martes, 23 de octubre de 2007

Maestros, mentiras y el difícil arte de pensar

Mis tres grandes maestros:
Huberto Batis, Rubén Bonifaz Nuño, Luis Mario Schneider (qepd)

Quisiera hacer una pregunta sencilla: ¿Qué es un maestro? Muchos estamos acostumbrados a pensar que se trata de una persona que nos da información. Éste sería el maestro mesero, el que nos presenta, en charola de plata, los datos que “nos van a hacer falta”: el día y año en que nació Benito Juárez, el peso específico del hidrógeno, el valor de pi, cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler… Los maestros meseros tienen siglos de provocarnos indigestión.

También está el maestro padre, el que nos corrige e impone tareas para volvernos serios y responsables. Éste nos obliga a copiar páginas y páginas de información prácticamente inútil, a leer largas listas de libros cuyo valor desconocemos porque él no ha sabido transmitirlo. En pocas palabras, el maestro padre emplea su poder para apabullar y disciplinar a sus alumnos. Gracias a este maestro, un alto porcentaje de los alumnos que salen de las secundarias y las preparatorias poseen nula creatividad, casi ninguna capacidad de análisis y crítica. Además, sienten una verdadera aversión por la lectura.

Hay otros maestros que son mesías. Se crean una personalidad mística y eligen discípulos que los siguen ciegamente. Aunque un maestro así es capaz de inspirar a sus alumnos, no siempre está claro para qué los inspira si no es para rendir culto a su personalidad. Éste puede hacer tanto daño como las dos especies anteriores porque la desilusión es grande cuando los alumnos descubren el vacío detrás de la teatralidad mesiánica.

El don mayor de cualquier maestro es la capacidad de hacer que sus alumnos cuestionen la realidad. Es el que los pone a ver dónde y cómo viven. Luego les pregunta por qué, y por qué no es así siempre ni en todas partes. Para poder contestar estas preguntas —nada cómodas— sólo partir de la experiencia propia, haría falta una o varias vidas. Y aun así, el maestro no se detiene con las preguntas sino que enseña cómo y dónde buscar respuestas. Para entonces, sin embargo, sus alumnos —con energía propia— ya quieren buscarlas. Él sólo necesita servirles de guía.

En las bibliotecas hay respuestas de toda clase. Son las que hemos acumulado como cultura y especie, como raza humana. El verdadero maestro nos enseña a valorar estas respuestas, analizarlas, sopesarlas, criticarlas y, en su caso, aplicarlas a situaciones de la vida real. ¿Qué sabemos, qué pensamos que sabemos? Este maestro no requiere grandes tecnologías para enseñar, pero pueden ser sumamente útiles. Necesita sólo que nos demos calma, tiempo, espacio para la reflexión y… muchos libros, sean en papel o electrónicos: información fidedigna que nos ayude a interpretar nuestro mundo.

Damos por sentado que somos pensadores, que somos analíticos, cuando en realidad nos gusta poco desconstruir nuestra realidad para comprenderla. Y nos disgusta porque no es fácil. En otras palabras, pensar cuesta. En primer lugar, para pensar con claridad hace falta contar con información, y como señalé en el párrafo anterior, un buen maestro es capaz de enseñarnos a encontrar y aquilatarla; nos enseña a ser escépticos y a cuestionar.

Nos gusta ser liberales y ver un problema desde todos sus ángulos, pero cuando llega el momento de tomar una decisión, asumir una postura, con frecuencia nos sentimos abrumados. Esto lo vi recientemente en una tarea muy sencilla que escribieron algunos alumnos míos acerca del retiro de los vendedores ambulantes en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Algunos pudieron construir un discurso convincente, pero otros se tropezaron con sus propias ideas.

Al señalar las incoherencias, algunos alegaron que “cada quien tiene su manera de pensar”. A riesgo de parecer intolerante, reviré diciendo que “eso no es pensamiento sino un revoltijo de pensamientos”. Para pronto: tener ocurrencias no es lo mismo que plantear ideas. Éstas se sustentan en una lógica; las ocurrencias, en cambio, nos salen por la boca sin digestión alguna; son, en el mejor de los casos, una lluvia de ideas capaz de ser ordenada, refinada, cuestionada y desarrollada; en el peor, no son más que un vómito verbal.

En otras palabras, estos alumnos pudieron ver que la situación de los ambulantes no podía pintarse en blanco y negro, que había muchos factores que debían ser tomados en cuenta: falta de empleos bien remunerados; la naturaleza de “áreas públicas”, quién puede usarlas y cómo; cuestiones de propiedad intelectual en relación con productos pirata, la comercialización de productos importados de manera ilegal, el clientelismo político tradicional, la manipulación ejercida por los líderes de los ambulantes, etcétera. Pero a la hora de armar un discurso coherente, terminaron diciendo, palabras más o palabras menos, que los ambulantes no debían estar en el Centro Histórico, aunque siempre sí… o no…

Como maestro, me vi en la necesidad de explicar que uno puede llegar a sus propias conclusiones, pero que éstas deben provenir de un razonamiento lógico, basado en información fidedigna. Al escribir un ensayo, actuamos como jueces porque hemos analizado las evidencias y las hemos puesto en contexto. No importa de qué clase de ensayo se trate, sea breve (como en este caso: 150 palabras) o extenso.

En el caso de los ambulantes, nuestra postura dependerá de qué aspectos del problema pesan más: la libertad individual como valor absoluto, por un lado, o el bien común, por otro. La ley, como está escrita, también pesa, pero en última instancia ésta puede ser modificada por la Asamblea Legislativa. La esencia del problema, entonces, vista esquemáticamente, se reduce a determinar cuál de los dos conceptos mencionados resulta más importante: el bien colectivo o la necesidad individual. La argumentación debe partir de allí para demostrar paso por paso su solidez, o —en su defecto —partir de estos pasos para llegar a la conclusión, pero en todo caso es preciso que la argumentación sea coherente.

Muchas polémicas entre izquierda y derecha se desarrollan en este sentido, pero se vuelven bizantinas porque el bosque conceptual se pierde de vista cuando los polemistas sólo ven los árboles, o cuando ellos quieren que nosotros sólo veamos los árboles. Éste sería un caso clásico de manipulación: “Si votas por Fulano, subirán las tarifas de energía eléctrica”. “Si votas por Mengano, huirá la inversión extranjera”. “Zutano es un peligro para México”.

Para desenmascarar los sofismas, falsos silogismos, argumentaciones tendenciosas o que parten de supuestos falsos, no ayudan los maestros meseros que sólo nos atiborran de datos fuera de contexto. Tampoco ayudan los maestros padres que pontifican desde un canon anquilosado, divorciado de la realidad actual. Y los maestros mesías son peligrosos, porque sólo les importa su propia imagen: su misión es el autoendiosamiento.

Si todos los nuestros fueran maestros de veras, México el mundo entero avanzaría a pasos agigantados. Pasma el sólo pensarlo: que todos los ciudadanos tuviéramos acceso a la información, que supiéramos aquilatarla y verla a la luz del contexto el cual también tiene sus razones de ser y que a partir de ese proceso tomáramos nuestras decisiones… No creo que fuera un mundo feliz, pero por lo menos sabríamos en qué mundo estamos parados, y no en este juego de espejos, cortinas de humo y demagogia que actualmente nos asfixia.


3 comentarios:

AMIESPAM dijo...

En mi experiencia como estudiante he visto a diversas clases de maestros. Por un maestro padre terminé por odiar la química. Aprendí fotografía gracias a una maestra mesías, pero al alejarme de ella no hubo más para mí. Y alegremente, he tenido más profesores de verdad. A ellos les agradezco lo que soy.

Hay una maestra en especial: Josefina Estrada. Ella me enseñó a ver más allá... y a describir mi realidad por muy aburrida que sea.

Ahora aprovecho este espacio para hacer un llamado a los que trabajan en esta labor: maestra, maestro. Ustedes guían, lleven a la luz del conocimiento, pero de tal manera que sus pupilos lleguen a caminar por sí mismos.

El que escribe en el alma de un estudiante lo hace para siempre.

Jeannine Kibalchich dijo...

Hola Sandro: Hablas de los maestros paternalistas, los mesiánicos pero se te olvidan los mefistofélicos. Tuve una maestra Margarita, en cuarto año primaria, en el Liceo Franco Mexicano, que nos pegaba con una regla en la palma de las manos, también se burlaba.La tal maestra era bajita, regordeta, muy morena con rasgos indígenas (despreciaba a los indígenas) -en aquel entonces aún no hablaba yo el español- y me decía "la chichimeca", obviamente yo no entendía nada, todo el salón se reía sólo porque ella lo decía. ¿Cómo llamarías tu a ese tipo de maestra? Por el contrario en los tres años de secundaria -en la misma escuela- tuve una maestra de latín sensacional, nunca la oí gritar en los tres años, exigente, disciplinada, hablaba pausado y explicaba cuantas veces fuera necesario. Una excelente maestra. Es un tema donde hay mucha tela en donde cortar. En la prepa y la universidad (sobre todo) están los barcos y los corruptos. Hasta la otra Sandro. Un saludo.

alonso ruvalcaba dijo...

ojalá se pudiera elegir a los maestros. yo hubiera escogido a antonio alatorre.

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y pediría, por otro lado, la devolución de los tacos de barbacoa a la esquina de regina y 5 de febrero, donde nos trataban como a sus hijos, y los de maribel en bolívar casi con uruguay, donde nos trataban como a novios de los años cincuenta.