miércoles, 13 de junio de 2007

La música es otra encarnación del amor

Los primeros cuatro compases de la Gran Sonata Patética, opus 13, de Ludwig Van Beethoven


CUANDO AÚN NO CONOCÍA yo las delicias del amor entre dos cuer­pos apasionados, ya había experimentado en carne pro­pia ese otro éxtasis: el de la música.

A pesar de que desde mi infancia había escuchado en el tocadiscos familiar los grandes éxitos de Mozart, Beetho­ven, Chai­kovski, Cho­pin y Brahms —gracias a la meloma­nía materna—, no fue hasta los seis años cuando descubrí en carne propia la irrefrenable excitación que propicia una or­questa sinfónica en vivo. No recuerdo si yo era consciente de que iba a asistir al ballet, o si yo sabía de qué iba a tratar nuestra salida ese domingo, pero cuando empezaron a sonar los primeros compases de El lago de los cisnes y vi de qué manera se movían de manera inefable esos cuerpos humanos —como si fuesen ángeles bajados a la Tierra para ofrecer­nos una pequeña prueba de lo que sería el Paraíso—, mi vida ya había cambiado por completo.

Y aunque me impresionaron la densidad y la riqueza del sonido que me envolvía, muy pronto descubrí que volumen no es igual a intensidad, pues igual me conmovían en aquel entonces los preludios, valses y nocturnos de Chopin, que las sinfonías de Beethoven. Con un poco de Prokofiev, Shostakovich, Copland y Bernstein —amén de las clásicas piezas que uno apren­de cuando estudia piano—, ésta fue mi dieta musical hasta que llegué a la escuela secundaria, donde me descubrieron la música pro­gramática de Dukas, Grofé, Dvôrak y Smetana, pero dónde —más que nada— me rea­firmaron en mis amores de toda mi corta vida hasta enton­ces.


La verdadera revelación, sin embargo, llegó durante mis años de preparatoria. Una tarde, entré en el auditorio de la escuela, y escuché que un amigo, un año más joven que yo, tocaba al piano unas piezas lánguidas, profundamente me­lancólicas, hermosísimas. Salvo por la presencia de nosotros dos, no había nadie. Cuando terminó aquello, con un pro­longado acorde en la menor, me acerqué y le pregunté tími­damente por el nombre de quien había compuesto esa músi­ca y cómo se llamaba la pieza. “Erik Satie —me dijo, sin más y con una sonrisa medio maliciosa—. Son las Gymnope­dies.” No sé si pude articular palabra en ese mo­mento. No recuerdo qué pasó después, pero ese día supe que la música iba a acom­pañarme para siempre, que no ha­bría divorcio posible.


Las pasiones maduran y un poco más viejo, ya en la uni­versidad, empecé a sublimarme y elec­trizarme con Bach, Ravel, Debussy y Puccini, con Bartok, Chávez y Villa Lo­bos, con Stravinski y sobre todo con Mahler, porque sin Mah­ler el mundo sería otro, inhóspito, incomprensible. Sin las sinfonías de Mahler, esta vida sería una cárcel; escuchar­las, por otro lado, no es menos que una liberación.


Por todo lo anterior, me es imposible escuchar música de manera casual. Si no puedo ponerle toda mi atención, mejor no escucho nada. Muchas veces me ha ocurrido que debo quedarme en el coche media hora o cuarenta y cinco minu­tos después de arribar a mi destino, sólo para terminar de escuchar lo que están tocando en la radio, a veces para des­cubrir el nom­bre de su autor y de la composición. Soy, a estas alturas, un caso perdido: la música es otra encarnación del amor, y —para mí— sin amor, la vida carece de sentido.

1 comentario:

El Duque de Béjar dijo...

Ah! ése sí es un padecimiento incurable, que se vuelve crónico al pasar los años.

Hay una frase buenísima para -en este caso- describir el efecto de la música de Mahler:

"Wouldn't you just die without Mahler?"

Lo difícil es darle un efecto así de claro al traducirla.

Saludos,

FR