domingo, 3 de junio de 2007

Tengo problemas con mi manera de… hablar francés

No es que sea adicto al francés, pero entre ese idioma y yo sucede algo mareador y difícilmente explicable, lo que me trae de cabeza desde hace 25 años.

En la secundaria, cuando había que decidir qué idioma extranjero uno iba a estudiar, casi todo el mundo elegía o el español o el alemán o el francés para cumplir con su requisito (yo nací y viví hasta los 19 años en Nueva Jersey, Estados Unidos). Pero yo —junto con unos cuantos despistados más— elegí el latín, más por presiones de mi señora madre que por gusto. Ella me explicaba que, sabiendo latín, me sería más fácil aprender cualquier otro idioma románico.

Desde luego tenía razón. Por lo menos había acertado en lo referente al español. Tanto es así que, en la prepa, cuando sí tomé mi primer curso de lengua española, jamás tuve que estudiar y siempre saqué 10 (o “A” en ese país). El único problema estaba en que realmente no aprendí nada. Lo que hacía era —en el mejor de los casos— descifrar (¿adivinar?) el significado de los textos en español, cosa que podía hacer gracias a su cercanía con el latín, pero no llegué a dominar absolutamente nada. El subjuntivo, para mí, seguía siendo tan misterioso como lo había sido en la lengua de los romanos antiguos, pues mi maestra nunca halló la manera de hacérmelo comprender. En otras palabras, el seudo latín me permitió fingir que sabía un seudo español. Si en la biblioteca de la preparatoria no me hubiera topado con la poesía de César Vallejo y Federico García Lorca en ediciones bilingües, probablemente habría abandonado el español por completo en segundo o tercer año de prepa, sin haber tenido que enfrentar la dolorosa verdad acerca de mi ignorancia.

Choqué contra el muro de la realidad en mi primer en Rutgers University, al decidir tomar un curso de español para darle gusto a mi novia de entonces, Jean-Marie Simon, quien era fanática del idioma español. después se hizo fotógrafa para Playboy en japonés y Amnistía Internacional, si no me equivoco, e hizo un trabajo importante vis-à-vis los derechos humanos en Guatemala. Además, publicó un portafolio de fotografías de “Bag ladies” en Casa del Tiempo, revista de la Universidad Autónoma Metropolitana, con un ensayo introductorio mío.

En la universidad, sin embargo, ya no pude seguir fingiendo. Reprobé el primer semestre de lengua española, y eso me dolió en el alma de mi orgullo. Lo único que recuerdo de ese semestre es que el maestro era tejano y que cantaba ópera, con acento tejano. Y yo seguía sin comprender para qué demonios servía el subjuntivo, cosa que debía haber aprendido perfectamente durante mis estudios latinos. ¿Qué puedo decir? Era un negado para el subjuntivismo.

El siguiente semestre, sin embargo, me tocó con una señora joven, Marilyn R. Frankenthaler, mucho más seria, quien hacía su tesis doctoral asesorada por el argentino Luis Mario Schneider, quien más adelante me convencería de estudiar mi tercer año de universidad en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Algunos abriles después, Frankenthaler se convertiría en una estudiosa importante del narrador mexicano José Revueltas (José Revueltas: el solitario solidario).

Ya había tronado con mi novia pero me había enganchado con la poesía en lengua española. Vaya, la sentía mucho más de lo que la entendía. Seguía fascinado con Vallejo y García Lorca, y ya estaba leyendo a Jaime Sabines. Quién sabe cómo. Pero en la librería universitaria, en un remate, conseguí en 25 centavos de dólar su Recuento de poemas publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Le hice una proposición bastante heterodoxa a mi profesora: yo me comprometía a estudiar duro duro en las cuestiones de su clase si ella se comprometía de manera igual a leer las tonterías que yo escribiría sobre las novelas que ella mi recomendara para leer fuera del programa oficial. Quién saber por qué, pero dijo que sí.

La primera fue Marianela de Benito Pérez Galdós. Después siguieron Doña Perfecta (idem) y El tesoro de la Sierra Madre de Bruno Traven… en español. Yo leía, descifraba, y hasta empecé a comprender —por lo menos en teoría— las sutilezas del subjuntivo. Y escribía religiosamente en un español totalmente champurrado, pocho al revés, pero yo era feliz. Seguro que la señora profesora se divertía conmigo y mi entusiasmo. Y fue ella quien recomendó que tomara un curso de conversación con Luis Mario Schneider. Me apunté en ése y, además, otro impartido por el doctor Schneider, que era una visión panorámica de la literatura latinoamericana.

Ese año, me refiero al lectivo 1972-1973, me la pasé escuchando las anécdotas loquísimas de Luis Mario (que yo sólo entendía a medias, si es que llegaba a medio entenderlas), junto con algunos conceptos sobre romanticismo y nacionalismo en la literatura latinoamericana que tampoco entendí muy bien. Me parecieron cursos maravillosos, sobre todo cuando llegué a comprender un poco mejor la lengua hablada, o como la hablaba Schneider, que más tarde se me revelaría como una especie de mezcla entre el castellano de Corrientes, Argentina, y el del altiplano mexicano, pero en ese momento no llegué a sospechar ni remotamente la importancia que él llegaría a tener en mi vida.

Pero también fue el año en que decidí vivir peligrosamente, pues elegí un curso de francés que se impartía en Douglass College, la hermana gemela de Rutgers College. Hay que entender que en esa época, la Universidad de Rutgers tenía —amén de varios campus en ciudades fuera de New Brunswick, New Jersey, su sede— dos colleges (serían “universidades” con mérito propio en cualquier país de habla española) que otorgaban licenciaturas: una era para varones (Rutgers College) y otra era para damas (Douglass College). Lo bueno radicaba en que uno podía tomar cursos en el college del sexo opuesto, y los créditos contaban igual. Yo, ni tardo ni perezoso.

Otra vez, pensé que el aprendizaje de otro idioma iba a ser pan comido. No lo fue. Mi maestro, Michel Coclet, me cayo estupendamente. Era buenísimo. Pero yo estaba acostumbrado a no estudiar, y con él había que hacerlo. Yo siempre prefería leer, leer y leer en lugar de memorizar conjugaciones. Por desgracia, no sabía el suficiente francés —de hecho, no sabía nada— como para ponerme a leer a Molière, así que la pasé mal hasta que me atreví a abordar a una de mis compañeras de clase, que me parecía mucho más inteligente y estudiosa que yo. Se llamaba Johanna Rubba, y ahora es doctora en lingüística en la California Polytechnic State University, pero lo que más le gusta es trabajar la madera como ebanista, además de diseñar y fabricar joyería artesanalmente. También es iniciada en las danzas folclóricas del este europeo.

La verdad, no lo recuerdo, pero conociéndome, de seguro le planteé que nos reuniéramos para estudiar francés. Y, conociéndome, esto habrá sucedido, por lo menos al principio, porque dentro de poco, ya éramos novios, y ella me soplaba las respuestas en los exámenes, algo que me llena de vergüenza. Tal vez yo le copiaba sin que ella se diera cuenta. O se apiadaba de mí porque me tenía lástima. En todo caso, no fue en todos los exámenes, pero por lo menos en uno, porque ése sí lo recuerdo. En el curso ella sacó A, y yo, B. Era un ocho (en mexicano) que yo no merecía ni con dispensación papal, pero estaba completamente enamorado y eso, me parecía, justificaba todo. Hubo el inconveniente, por supuesto, de que no aprendí francés, ni ese año ni en muchos más.

Entre mis clases de español y mi enamoramiento a la francesa (todavía sin saber francés), me enteré de la Guerra Civil Española y me puse a leer todo lo que caía en mis manos. Además, en otro curso que había tomado en Douglass, ahora de fonética española, me había tocado de profesora una refugiada republicana, Micaela Misiego, y nos contaba anécdotas…

Con esta nueva obsesión, se me ocurrió que lo mejor que podría hacer, sería marcharme a Madrid a estudiar en la Universidad Complutense y enterarme de primera mano cómo se vivía bajo el fascismo español, y tratar de comprender qué había sucedido en la República antes y durante la guerra, al mismo tiempo que aprendiera bien el español para leer más a García Lorca y otros poetas que iban saliendo a mi encuentro, sin que yo los buscara adrede (Miguel Hernández, Antonio Machado, Luis Cernuda, etcétera).

Pero no contaba con la astucia de Luis Mario Schneider, pues él estaba organizando un grupo de Rutgers y Douglass que se trasladaría, en masa, a la Ciudad de México, donde estudiaría en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Cuando le planteé dificultosamente cuáles eran mis planes madrileños, me felicitó y enseguida me convenció de que la mejor opción para mí era estudiar en México. Entre otras ventajas, no me costaría más de lo que ya pagaba de colegiatura (que era muy poco, siendo Rutgers universidad el Estado). Habría que cubrir la pura pensión, que me tocaría en la calle de González de Cosío en la Colonia del Valle. “Total —me habría dicho—. Allá también hay muchos españoles”.

Llegué a México en agosto de 1973. Johanna también se ausentó de nuestro natal estado de Nueva Jersey, y se trasladó a Manchester, Inglaterra, a estudiar Lingüística. Con lo que había aprendido con Luis Mario y Marilyn Frankenthaler, llegué a México sabiendo leer el español, más que a medias, pero menos que bien, y con serias deficiencias para comprender lo que la gente decía en la calle. Pero tras un dolor de cabeza que me duró tres semanas, como por arte de magia, ya entendía todo.

Terminé el año, volví a Estados Unidos, me gradué en 1975, rompí con Johanna (o ella me rompió conmigo), empecé a estudiar la maestría, volví a México a dar clases en 1976, me casé con una de las profesoras de mi escuela en Cuernavaca (Claudia Acevedo, madre de mi primogénita, Yliana), regresé a Estados Unidos a redactar mi tesis de maestría, en diciembre de 1977 llegué de nuevo a México a estudiar el doctorado (que terminé en el 80, si mal no recuerdo) y a trabajar en El Colegio de México, como asistente de Alberto Dallal, con la ayuda de Luis Mario Schneider. (Éste, por si fuera poco, también dirigió mis tesis de licenciatura y maestría sobre Tomás Mojarro y Jorge Luis Borges, respectivamente).

A pesar de que había terminado todos mis cursos de doctorado, hecho el examen de dominio de uno de dos idiomas extranjeros (me tocó el español, por haber nacido en Estados Unidos) y escrito mi tesis (sobre la poesía de Rubén Bonifaz Nuño, sugerencia de Luis Mario), no pude recibirme porque… no sabía francés.

mi obvia y dolorosa ignorancia me caló patéticamente en 1990 cuando tras dar unos cursos sobre el boom hispanoamericano en varias ciudades de España (Toledo, Cuenca, Ciudad Real), hice un tour relámpago de Europa en ferrocarril. Debo confesar que entendía más alemán y holandés, gracias al idish de mis padres que el francés que escuché durante los dos días que deambulé por París. (Mis padres, cuando querían que mis hermanos y yo no entendiéramos sus conversaciones, hablaban entre sí en idish, y así aprendimos más de lo que ellos sospechaban). Y así duré unos 13 años más.

A fines de 2002, no obstante, recibí una invitación para asistir a un encuentro de editores mexicanos y franceses independientes, dentro del marco del Salon du Livre, en la ciudad de mis frustraciones: París. El mini congreso y el Salon se realizarían en marzo de 2003. Acepté sin pensarlo siquiera. Compré un programa de cómputo para ayudarme a recordar algo del francés que había aprendido en la universidad, traté de revisar mis libros de texto, y con algunas frases memorizadas llegué al aeropuerto Charles de Gaulle el jueves 20 de marzo a las 14 horas, tras 10 horas de vuelo, durante las cuales había estallado la guerra en Irak, la de George W. Bush. Estaría yo en París durante 11 días.

En este tiempo, caminando incansablemente por las calles, acompañado en ocasiones, generosamente, por el novelista colombiano-mexicano-francés Eduardo García Aguilar, aprendí 10 veces más francés que en la universidad y con mi programa de cómputo. Lo suficiente como para leerme un par de novelas en el avión de regreso.

Decidí, a mi regreso, tomar un curso en la Alianza Francesa. Con trepidación, me sometí al examen de rigor, esperando —lógicamente— que me asignaran uno de los cursos elementales, tal vez no el de los meros principiantes, pero no el avanzado que sí me asignaron. Me sentí halagado pero estaba aterrorizado. Después descubrí que mis compañeras (yo era el único varón; Douglass, al parecer, me perseguía), en general, eran señoras de las llamadas fodongas de Polanco, aquellas que no estudian (ajem, ajem…) y que toman cursos para distraerse socialmente. Me dieron mucha ternura, me solidaricé con ellas sólo de recordar cómo Johanna me auxiliaba, y procedí a hacerle una propuesta harto heterodoxa a mi maestra: yo escribiría pequeños textos en francés, y ella me corregiría, fuera del trabajo reglamentario de la clase.

Aceptó. Quién sabe por qué. Y así lo hice durante el tiempo que duró el curso. Y con todo y que pasé con buena calificación (no recuerdo cuál), no seguí con los cursos porque aprendía más leyendo. Me suscribí a Le Monde, seguía leyendo sin muchos problemas, pero al acudir al cine Casa de Arte a ver películas francesas, no entendía más que el 30 por ciento si no prestaba atención a los subtítulos. Volvía mi depresión a la francesa.

Hace un par de meses me llegó una nueva invitación, ahora a asistir a un gran encuentro de editores independientes de todo el mundo latino, auspiciado por la Alliance des Éditeurs Indépendants, otra vez en París. Acepté sin siquiera pensarlo. Para practicar, renové mi suscripción a TVCinq, saqué mis flash cards que preparé durante mi curso de la Alianza Francesa, y me he puesto a temblar. Voy a estar 17 días en París. Para mí será una clase de 400 horas intensivas, incluyendo los sueños que logre desarrollar en francés, y si no regreso entendiendo lo que se dice en la calle y pudiendo comprender por lo menos el 80 por ciento de lo que se dice en las películas, creo que voy a tener que inscribirme, no en un curso de la Alianza sino en una sucursal de Francófonos Anónimos. He tocado fondo. Tengo que sacar este buey (yo) de la barranca. He dicho.

Salgo a París el 29 de junio.

1 comentario:

Mónica Mistretta dijo...

¡Qué rollazo! Todo para decir que nomás no hablas francés como hablas español. No importa. Acabo de volver de París, y no tuve ningún problema mezclando español, italiano y algo de inglés (en el último de los casos) con las tres palabras de francés que conozco. Ni modo, ya me hice a la idea que a estas alturas no voy a ponerme a estudiarlo. Tengo pésimo oído, y para hablar bien francés se necesita.
Envidio que tengas las ganas de querer dominarlo.
Por último, just FYI, anduve por allá en luna de miel, porque ¡ya me casé! En fin... me da gusto saber de ti. Mucho éxito. Beso