jueves, 22 de noviembre de 2007

Músicos y escritores: los nombres son lo de menos

Franz Peter Schubert (1797-1828)
crédito: pianored.com

Los escritores somos transparentes. Por mucho que nos disfracemos, que inventemos personajes del sexo opuesto, mayores o menores que nosotros, locos, genios o personas con serias deficiencias mentales…, siempre estamos presentes en ellos. Nos resulta difícil evitar los giros o guiños autobiográficos. Al contrario: quien no aprovecha su propia vida como trampolín para la imaginación, se priva de su fuente más rica, y la vida de uno incluye todo lo que ve, lee y escucha. En el caso de los poetas, casi no hay disfraces, pues la poesía contemporánea se ha convertido en el último reducto del yo exacerbado. Esto no es malo en un mundo que busca imponer una aplanadora de individualidades y culturas.

Pero aquí hay una paradoja de que se habla poco. A pesar de que los músicos no pueden darse el lujo de incluir pasajes autobiográficos o crear personajes que reflejen o contrasten con su propia persona, sus composiciones suelen ser inmediatamente identificables. Es decir, si hemos escuchado con atención unas cuantas obras de un compositor, al toparnos con otra que es nueva para nosotros —sin saber de qué se trata—, lo más seguro es que podamos reconocer su autoría.

Claro que hay elementos para hacerlo: la época suele imponer ciertos estilos e instrumentaciones, y eso elimina a un montón de compositores. Asimismo, hay estilos nacionales. En un sentido muy amplio y poco estricto, la música francesa del siglo XIX suena diferente de la rusa, la italiana la inglesa o la alemana. También nos acostumbramos a que algunos compositores utilicen ciertas armonías y no otras, etcétera. Esto desemboca en un estilo que, en el caso de los grandes, suele ser inconfundible: esa combustión totalizadora de sonido. ¿Quién va a pensar que un cuarteto de Beethoven es de Brahms? Eso sí: el Beethoven joven a veces puede confundirse con Haydn, porque aquél aún no había llegado a desarrollar plenamente su estilo propio. Y hay momentos en que Schubert parece un Beethoven más mellow, pero si escuchamos con atención, nos damos cuenta de que Schubert posee una manera muy particular de armar sus armonías. Es una verdadera lástima que haya muerto tan joven. Estos ejemplos, todos, provienen únicamente del siglo XIX alemán. Es muchísimo más fácil distinguir entre obras de siglos distintos.

No deja de ser un ejercicio retador. Lo hago cuando prendo la radio y alguna pieza desconocida (para mí) ya está algo adelantada. Trato, primero, de identificar el siglo y el estilo: medieval, renacentista, barroco, clásico, romántico, moderno, contemporáneo; de los siglos XV al XX (el XXI todavía se me escapa). Para esto ayuda reconocer los instrumentos; algunos dejaron de usarse hace tiempo, como la viola da gamba o el clave. También hay estilos de orquestación que cayeron en desuso en épocas muy bien definidas. El bajo continuo, por ejemplo, es una técnica muy cara al barroco pero no a la época clásica o romántica. Si la orquesta es muy grande (esto se oye), casi podemos estar seguros de que se trata de una obra románatica o, tal vez, moderna. Si es atonal, es del siglo XX. Si es electrónica o aleatoria, lo más seguro es que sea del XX o incluso del XXI. Pero hay que tener mucho cuidado: vivimos tiempos eclécticos cuando los compositores emplean recursos muy diversos, desde los que se emplearon en la Edad Media hasta las tecnologías de vanguardia, como sintetizadores y sampleos. Y luego hay que identificar estilos, armonías, ritmos… Lo más revelador sucede cuando confundimos un compositor con otro, o cuando juramos que tal pieza tenía que ser de Beethoven, y descubrimos que se trataba de un célebre desconocido. ¿Esto qué nos dice del capricho de la fama…?

Con la literatura el proceso es mucho más difícil. Si me dan un cuento —nuevo para mí— de un autor que he leído previamente y me preguntan quién lo escribió, jamás podría estar seguro. Primero tendría que buscar pistas regionales y lenguaje de época para reducir el campo de posibilidades; luego buscaría giros, tics o manías propios de ciertos autores: una manera de adjetivar, de construir diálogos, de evocar ambientes. Tal vez le atine, pero en música las probabilidades son mucho mayores. Será porque, sin palabras —sin ideas expresadas verbalmente—, ponemos mucho más atención en el tejido mismo de la masa sonora, y permitimos que nos envuelva, que nos transporte… y que nos transforme.

Las pistas literarias, en cambio, o son más elusivas o más evidentes. Uno puede imitar fácilmente a José Saramago, por ejemplo, porque el autor portugués emplea un sistema sui géneris de construir diálogos y acotaciones. Laura Restrepo es su epígono en este sentido. Pero no los confundiríamos porque los contenidos de Restrepo son colombianos. Y el hecho de imitar elementos superficiales siempre será un tache insuperable si el fondo literario no ofrece algo auténtico y valioso en sí. Los imitadores de García Márquez, en este sentido y desafortunadamente, aprendieron a emplear la hipérbole a la menor provocación e incluir sucesos mágicos a diestra y siniestra. García Márquez mismo se ha convertido en imitador de García Márquez a partir de El amor y otros demonios… Los imitadores de Borges y aquí pongo fin a este catálogo tan triste citan enciclopedias, mezclan figuras históricas con personajes inventados, y tratan de usar un lenguaje solemne porque no se dan cuenta del humor que subyace en gran parte de la obra del argentino.

Lo primero que nos ayuda a distinguir entre autores es el idioma. Las traducciones no cuentan; son como las adaptaciones musicales de una forma a otra diferente: orquesta a piano, piano a orquesta, cuarteto de cuerdas a septeto de saxofones… Aunque los arreglos pueden ser geniales, como la versión sinfónica que Mahler realizó de La muerte y la doncella de Schubert (originalmente un cuarteto de cuerdas), en general desmerecen. En el mejor de los casos, son ejercicios reveladores. Toda traducción es un ejercicio. Algunos tienen mayor fortuna que otras.

Pero después de analizar el léxico para ubicar la geografía y la época, nos vemos reducidos a identificar un estilo propio más allá de los rasgos más obvios y fáciles de imitar. El tema puede ayudar, pero no asegura nada. Como todos usamos la misma gramática, lo que puede delatar a un escritor es cómo maniobra dentro de ella: su sintaxis. Pero, después de todo, las particularidades sintácticas también son imitables, para bien y para mal. Más sutil y reveladora es la manera de construir personajes o versos, imágenes, metáforas y otros tropos en el caso de la poesía— y hacer que interactúen, junto con un narrador. No es nada fácil.

Otro problema que tal vez por tan evidente podamos olvidar, es la cantidad de escritores en comparación con compositores. De éstos hay relativamente pocos, y aun menos sobreviven a su propia época. Hay muchísimos más escritores, y jamás podríamos leer todos sus libros, o siquiera uno de cada uno. Esto nos pone en una clara desventaja frente a los músicos, para los cuales es mucho más difícil ser “uno del montón”. Para que un escritor destaque más allá de sus 15 minutos de fama reglamentarios, se necesita abrevar en aguas muy especiales, luego destilarlas, agregarles especias exóticas cultivadas en nuestro ser más profundo y después pulir al máximo su envase para que puedan resistir el embate del tiempo, las modas y las veleidades de la crítica y el mercado.

Afortunadamente, muchos se conforman con que les den premios literarios, becas y líneas ágata en los diarios de circulación nacional. Hay escritoras, por ejemplo, que no pueden abrir la boca sin que su gracia aparezca en la primera plana de La Jornada, con pase a páginas interiores, aun cuando el valor literario de su obra sea prácticamente nulo… Otras han construido, con paciencia, una obra de enorme valía, pero que sólo será apreciada con el paso de los años. ¿Quién tiene prisa? Mientras tanto, podemos seguir leyendo a los clásicos antiguos y más recientes y escuchando la mejor música que el ser humano ha logrado poner al servicio de nuestra alma. Los nombres, después de todo, son lo de menos.

Foto de Jorge Luis Borges (arriba),
de Literatura Argentina Contemporánea

1 comentario:

Clemente Alvarado Franco dijo...

Buenas noches maestro Sandro.

Esta serie de escritos donde relaciona la música con la literatura me han parecido muy interesantes, yo hace años estudie un poco de guitarra, comenzaba a tocar leyendo la partitura, ejercicios básicos y obras pequeñas, gracias a la practica constante pude dominar un poco el instrumento y es que se necesita dedicarle horas completas al estudio de la música. Gracias por lo que nos enseña.

"Leer es un acto de humildad, de devoción, de reverencia"
http://bocanadadeniebla.blogspot.com/
La literatura es el arte más subversivo