jueves, 11 de octubre de 2007

Los Estados Unidos del absurdo




El 6 de septiembre de 2001, frente al Consulado de México en Nueva York, un grupo de mexicanos se manifestó en contra del entonces presidente Vicente Fox y su apoyo a lo que ellos consideraban otro programa "bracero" más.

El cartel que carga el hombre a la izquierda (y que se ve a la derecha también), dice en inglés You call us heroes and sell us as legal slaves: "Nos llamas 'héroes' y nos vendes como esclavos legales' ".


En esa época, días antes del 11 de septiembre, había gran optimismo de que se diera una nueva amnistía a los trabajadores indocumentados en Estados Unidos. La consigna era "Amnistía general o paro". Todo se acabo la mañana del 11 de septiembre de 2001. Hasta la fecha de hoy, no ha habido ninguna reforma migratoria, y la situación para los indocumentados está volviéndose cada vez más tensa, enrarecida. Nunca se llevó a cabo la marcha programada para el 25 de septiembre, anunciada en la última fotografía.






















El absurdo abunda en la historia del ser humano. Para no ir tan lejos, la ideología racista de la Alemania nacional-socialista, tan aceptada irreflexivamente por millones en los años 30 y 40 del siglo pasado, en estos días resulta absolutamente absurda, por lo menos para quienes se toman la molestia de cuestionarla, investigar si posee alguna base científica. Después de todo, el partido nazi planteaba la inferioridad de las razas no arias en términos científicos, “medibles”, no como una cuestión de gustos caprichosos, o como una reacción visceral en contra de lo otro. El Holocausto, según el dogma oficial, no fue una ocurrencia inspirada en el odio o, cuando menos, el desprecio sino un intento “legítimo” de mejorar la especie. Ahora suena… absurdo.

Aun tras la derrota militar del Eje en la Segunda Guerra Mundial (los japoneses de aquel entonces, aliados de la Alemania nazi, también enarbolaban una filosofía de superioridad étnica), el racismo está lejos de extinguirse. El hecho de que sepamos ahora, en el siglo XXI, que casi todas las diferencias entre razas son superficiales —como color de piel y cabello, forma de los ojos, etcétera— y que no tocan aspectos más profundos —como inteligencia, sensibilidad, capacidad emocional…—, no obsta para que los seres humanos sigamos discriminando, despreciando y odiando, a veces de la manera más cruel, a quienes consideramos el otro.

Lo que sucede con la población migrante en Estados Unidos, sobre todo con la mexicana por razones simplemente estadísticas, ilustra perfectamente cómo el absurdo continúa ganándole a la lógica. Quienes abogan por la deportación masiva de ilegales son, y no tan en el fondo, racistas. Ellos lo niegan, por supuesto. Alegan que Estados Unidos es un país donde impera el Estado de Derecho, y hay que ser respetuoso de las leyes. Ésa es la fachada, pues, del argumento. Se trata de un escudo. No obstante, ese argumento vuelve insostenible porque adolece de un problema doble. Por un lado está la historia de Estados Unidos, país construido por inmigrantes, cuya inmensa mayoría no llegó con su green card en la mano, sino que tuvieron que legalizarse de una manera u otra, proceso que ocurrió repetidamente a lo largo de la historia de ese país. En todos los casos, llamárase como se llamara, se trataba de una especie de amnistía: un ajuste de las leyes a la realidad imperante y un reconocimiento al valor de quienes dejaron todo para empezar de nuevo y trabajar por el bien común de la nación adoptiva. Ninguna de estas legalizaciones redundó en una debilitación del tejido social o en una menor competitividad. Al contrario. La fuerza de Estados Unidos radica en su riqueza humana, mucho más que en su poderío militar. Aun así, la palabra amnistía produce sarpullido en grandes sectores de la derecha norteamericana.

El otro problema es práctico. Los trabajadores que emigran a Estados Unidos lo hicieron porque la economía norteamericana los requiere. Es una ley económica tan firme, que parece una ley de la física. Se trata de la relación recíproca entre oferta y demanda. Uno, por gusto, no puede desafiar esta ley. Si hay demanda, llegará la oferta de manera tan segura como el aire que entra en un vacío una vez se rompe aquello que lo tenía sellado herméticamente.

Esta misma ley se halla en el fondo del problema del narcotráfico pero ahí también campea el absurdo. En lugar de despenalizar el uso de sustancias controladas (cuya demanda es altísima en Estados Unidos) para poder controlar su comercio y eliminar, casi de tajo, la extrema violencia que lo rodea, se insiste en combatirla en una guerra imposible de ganar y que se vuelve cada vez más violenta y peligrosa. En México, estos dos absurdos —el racismo antimexicano y antilatinoamericano en general, y el empowerment de facto de los cárteles de la droga por encima de gobiernos, gobernantes y gobernados— están haciendo estragos incalculables. Y no sólo en México sino en el mundo entero.

Este año el ala derecha de Estados Unidos torpedeó la reforma migratoria que tenía posibilidades de convertirse en ley. Como resultado, envalentonados, los elementos más racistas de este sector empezaron a pasar leyes locales que prohibían contratar a un ilegal, o alquilarle vivienda. Se volvía delito. Ahora, varias de estas comunidades están recapacitando. No sólo tienen que defenderse en las cortes por cuestiones de inconstitucionalidad, sino que han visto cómo, junto con sus trabajadores ilegales, han huido muchos de los negocios que, con sus impuestos, sostenían a gran parte de sus pueblos.

Pero eso no ha sido suficiente para que los Minutemen, cazamigrantes y racistas en general reconozcan el absurdo. Charles Hilton —ex alcalde de Riverside, New Jersey, estado donde nací 29 años antes de adquirir orgullosamente la nacionalidad mexicana—,[1] al ver la decadencia de su pueblo tras la aplicación de la ley que él promovió, se limitó a declarar: “Cambió el rostro de Riverside un poco […]. La zona comercial está prácticamente vacía ahora, pero no se han ido los negocios legítimos sino aquellos que apoyaban a los inmigrantes ilegales, a los que a mí me gusta llamar extranjeros criminales”.[2] Las cursivas son mías, pues él llama ilegítimo un negocio cuyos clientes no tienen papeles, aunque el negocio en sí sea perfectamente legal. En inglés, no usó la palabra foreigners sino aliens, que es el mismo término que se emplea para designar a los “extraterrestres”. Y su empleo no es casual, pues es sumamente agresivo. Alien significa, además de extranjero y extraño, repugnante y hostil. Lo repito: su uso no fue un accidente. Estos señores son racistas. No están corriendo a británicos blancos que se quedaron más de la cuenta, o franceses despistados en busca de tierras fértiles para sembrar uvas, o suecos que hallaron una buena chamba o una novia que les enseñara inglés… Son mexicanos de piel más oscura que la suya; centroamericanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, brasileños, peruanos…

Y los absurdos no paran. Según un reporte reciente del Buró del Censo en Estados Unidos, desde 1968 la pobreza en ese país ha bajado sólo dos décimas de un por ciento, pero la pobreza entre la población hispanohablante ha bajado de 30.7 por ciento en 1994, a 20.6 por ciento en 2006.[3] Ninguna minoría étnica ha avanzado tanto tan velozmente en la historia de Estados Unidos, lo cual desmiente a los racistas que alegan —tan científicamente como los nazis, la inasimilabilidad (entiéndase inferioridad) de los inmigrantes que nacieron al sur del Río Bravo.

Un país que no quiere ver ni entender su realidad, que promueve absurdos históricos, está en decadencia. No importa cuántas bombas nucleares posea ni en cuántos países mete las narices. Sus días están contados, a menos que despierte y cambie de rumbo.



[1]El 30 de noviembre cumplo 25 años como ciudadano mexicano.

[2]Ken Belson y Jill P. Capuzzo, “Towns Rethink Laws Against Illegal Immigrants”, 26 de septiembre de 2007, The New York Times, pp. A1, A22.

[3]Douglas J. Besharov, “The Río Grande Rises”, 1° de octubre de 2007, The New York Times, p. A25.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Que ganas de leer algun dia aqui, algo bueno del pais. ¿no te cansas de hablar mal de méxico?

Sandro dijo...

Estimado Anónimo:

¿Se trata de un chiste? Claro que México tiene muchos problemas, y es preciso hablar de ellos para poder resolverlos, pero aquí hablo de otra cosa: el racismo en Estados Unidos que se traduce en movimientos antiinmigrantes. ¿No te diste cuenta? Por eso es tan importante aprender a leer. Aquí, en Estados Unidos y en China.

Yliana dijo...

Anónimo:
¿De verdad no entiendes de qué habla este artículo? ¿No sabes leer? Ojalá que quisieras a este país tanto como Sandro Cohen e hicieras algo por él. Nada puede mejorarse sino se empieza desde la autocrítica. ¡Y este artículo ni siquiera toca lo que comentas! Por lo menos, firma, ¿no? Es muy fácil escudarse detrás de un anónimo.

Anónimo dijo...

Yleana no seas tan agresiva, ya sabemos que se trata de tu papá, pero calma, calma.

Daniel Zárate dijo...

Oye Anónimo, ¿de plano tienes tanto miedo de dar la cara? que no te de pena no saber leer y comprender la palabra escrita. Se llama analfabetismo funcional, cuando crees que entiendes lo que lees y no es así. Sólo se quita con la práctica... El artículo es contra el racismo en EU!!!!! ¿ok?

El Lobo dijo...

Sanx:

Excelente tu post, como siempre.
Es un honor para nuestro país que alguien como tú sea mexicano cuando tantos otros, nacidos aquí, averguenzan nuestro suelo con desfachatez.

Y, con respecto al anónimo...No sé. En el blog que yo administro tengo una regla muy clara: a quien no tiene el valor para dar su nombre, no tengo obligación de contestarle.

Un abrazo
Lobo

Apostillas literarias dijo...

Y tengo entendido que muchos de los Minutemen son mexicanos (y latinoamericanos), si esto es así es aun más terrible. Aunque venga de quien viniese, el racismo es espantoso.
Sandro, ¿crees realmente que los días de EEUU estén contados? yo no lo creo, al menos no pronto. Y mientras este día llega, esperaremos más bombas inteligentes en el mundo, sobre todo en el mundo petrolero o con alguna otra riqueza semejante. Me aterra pensar qué pasará cuando muera Castro, sabemos que Cuba es el gran anhelo de un país que en mi opinión, no despertará nunca ni cambiará de rumbo. Quizá se vaya chuequito, pero cambiar, lo que se dice cambiar, me parece imposible.

Magda

mariana dijo...

Como latinoamericano NUNCA he entendido la ceguera de los gobiernos de USA. EN lugar de promover en este continente una unión como la europea donde se dé la mano a los más débiles para que aumenten -interesadamente- su poder adquisitivo y les compren más -siquiera por eso-. Nos toma como enemigos!!!
Claro amigas y amigos de este blog, los gobiernos de los paises latinoamericanos no sólo son ciegos, sino extremadamente corruptos e ignorantes. Siguiendo: no sólo los gobiernos. Andamos sin rumbo...