domingo, 6 de mayo de 2007

20 mil desnudos en la plancha del Zócalo

A las cuatro de la mañana saqué mis perros, Propercio y Matilda, a pasear por la calle de Regina en el Centro Histórico, donde tengo mi estudio. Usualmente, a esas horas no hay un alma en centenares de metros a la redonda. Pero el domingo pasado eso ya era un hervidero de gente que se había levantado tempranísimo para cumplir el mismo propósito que yo: participar en un acto realmente extraordinario, una instalacion masiva de cuerpos humanos de Spencer Tunick.

A las 4:10 emprendí el viaje al Zócalo, con mi papel de registro en mano y una bolsa de plástico donde metería mi ropa después del encueramiento universal. Muy pronto, sin embargo, todos cuantos nos dirigíamos allá nos dimos cuenta de que los números habían rebasado a los organizadores. Por alguna razón, muchos automovilistas habían logrado romper el cerco (¿siquiera se armó el cerco que habían anunciado?) y competían con la gente a pie. Ya a esas horas no había dónde estacionarse ni adónde ir. En Isabel la Católica y Venustiano apenas se podía caminar. Había filas para acá y filas para allá, y nadie sabía bien a bien adónde iban ni cómo; serpenteaban, daban la vuelta a la esquina y todo el mundo estaba un poco desconcertado, pero a pesar de la ausencia de indicaciones de parte de los organizadores, no hubo incidentes.

Por fin, como a las 5:30, las cosas empezaron a moverse y pudimos entrar por una casita (una especie de arco en forma de techo a dos aguas) y pudimos entrar en el Zócalo. Cuando llegué, ya había miles de personas sentadas frente al Hotel Majestic. Los que seguíamos entrando, ocupamos nuestros lugar. El vasto Zócalo, detrás de nosotros, sin iluminación, estaba vacío. Había que esperar...

La gente estaba de buen humor. Iban y venían las goyas. Se platicaba acerca de cómo iba a ser la instalación. Por fin apareció Spencer Tunick y empezó a explicarnos cómo serían los movimientos. Varias veces nos dijo que nos quitaríamos la ropa, pero not now: when I say so... Al parecer, temía que todos, espontáneamente, quedáramos en pelotas. No hubo tal atrevimiento, pero cuando el fotógrafo dio la orden, ni tardos ni perezosos, todos quedamos perfectamente encuerados: sin calzones, sin zapatos, sin anteojos, sin relojes, sin joyas. Nada. Como Dios nos trajo al mundo.

Nos dijo que cada uno debía ocupar un cuadrito de la plancha del zócalo, y nos expandimos cual gas sobre el piso. Tardamos todavía un rato para llenar los espacios en blanco y equilibrar la masa de humanidad, pero todos estábamos muy entusiasmados, como dentro de un sueño, algo que nadie jamás había vivido. Ya empezaba a clarear.

Hicimos tres poses. Las primeras dos fueron fáciles: parados viendo hacia el Hotel Majestic y acostados con la cabeza hacia el asta bandera en medio. Seguramente que en la foto se verá algo así como un sol. La tercera pose fue más difícil: arrodillados, lo más apretados contra el piso posible, con la cabeza sobre el pavimento. A mí me dolieron mucho las rodillas contra la piedra, pero valió la pena.

Después debíamos dirigirnos todos a la calle 20 de Noviembre donde hicimos varias poses sencillas: los brazos extendidos hacia arriba, con el dedo índice extendido, brazo izquierdo, brazo derecho, izquierdo con mano en forma de puño...

A estas alturas, empecé a reflexionar en lo que sucedía, nada fácil cuando uno está en medio de una conglomeración de ese tamaño y en esas condiciones. A pesar de ser miles de seres humanos adultos desnudos, el ambiente no estaba cargado de sexualidad ni hubo insinuaciones ni comentarios fuera de tono o simplemente desagradables. Se parecía más al ambiente que hay antes de una carrera atlética de 10 kilómetros: festejo general. La gran diferencia estaba en que no íbamos a correr sino simplemente a convivir para las fotografías.

Había parejas de novios heterosexuales, matrimonios; parejas homosexuales, hombres y mujeres; había grupos de mujeres que habían llegado juntas y otros grupos mixtos de amigos de la universidad e incluso del trabajo; hubo quienes llegaron solos, tanto hombres como mujeres, y se sintieron como parte de un todo mayor, que existe en otro nivel, como yo jamás lo había vivido o sentido. Todos se divertían, conversaban, hacían sus observaciones... Pero es importante reiterarlo: la atmósfera no se sentía sexual sino humana. Celebrábamos nuestra desnuda, infinita y hermosa humanidad en todas sus formas, y nadie se sintió feo ni discriminado ni fuera de lugar. Para mí, éste fue el gran logro de la instalación de Tunick, mucho más allá del valor estético de las fotos que aún no hemos visto, y que todavía no veremos durante varios meses.

Después de las últimas tomas de 20 de Noviembre, nos volvimos a dirigir al Zócalo. Anunciaron que las mujeres se separarían de los hombres para que Tunick sacara unas placas sólo de ellas. Aquí empezaron los problemas. Muchas mujeres, al estar repentinamente lejos de sus acompañantes, se sintieron vulernables y se preocuparon por la posible pérdida de su ropa. Por desgracia, los organizadores no previeron esto ni supieron cómo tranquilizar a las mujeres que no pudieron estar quietas mucho tiempo; algunas empezaron a separarse en grupos en busca de sus novios, esposos, acompañanates, o simplemente para recuperar su ropa antes que se perdiera. Y, en efecto, no hubo ningún resguardo y a algunas mujeres sí se les extraviaron sus prendas: gente generosa les regaló lo que les sobraba para que pudieran irse a casa.

Por si esto no hubiera sido suficiente, algunos imbéciles --no sé de qué otra manera llamarlos--, ya vestidos, se acercaron a las mujeres y les dijeron cosas feas, los clásicos piropos de albañil. Vaya paradoja: mientras todos estuvimos juntos y desnudos, hombres y mujeres, no hubo absolutamente ningún problema: éramos uno. Pero en el momento de separar a los sexos, algunos volvieron a asumir sus tristes papeles de género (masculino) y no pudieron reprimirse. Es una lástima. Pero, después de todo, somos humanos y esto comprueba que aún somos perfectibles en muchos sentidos.

Estando dentro de la muchedumbre, me resultó difícil imaginar la vertiente estética de la experiencia, pero viendo a las mujeres de lejos, no me costó ningún trabajo apreciar la belleza del grupo de mujeres: por reducido que haya quedado, no podía haber menos de tres o cuatro mil todavía. Hombres y mujeres juntos producen un efecto insólito por la disparidad de sus formas: los hombres anchos en los hombros, más angostos en la cadera, piernas largas, en general; las mujeres curvas en las caderas y el torso, con sus pechos curvos de todos los tamaños y colores. Pero cuando estaban juntas las mujeres únicamente, se producía otro efecto, una especie de armonía ondulatoria difícil de explicar; algo realmente hermoso.

Respecto de los cuerpos desnudos en sí, desde luego que nunca había visto tantos al mismo tiempo (ni esparcidos a lo largo de mi vida; ni me habrían alcanzado 200 vidas para ver tantos). Y menos había visto hombres y mujeres desnudos juntos; cuando mucho, unos 20 hombres en el área de regaderas de un club deportivo. Francamente me regocijó la variedad: flacos, gordos, chaparros, altos; circuncidados, sin circuncisión; en las mujeres pechos grandes, pechos pequeños y pechos medianos; areolas de todos los tamaños y matices desde el marrón oscuro hasta el rosado claro; mucho y poco vello púbico en hombres y mujeres; menos tatuajes de los que me había imaginado... Hubo, en realidad, pocos cuerpos apegados a la estricta estética de Hollywood, y eso me dio mucho gusto porque la belleza humana no está allí sino en el espíritu que todos compartimos durante un par de horas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Espero se encuentre bien, usted fue mi maestro en primer trimestre en la UAM, su clase era amena y algo que le daba un buen sabor era cuando leia los perfiles que cada alumno se habia hecho de si mismo...Por cierto hay algunos alumnos que cometen fraude cuando usted pedia las reseñas de libros, pero que se le hace, en esta vida todo se paga... cada semana sigo su columna en milenio diario y su articulo sobre los desnudos me hizo recordar el centro historico, o histerico como tambien le llaman, en el centro historico trabaje 12 años y disfrutaba demasiado pasear por sus calles, le recomiendo el "pasaje Iturbide", aunque me imagino ya lo conoce....saludos...

Anónimo dijo...

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Sandra dijo...

Sandra López
Excelente crónica respecto al desnudo masivo en el Zócalo. He de confesar que me conmocionó un poco el que haya participado de manera activa en dicho acto y no sólo como simple espectador. Por curiosidad, ¿es autor de "Corredor nocturno"?

Sandro Cohen dijo...

En efecto... Escribí ese libro. SC