lunes, 21 de mayo de 2007

¡Libros, no! ¡Sólo cosas de valor!

El gobierno federal, a lo largo de los últimos años, ha gastado millones de pesos en diversos programas diseñados ostensiblemente para que México se vuelva “un país de lectores”. Está por verse si estos programas realmente están creándolos o si han servido más bien para enriquecer aún más a algunas casas editoriales extranjeras que han recolonizado muy bien sus antiguas posesiones de ultramar.

Cuando estuvo en la mano de Vicente Fox hacer algo que realmente pudiera estimular la lectura de los habitantes de esta nación —firmar la Ley del Libro y Fomento a la Lectura—, decidió que debía vetarlo porque, según sus asesores, atentaba contra la libre competencia de mercado. En este momento, no volveré a discutir las mentiras y la increíble mala leche que hubo detrás de esta decisión.

En el fondo es un problema de valores. Hay quienes suelen proclamar, de dientes para fuera por supuesto, que ellos salvaguardan los más sagrados de la patria. Pero para muchos de ellos, se trata —más que nada— de prohibir a las mujeres que gocen de libertad reproductiva y de controlar férreamente la información que pueda llegar a sus hijos. Esta derecha recalcitrante nos ha llevado a una posición nada envidiable entre las naciones. En los sucesivos estudios que realizan diversas organizaciones internacionales, solemos oscilar entre los últimos lugares en lectura. Las consecuencias son evidentes para quienes nos dedicamos a la enseñanza: a los niños y jóvenes no sólo les cuesta trabajo leer sino que muchas veces no entienden lo que leen; un alto porcentaje no puede siquiera sintetizar un artículo, ni mucho menos está en la posibilidad de redactar ideas propias acerca del mismo.

Nos estamos quedando atrás de la manera más trágica. ¿Cómo podremos innovar si somos tan ignorantes? ¿Cómo dejaremos de ser los peones de la Hacienda Global si nuestros capataces insisten en que los libros, y las maravillas que encierran, permanezcan fuera del radar psicológico del mexicano. En la vastísima mayoría de nuestros hogares, los libros no existen. Casi todos tienen un televisor a color, radio y tocadiscos, pero un librero dedicado a lo mejor de la literatura mexicana, latinoamericana y mundial brilla por su ausencia. Y menos hay tomos de ensayo, historia, pensamiento filosófico o científico. “¡Qué es eso!”, exclamarían más de tres. Pero es ahí donde encontramos los verdaderos valores de la humanidad. Y nosotros, como nación, ni enterados…

Una amiga me escribió indignada: “Llegué a un valet-parking y tardaron horas revisando el coche; dibujaron cada defecto y me preguntaron: ‘¿Señorita, deja algo de valor en el auto?’. Les dije: ‘Sí. Tres libros’. El señor me contestó riéndose: Ah, libros. Eso no importa. Sólo apuntamos cosas de valor’ ”.

Donde los libros carecen de valor, donde no interesan ni siquiera a los ladrones, la inteligencia está concentrada en unos cuantos, y éstos podrán seguir haciendo lo que les venga en gana porque ellos sí están enterados, porque ellos sí leen.

5 comentarios:

Ya aburre siempre lo mismo dijo...

Dices: "Está por verse si estos programas realmente están creándolos o si han servido más bien para enriquecer aún más a algunas casas editoriales extranjeras que han recolonizado muy bien sus antiguas posesiones de ultramar", y sí, el gobierno ha creado los programas, pero lops ciudadanos no leen ni las recetas de cocina. De todo se le echa la culpa al gobierno sain pensar que los mexicanos traemos la flojera para leer encima.

En el valet-parking haqblaban de valor económico, obviamente, no hay que dasrle metáforas adonde no las hay.

Hay que promover la lectura, sin estar criticando siempre y todo.

El Lobo dijo...

Que pasó, Sanx:

Aunque aborrezco el uso de la violencia, es de agradecer que no hayas incluido el nombre del estacionamiento en donde ocurrió el incidente: me hubiera lanzado a darles de patasas a los Vale´s parkin´s.

Definitivamente, es necesario el fomento a la lectura a través de crear condiciones idóneas para que abran más liberías, pero no sólo eso. Por desgracia, los medios mexicanos promueven una imágen de los libros -y por consiguiente, de las personas que leen-, que desalienta mucho a quien tiene curiosidad por la literatura: el del libro bajo el brazo siempre es el nerdcito, el baboso de gafitas que nunca ha pasado más allá de una biblioteca. Te parecerá exagerado, pero dicho estereotípo tiene un impacto muy grande sobre todo en la gente joven.
Esto me parece muy lógico, pues ¿Acaso Azcarraga Jean y Salinas Pliego tendrán interés en que el mexicano promedio piense en algo más que el panbol y las novelas? No lo creo.

Saludos.

Murciélaga dijo...

Yo opino que es una cuestión de preferencias en la demanda. (¿Cultural les suena familiar?)
Es decir: si en las preferencias de los demandantes no incluye el "leer" y consumir "libros" es por eso que la oferta también está "desincentivada".

Ahora bien, si hablamos de problemas públicos como los servicios educativos; queda muy claro que el gobierno no da los incentivos correctos en las escuelas (sobretodo en los niveles más bajos de educación) o por lo menos los alcanzables para la mayor parte de los mexicanos. Y pues en cuanto al gasto público y políticas, también se deben considerar el cortoplazismo de la mayor parte de los políticos; porque al parecer es lo que motiva al pueblo y hace quedar bien.
El Gobierno da, lo que el pueblo exige.

Se dice por ahí que la "información es poder"
De modo, pues, que con una población pasiva no sé que vamos a hacer.

Saludos para Sandro Cohen.

Anónimo dijo...

"Si la Historia tuviera una finalidad, qué lamentable sería el destino de quienes no hemos hecho nada en la vida. Pero en medio del absurdo general nos alzamos triunfadores, piltrafas ineficaces, canallas orgullosos de haber tenido razón".
Emir Michel Ciorán

Felicidades por su blog, maestro. Y recuerde estas otras palabras de Ciorán: "No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien".
Saludos anónimos desde Gibraltar

Ángel dijo...

Quien le haya dejado ese comentario anónimo, seguro que está citando a un autor que escribe muy al estilo de Emile Michel Ciorán...
¡Emir...!
Esa mala costumbre de copiar y pegar, copiar y pegar...
Saludos, maestro.