viernes, 6 de julio de 2007

París por lo bajo


EL QUE DESEA CONOCER una ciudad, debe elegir cómo. Puede hacerlo deliberadamente, caminando desde el punto A hasta el punto Z, pasando por todos los intermedios. O puede subirse al metro para llegar al punto J, el punto M o el punto R, caprichosamente. Si hay tiempo en abundancia, no hay mejor manera de conocer un lugar que dejándose ir. Puede uno decirse, por ejemplo: “Me meto al metro aquí y saldré en Montmartre, caminaré todo lo que aguante, y me submergiré en cualquier otra estación para ver dónde me nace volver a la superficie”. Así me he pasado varios días, sin despreciar el primer sistema, que forma parte de mi rutina matinal: levantarme a las cinco, salir a correr hasta un punto predeterminado, para luego volver en metro.

Siempre había querido atravesar todo París corriendo. Al principio de mi séjour, me quedaba en Rue de Bercy, a un lado del Palais Omnisports, donde dan los grandes conciertos populares. Y el jueves, como primera tentativa de completar tal hazaña, apagué el despertador a las 4:50 horas, y a las cinco ya estaba en camino hacia la Tour Eiffel. Primero hay que atravesar el Sena, para llegar, subiendo siempre, hasta Place d’Italie —donde me estoy quedando ahora, en casa del novelista colombiano Eduardo García Aguilar, y de su esposa Maricruz—, y de ahí atravesar casi toda la rive gauche hasta llegar al Champ de Mars y al Quai de Branly, donde se encuentra la torre más famosa del mundo. Ya había llegado a las 5:50. No atravsé toda la ciudad, pero la mitad sí, de poniente a oriente. Un gran desafío será partir de Place d’Italie, atravesar el Sena cerca de Notre Dame y, ya en rive droite, enfilarse hacia Montmartre hasta llegar a Sacré-Coeur, que es pura subida. Eso implica atravesar, ahora sí, casi toda la ciudad de sur a norte, para luego volver en metro.

París tiene un sistema subterráneo fabuloso: de canteras, de aguas, de trenes. No es fácil tener acceso al sistema de agua potable o a las cavernas de cuya existencia pocos sospechan, pero cualquiera puede subir al metro. En ciertos horarios se pone al rojo vivo, como en México, pero en otros puede uno viajar con bastante tranquilidad. Además, tiene 14 líneas, amén de cuatro líneas ferroviarias suburbanas. Se puede llegar a casi cualquier lugar, fácilmente, por medio de una o varias de estas líneas.

Las fotos que incluyo en esta entrega, todas, son retratos de lo que sucede debajo de la tierra, en los túneles peatonales del metro parisino o en los vagones mismos. Saqué las fotos como pude, sin deseos de molestar. En la superficie, todo el mundo ve muy natural que un turista saque fotos, pero el asunto cambia debajo de la superficie. Así, hallé la manera de calcular las tomas sin tener que pegar el ojo a la cámara y sin llamar la atención. No digo que siempre haya tenido éxito, pues una señora joven, con audífonos puestos, me veía con desconfianza y hasta me preguntó si le estaba sacando fotografías.

—Moi… ? Pas de tout ! —le mentí, y estoy realmente arrepentido, no de haberle sacado la foto sino por haberle causado una molestia. ¿Por qué hacerlo, entonces? Uno, cuando viaja, no visita edificios o cosas sino pueblos y ciudades donde vive gente. Los hábitat han sido construidos por aquellos que los viven. En sus caras se refleja el ambiente, la historia y el espíritu de esos lugares. Hasta uno mismo va adquiriendo los matices de todo aquello que lo rodea si se atreve a dejarse llevar, si se permite formar parte, sin miedo. Cuando veo las caras, me doy cuenta de que narran historias humanas, muy valiosas. Lo hace, incluso, el rostro de aquella mujer que no deseaba ser fotografiada. Le agradezco su historia y la comparto con ustedes, porque —al fin y al cabo— todos formamos parte de la misma familia humana.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola tocayo, aun sigo esperando la foto de un frances. Me gustan tus relatos, ojala algun dia puede vivir esa experiencia parisina. Cuidate.

Con un beso y un abrazo,

Sandra

Anónimo dijo...

Leyendo tus notas encuentro el sentido de viajar. Actividad que he dejando un tanto.

Un calido saludo!

Rafael (exalumno)

Apostillas literarias dijo...

Yo hago las dos casos, camino y me subo al metro :-)

Qué bello viaje, enhorabuena.