe a las delicias de las oraciones coordinadas y subordinadas.

Qué hermosa panorámica de automóviles metiéndose en sentido contrario, por la rampa de salida, a la vía rápida conocida como Aquiles Serdán. Esta imagen fue más que suficiente para justificar el paro de labores en la universidad. Imagínese usted: miles de coches se dirigen hacia el centro de la ciudad por Aquiles Serdán. Alguno emprende la salida hacia la lateral porque ahí vive o trabaja. Al mismo tiempo, varios coches, incluyendo los taxis colectivos que cariñosamente llamamos peseras, vienen entrando en reversa por la salida; otros, no menos intrépidos, se brincan la barrera de concreto que separa la lateral de la vía rápida. Enfrenones, claxonazos… Emoción suficiente para amenizar cualquier mañana en esta urbe tan vital y llena de sorpresas. Y si no hubiera sido por el paro, jamás lo habría presenciado. Me considero un tío con suerte.

Con mi laptop abierto en la butaca del copiloto, he llegado a Polanco porque decidí hacer algo de súper, aprovechando mis horas de asueto (el paro es de 12 horas: de las siete de la mañana a las siete de la noche, suficiente para echar a perder cualquier plan docente, y hoy tocaba Teoría de la Novela en mi curso de Metodología de la Lectura). En general me choca ir al súper, pero si el destino me pone en estas calles de Dios a estas deshoras, es preciso navegar… por los pasillos del Superama, y quién sabe de qué otros oscuros laberintos. Pero sólo de pensar que me esperan Bach y Mozart y Haydn y Debussy y Beethoven en el Centro Histórico —y una novela de William Styron—, me emociono sobremanera. Que el tráfico me agarre confesado.

Mientras tanto, el grupo Wal-Mart (al cual pertenece Superama, y que trata bastante mal a sus empleados, según todo lo que he leído en el New Yorker y el New York Times) agradece profundamente al Sindicato de Trabajores de la Universidad Autónoma Metropolitana esta oportunidad de que yo vuelva más profundos los bolsillos de los herederos de Sam Walton. También lo agradecemos mi Steinway vertical, modelo E de 1901, y yo. En cuanto salga de este trafico, podré tocar el piano y leer todo lo que quiera.

3 comentarios:

Jesus Wong dijo...

Que fresas esos escritores que se ponen a blogear en pleno congestionamiento.

Un abrazo con mucho cariño mi estimado Sandro.

Sandro Cohen dijo...

¡Don Jesús! ¡Qué gusto! No veo tu dirección electrónica. Después de tantos años, has de haber cambiado unos 20 mil veces.

Murciélaga dijo...

"Un Steinway"...
Tan clásico, tan exclusivo.
Bueno, es que de hecho, creo yo es la fortaleza de "Steinway & Sons"; lo artístico, lo artesanal. Y hasta se me figura un algo que quiere ser como aquél llamado "violín Rojo"...

Así que pienso yo; pues si uno está en el tráfico; ¿Qué más podría hacer un escritor:sino escribir?