viernes, 16 de noviembre de 2007

El Crack: entre mito, realidad y ridículo

Jorge Volpi en la Zona Rosa de la Ciudad de México, recién llegado de París


LOS MITOS PUEDEN más que cualquier simple realidad. Y el movimiento —o grupo— del Crack es tanto real como mítico. También podría decirse que se dio como una realidad que de inmediato se convirtió en mito porque satisfizo una serie de condiciones de las cuales sus creadores tenían plena conciencia cuando redactaron su Manifiesto, leído en el Centro Cultural San Ángel el 7 de agosto de 1996 en el lanzamiento público de su primera camada de libros promovidos abiertamente como las novelas del Crack. Sabían lo que iba a suceder, tenían razón y casi todos ellos aprovecharon la oportunidad de salir del país: en México se les cerraban las puertas, una tras otra, entre carcajadas de escarnio. El portazo definitivo, sin embargo, fue silencioso: el ninguneo casi sistemático de la crítica más allá de expresiones sarcásticas, despectivas y fulminantes que aparecían en diversas columnas de opinión. Salieron pocas reseñas serias, la mayoría de ellas entusiasta. Algunos críticos llegaron a opinar, sin abrir los libros, que no tenían por qué leer literatura tan mala. Otros se excusaron alegando que no leían libros “en grupo”.

La molestia generalizada se debía a la desfachatez de los crackeros: tenían el descaro de lanzar un manifiesto estético y cultural que iba en contra de los valores imperantes del mercado de ese momento —la literatura light—, y al mismo tiempo proponían que el lector volviera a ser participante activo en la lectura.

Su Manifiesto, aunque inteligente y bien razonado, era tan juguetón como sensato, pero resultaba más antimanfiesto que manifiesto, pues carecía de recetas y declaraciones rimbombantes. Esto, sin embargo, no tenía importancia. En México, hacer abiertamente una propuesta generacional es empresa arriesgada. Y que lo hagan jóvenes, más.

Jorge Volpi, Eloy Urroz, Ignacio Padilla, Ricardo Chávez y Pedro Ángel Palou, cuando redactaron el documento por medio del cual decidieron unir sus destinos, conocían perfectamente la historia de la literatura mexicana. Sabían qué sucede cuando un grupo de escritores se une alrededor de una meta, un interés o una ideología: se ganan la animadversión de todos aquellos que no están incluidos o que no comparten esa meta, interés o ideología. En el caso de los muchachos del Crack, el único interés que perseguían era la salud de una literatura de peso completo, pero cometieron —adrede— el error de considerarse de peso completo. Esa falta de modestia les costaría muy caro, pero el escándalo que produjeron fue suficiente para que fuesen escuchados del otro lado del Atlántico, donde casi todos tuvieron mejor fortuna que en México por lo menos durante los primeros años después del lanzamiento, ya que sus detractores no quitaban el dedo del renglón.

Parte del mito del Crack —un grupo que no tiene revista desde la cual pregonar sus gustos y disgustos, que no está inserto en la burocracia cultural que da y quita becas y estímulos— radica en su poder, que es inexistente. No pocos observadores dan por sentado que estos jóvenes hacen y deshacen en el mundo de los libros, lo que dista mucho de la realidad. Eso sí: han tenido la ambición y temeridad suficiente como para acercarse a editores extranjeros, sobre todo en España, a fin de que conozcan su trabajo, que es sólo eso: trabajo. Dicha práctica la han seguido escritores mexicanos desde la Colonia. Pero éstos lo hicieron abiertamente, y como grupo. Se apoyan entre sí, no como una mafia —que siempre opera en la oscuridad con intereses nada claros— sino como una fraternidad que siempre se ha mostrado abierta, aunque pocos coterráneos y coetáneos han aceptado abiertamente que son afines al grupo en términos morales, afectivos, intelectuales o literarios.

Otro mito del Crack es que yo lo inventé. He insistido una y otra vez en que esto no es cierto, pero los mitos tienden —como insinuaba al principio— a crear su propia realidad. Lo único que hice fue recibir su altero de libros en Editorial Planeta, donde fungía como director editorial en 1995. Eran muchos y no pude leerlos todos rápidamente ni a tiempo para proponer su publicación en la editorial Joaquín Mortiz, que habría sido su hogar natural. Alcancé a terminar de leer las novelas durante mi gestión en Editorial Patria, donde propuse su publicación, en grupo, bajo el sello de Nueva Imagen.

No había sido mi idea promover los libros en grupo, pero me pareció excelente y la defendí en Patria. Con algunas reticencias de parte del equipo comercial, en ese momento prevalecí, pero casi pierdo el empleo cuando en los suplementos empezaron a aparecer los sarcasmos ya mencionados. Se había planeado, por ejemplo, una serie de carteles para promover los libros, pero fueron cancelados. No entendí por qué hasta después de renunciar a Editorial Patria para fundar mi propia editorial, Colibrí. Por los chismes que me transmitían mis amigos que aún permanecían dentro de la empresa, supe que yo era persona non grata por la ocurrencia de haber publicado libros tan malos. Yo era poco menos que escoria. O por lo menos hasta el día en que Jorge Volpi ganó el premio Seix Barral con En busca de Klingsor e Ignacio Padilla ganó el Premio Primavera de Espasa Calpe, con Amphytrion. De repente —también lo supe años después—, para estos mismos ya me había convertido en una especie de oráculo o visionario, capaz de reconocer escritores talentosos y promoverlos cuando nadie más les hacía caso. Éste es otro mito. Simplemente hice lo que siempre he tratado de hacer: publicar los mejores libros que puedo hallar. Por desgracia, muchos autores están fuera de la liga económica de Editorial Colibrí porque detrás no tenemos ni a Bertelsmann ni la familia Lara del grupo Planeta ni los mega-euros de Santillana.

Y aunque me fuera posible publicar buenos libros de autores caros, me he dado cuenta de que en México se tiende a ver negativa o sospechosamente el que un libro se venda mucho, o que un autor —peor: un grupo de autores— sea tan bien acogido en Europa. Se achaca todo a la mercadotecnia, y yo era, supuestamente, el diseñador de esa mercadotecnia, que mis jefes llamaban marketing editorial.[1] Esto me da mucha risa. Yo no sé nada de mercadotecnia. Hasta la fecha. Pero me encanta el que un buen libro se venda —y lea— mucho.

Soy capaz de hacer muchas cosas por mis libros, por mis autores. Sería capaz, incluso, de hacer el ridículo, si así pudiera despertar a los potenciales lectores mexicanos de su eterno letargo. Aun así, no considero que haber promovido las novelas del Crack constituya algo descabellado. Y me da muchísimo gusto que ya estén fuera de mi alcance como editor, porque eso significa que han dado el paso cuantitativo que todo escritor mexicano ambiciona secretamente: ser leído fuera de su país, ya que aquí tenemos bien pocos lectores. Debo confesar, sin embargo, que Ignacio Padilla —porque es buena gente—, me dio sus Crónicas africanas para Colibrí. Seguramente en otro país el libro habría sido un best seller.

Me gustan las novelas del Crack que he publicado. Son diferentes entre sí pero cada una de ellas —también las novelas que estos muchachos publicaron posteriormente— ha sido fiel a su planteamiento original: evocar y construir universos complejos donde los personajes puedan debatir entre sí, confundirse, perderse y hallarse a sus anchas, y donde los lectores ven recompensado el esfuerzo que deben invertir en la lectura. Así, ellos han refrendado este compromiso con la literatura y los lectores. No han permitido que la fama —esa señora voluble— los eche a perder. Total, les he dicho a todos, aunque por separado, el día que sus libros dejen de venderse, volverán a descubrir quiénes realmente son sus amigos. Así, no publiquen lo que sea, no tengan prisa… Si cada novela sucesiva no es mejor que la anterior, si publican sólo porque les ofrecen dinero, corren el riesgo de caer en el ridículo. Eso, que me lo dejen a mí. Si es ridículo promover a cinco muchachos jóvenes con una propuesta capaz de sacudir un poco este República de las Letras, gustoso lo haría de nuevo.



[1](Gulp).

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, mi querido Sandro, hubo quienes apoyamos la propuesta y leímos con entusiasmo esas novelas, y ayudamos en su difusión en lo que nuestras fuerzas y potencias nos lo permitieron (no al grado de lo que hiciste por ellos y tampoco tuve tan graves consecuencias, pero en lo particular, a mí se me cerraron muchas puertas de muchos medios y me gané muchos enemigos gratuitos sólo por el hecho de difundirlos en un momento crucial en que cerró abruptamente el espacio donde trabajaba y en un momento en que yo tenía que publicar forzozamente una serie de trabajos periodísticos de investigación sobre literatura latinoamericana que contaban con un reconocimiento oficial. Tuve que publicarlos donde pude, y mira que sufrí, pero ahora todo ese trabajo aparece en libros en el extranjero, y en las mejores revistas académico-literarias del ámbito hispano, y está siendo el corpus de un libro serio sobre literatura hispanoamericana que estoy terminando), y ahora tal parece que todo aquél que los vilipendió es tomado en cuenta por estos autores que viven mejores épocas (lo cual me da, sinceramente, un enorme gusto porque se lo merecen, son gente de nivel y pensamiento, nos consta a mi esposo, que los aprecia y tiene un excelente recuerdo de ellos proque se conocieron muy jóvenes y a mí, y porque admiro sinceramente, y he leído y estudiado novelas suyas que me parecen importantes: Klingsor, Paraíso Clausurado y Amphtrion), y quienes no los vilipendeamos, no existimos porque no somos materia de negociación política o qué se yo.

En estas épocas de transición tal vez estas acciones del pasado pudieran ser tomadas en cuenta, pero no sé si por omisión, ninguneo, distracción, ingratitud, por lo que sea, no deberían dar por sentado a nadie, y menos a alguien que sí trabajó a su favor por convicción en un momento crucial para ellos.

En fin, mando este otro aspecto de la moneda para solaz de muchos (por lo que, entenderás, me mantengo en el anonimato porque ya sabes cómo es el medio), y para reflexión de estos autores que sigo apreciando, pese a todo.
Así son las cosas.

Anónimo dijo...

Por cierto, mi querido Sandro (soy la misma persona del anterior comentario), este texto que publicas ya lo había visto en algún lado, publicado, y creeme que, en su momento, nos dio mucho gusto y compartimos tu sentir.

Lo seguimos compartiendo, pero en lo particular, ya deberías dejar de lado este discurso. Quienes te valoramos y admiramos (te lo dije hace poco) y sabemos lo que has hecho, ya no necesitamos que nos insistas.

YA SE TE HIZO JUSTICIA EN ESE RUBRO, tus muchachos ya son personalidades relevantes. AHORA VEAMOS EL OTRO LADO DE LA MONEDA, y qué pasa con esta historia y su relación con vos, su descubridor y amigo, si siguen de tu lado o ya no, porque no seas objeto de negociación política, de su ajedrez o qué se yo.

Con un abrazo fraterno, mi querido maestro Sandro. Y de mi esposo también.

Sandro dijo...

Estimada Anónima:

Mil gracias por este comentario tan atinado. Se ve que entiendes perfectamente cómo funcionan los engranes de la política cultural, y no siempre tan cultural, más allá de las voluntades individuales de quienes nos aventuramos en ella.

Ahora bien, la suerte de "muchachos del Crack", después del Crack, no ha sido pareja, ni tendría por qué serlo: son individuos con proyectos y talentos únicos. Pero me consta que todos ellos son de buena fe y que hicieron su lucha como Dios les dio a entender. Sigo felicitándolos.

Me parece que estos temas son importantes y que no debemos olvidar cómo se dieron las cosas. En efecto, una versión anterior de este artículo apareció hace algunos años, pero --fuera de ti-- no creo que nadie lo haya leído. (Yo jamás recibí comentario alguno, que yo recuerde).

México es un país donde ciertos grupos han estimulado la creatividad, sea porque llevaron la contra a los grupos establecidos o porque inspiraron directamente a creadores más jóvenes. Y luego surgen los mitos y los malentendidos. Como mucha gente, sobre todo muy joven, sigue preguntándome cómo estuvo eso del Crack (creyendo que yo los inventé, y aquí suelto la carcajada), me atreví a volver a tocar el tema. Un poco de claridad nunca estuvo de más.

Y, por supuesto, estás en todo tu derecho de mantener el anonimato, pero eso refuerza lo negativo que criticas. Al fin y al cabo, no hay que tenerle miedo a "las fuerzas oscuras". Ni son tan fuertes ni tan oscuras. No vale la pena invertir tanto esfuerzo en no hacerlas enojar. No lo merecen. Es mucho más importante que las cosas se discutan abiertamente. ¿No te parece?

Clemente Alvarado Franco dijo...

Buenas noches maestro Sandro:

Me pareció muy interesante lo que usted escribe acerca del grupo del Crack, yo sinceramente no he leído nada de estos autores. Lo que si había leído y escuchado fueron comentarios en contra de este grupo y ya me había formado una opinión negativa acerca de la obra de estos escritores, mucho antes de haberlos leído, le agradezco que me haga reconsiderar y cuando tenga la oportunidad de leer un libro de estos escritores lo are sin ningún prejuicio.

por otra parte le agradezco su comentario en mi blog, y le pido que me disculpe la mala escritura.

"Leer es un acto de humildad, de devoción, de reverencia"
http://bocanadadeniebla.blogspot.com/
La literatura es el arte más subversivo

Jorge dijo...

Querido Sandro,

Gracias por estas palabras que nos recuerdan quienes éramos, quienes somos. Un gran abrazo desde España (curiosa coincidencia) y otro por tus 25 años de mexicano,

Jorge Volpi

Anónimo dijo...

A ver Sandro querido, soy la anónima que escribió lo que escribió. Creo que no entendiste el matiz de mi comentario. Seré clara:

Yo hice lo que pude por difundir al crack en esas épocas en que los infamaron.

Que fue mucho, y muy bueno, por cierto.

Los aprecio porque sé quienes son. Mi esposo los conoce desde muy jovenes y siempre me ha dicho maravillas.

Ahora, que afortunadamente han sido reconocidos, una servidora, que perdió espacios y se ganó enemigos por difundir al Crack, por cierto, ha sido dada por sentado (no quiero decir ninguneada o peor, despreciada. Tal vez no tengan la información suficiente, aunque personalmente a algunos de ellos les entregué un CV) por el Crack.

No es ajuste de cuentas, no es pedir nada, es señalar una situación que tal vez el Crack no haya atendido. Hay personas de mucha capacidad, trayectoria y trabajo que los aprecian sobremanera y que ellos han dado por sentado.

Así las cosas, y suerte, mi querido amigo y maestro.

Esto basta, y no diré más.

Apostillas literarias dijo...

Querido Sandro, de inicio te agradezco que publiques este artículo porque no lo conocía y a nadie había escuchado decir tantas cosas acertadas sobre una generación que ha pasado por tantas cosas, como la mayoría de las generaciones en México y probablemente en el mundo. Unas más y otras menos, pero nunca les ha sido facil. Lo que me gustaría mucho es que tuvieran una Revista, una página, quizá un programa de tv ahora que Volpi está en el 22. En mi opinión hace mucha falta en México este tipo de movimientos, movimientos que ayudarán a las generaciones posteriores a ellos a animarse a hacer algo semejante.

Magda

Eloy Urroz dijo...

Querido Sandro, he leido con mucho gusto tu nota sobre el Crack. Ya sabes cuanto te agradecemos y te debemos todos nosotros, pero te lo quiero reiterar aqui. Tu no lo inventaste, es cierto, pero sin ti no hubiera sucedido. Al menos no hubiera sucedido en 1996 cuando todo esto sucedio, cuando todo esto comenzo. Otra hubiese sido su historia.

Quiero compartir ahora un fragmento del libro que justo estoy leyendo en estos dias y que me tiene encandilado. Se llama "Breaking the Spell. Religion as a Natural Phenomenon", de Daniel C. Dennett.

Nada tiene que ver su asunto con el que tu tratas (el del Crack, su mito o relaidad), pero si tiene que ver con la cuestion de las terminologias, asunto que para mi es fundamental, como sabes, pues siempre he insistido en el derecho que cada quien tiene (cada grupo o asociacion tiene) para llamarse como se le de la regalada gana. Y ese "delicado" punto fue, estoy seguro, el problema original de toda la controversia, la molestia, el enfado y la virulencia, y no las novelas.

No es un misterio ni un acertijo, saber que la onomatopeya 'crack' jugaba (y juega) con la de 'boom', y en este sentido vale la pena, iknsisto, echar un vistazo a las palabras de Dennett (aunque estas asociadas a otra cuestion, ya lo dije).

El comentario de Dennett sobre los terminos va, creo, muy ad hoc con el asunto del nombre "Crack". Lo dejo, pues, a la consideracion de tus lectores:

"I am a 'bright'. My essay "The Bright Stuff", in the New York Times, July 12, 2003, drew attention to the efforts of some agnostics, atheists, and other adherents of naturalism to coin a new term for us nonbelievers, and the large positive response to that essay helped persuade me to write this book. There was also a negative response, largely objecting to the term that had been chosen (not by me): 'bright', which seemed to imply that others were dim or stupid. But the term, modeled on the highly succesful hijacking of the ordinary word 'gay' by homosexuals, does not have to have that implication. Those who are not gays are not necessarily glum; they're 'straight'. Those who are not brights are not necessarily dim. They might like to choose a name for themselves. Since, unlike us brights, they believe in the supernatural, perhaps they would like to call themselves 'supers'. It's a nice word with possitive connotations, like 'gay' and 'bright' and 'straight'. Some people would not willingly associate with somebody who was openly gay, and others would not willingly read a book by somebody who was openly bright. But there is a first time for everything. Try it. You can always back out later if it becomes too offensive" (21).