miércoles, 6 de febrero de 2008

Literatura vs. Entretenimiento: una enfermedad de nuestro tiempo

Stendhal según Johan Olaf Sodemark (1840), Wikipedia



Hace algunos años un columnista del periódico Milenio, en cuyo suplemento cultural Laberinto colaboro desde su nacimiento, escribió un artículo que me dejó girando. Ahora que lo he redescubierto, me parece que hoy —más que nunca— resulta importante analizar lo que allí se dijo para tratar de comprender dónde estamos parados como nación frente a los libros, la literatura, el arte y el conocimiento en general.

El columnista era Carlos Mota, un verdadero entendido en el terreno de los negocios. En aquel entonces hizo un comentario sobre la editorial Diana y la novela más reciente de Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes. Más que nada, es un comentario sobre las pérdidas millonarias de Editorial Diana, la cual más tarde fue absorbida por el Grupo Planeta. Mota ofreció una vista panorámica de los best sellers de la empresa. Fuera de la novela de Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes —el libro más vendido—, los demás títulos mencionados oscilan entre manuales de autoayuda y libros kitsch. Lo anterior en sí no sorprende: los libros de esta clase, aunque puedan venderse bien al principio, suelen ser de vida efímera. No hacen catálogo; son desechables. Y más allá de García Márquez, Editorial Diana tiene poca oferta de libros de permanencia voluntaria, aquellos que uno relee, atesora, presta, recuerda y hasta memoriza, por lo menos fragmentariamente.

Pero el columnista parece haber reflexionado sobre el fenómeno de otra manera por completo, y esta reflexión —con la cual inicia su nota— es la que me puso a girar. Empieza con una afirmación legítima, aunque desconsolador: “Soy muy malo para leer novelas. Me enferma cuando alguien asume que la ficción me debería gustar. Pero no me entretiene. Si no es útil, si no aprendo, no leo el texto”. A nadie puede obligársele a que le guste la ficción, desde luego. Pero el autor confunde literatura (“novelas”) con entretenimiento: una enfermedad de nuestro tiempo. Además, da a entender que las novelas no son útiles, pues no aprende de ellas. Tal vez pudiéramos colegir de esto que si las novelas fueran didácticas, sí las leería y sí le parecerían entretenidas.

Éstas son palabras mayores que encierran un problema fundamental de la cultura mexicana en la actualidad. Y casi enseguida se revela el problema en toda su magnitud. Mota escribe: “Hay dos fenómenos: para matar el tiempo, leer no es lo único. Adolescentes y adultos prefieren los juegos de video X Box o las películas […]. Asimismo, los más letrados en las ciencias saben que los journals académicos son mejor fuente que los libros para saber cómo avanza su campo de conocimiento”.

Aquí hay un grave malentendido. La literatura puede entretener —y de hecho lo hace con frecuencia— pero no es su cometido. Va mucho más allá. Es infinitamente más rica. La literatura es el espejo en que nos vemos como sociedad, como raza, como especie. Sin ella difícilmente podríamos saber quiénes somos, cómo hemos evolucionado y cómo somos iguales a lo largo de los siglos y milenios. Ningún X Box, ningún journal nos da esto. El goce que nos brinda la literatura —narrativa, poesía, teatro, ensayo— es mil veces superior al thrill efímero de un juego de video porque enriquece nuestros sentidos, amplía nuestro horizonte y aumenta nuestra perspectiva para funcionar con mayor seguridad, soltura y habilidad en el mundo real. Lo mismo puede afirmarse de una buena película, a diferencia de las malas que hoy en día parecen imitaciones de juegos de video.

Vista así, la literatura —la buena literatura— enseña. Pero más que enseñar en el sentido didáctico, ilumina, revela. Son estas iluminaciones las que agudizan nuestra percepción del universo en general. Pero si leemos literatura —del género que sea­— con la idea de que nos va a entretener como si fuera una película de Indiana Jones, puede que nos decepcione. Peor: vamos a perdernos el encanto verdadero de subir al privilegiado promontorio desde el cual pueda verse la humanidad en todo su esplendor y miseria, y a nosotros mismos dentro de ella. Después de esa experiencia, ¿a quién le interesa el mero entretenimiento?

Hay una pregunta más que debemos hacernos: Si está claro que el arte no sólo sirve para entretener —aun siendo capaz de hacerlo—, ¿por qué sucede que tantísimas personas que se acercan a los libros (para no hablar de otras manifestaciones artísticas) no son capaces de penetrarlos? ¿Por qué les parecen tan opacos, incomprensibles? Ahora bien, Memoria de mis putas tristes es, para mí, una mala novela, y malas novelas hay muchas. Pero supongamos que el señor Mota hubiera escogido Rojo y negro de Stendhal, o El amor en los tiempos del cólera del mismo García Márquez. Éstas son obras maestras. Me temo que la reacción del columnista habría sido la misma: no me entretiene, no aprendo nada.

En México, al igual que sucede en muchos otros países, hemos abdicado nuestra responsabilidad de enseñar a leer. Es más fácil que aprenda un niño que un adulto, claro, pero no es imposible que éste logre desembarazarse de sus prejuicios, una vez que no se sumergió en la lectura como, tan inocentemente, suelen hacerlo los niños sin pensar en su rentabilidad. Para el niño, meterse en el mundo creado por un libro es tan natural como aventarse al mar a nadar: sólo hay que perderle el miedo, si éste aparece. El adulto, sin embargo, desconfía; tiene nociones preconcebidas sobre qué debe ser el libro, pero cada obra es única. Hay que aprender a ver cada una como el ser que es, como si fuera humano, pues lo que encierra es humanidad. Hay que enseñar a leer a los niños, por supuesto. Pero también hay que enseñarles a los adultos a leer como si fueran niños.

Los buenos libros, como todo buen arte, no son catecismo ni dogma, y su propósito no es dar lecciones morales (aunque durante siglos la moralina eclesiástica fue disfraz para grandes obras de arte). Como ya lo había afirmado, lo que aprendemos del arte es a ver dentro de nosotros; vuelve visible lo que antes no podíamos o queríamos enfrentar, o lo que no podíamos manejar o expresar con palabras, pensamiento. Éstas son las enseñanzas mayores; todas las demás son derivaciones de éstas. El problema del señor Mota, y millones de seres humanos más, estriba en que las pequeñas enseñanzas que encontramos en los libros de textos y en los journals, no son las únicas. Sin duda son importantes, pero si no podemos reconocer y comprender la compleja grandeza de nuestra humanidad, nunca dejaremos de ser peones en una partida de ajedrez orquestada por aquellos que sí comprenden el fondo de nuestra alma colectiva.

7 comentarios:

Alberto Chimal dijo...

Hola, Sandro. Espero que estés bien.

La forma de pensar del articulista que citas es terriblemente desoladora, y más aún si se le ve como excepcional, rarísima... por lo bien articulada. Por otra parte, creo que tienes razón. ¿Qué hacer? Seguir picando piedra, por supuesto: seguir diciendo esto que importa decir aunque sea a contrapelo de todo.

Felicidades por otro texto lúcido y necesario. Suerte.

Asilo Arkham dijo...

Totalmente de acuerdo.

Anónimo dijo...

Hola Sr. Cohen:

Como siempre muy acertado en sus comentarios, le admiro por muchas cosas, entre ellas su férrea voluntad por inculcarnos el hábito de la lectura, le prometo que ya casi no leía, dizque porque no tengo tiempo, pero ya comencé y estoy muy interesado en ya no dejar de leer, aunque sean 10 minutos pero todos los días.

Brancusi dijo...

Sr. Cohen:
Al convertirse la sociedad en presa del espectáculo, como lo predijera Guy Débord, se vuelve fácil confundir la cultura light con aquella que como bien señala, busca ahondar en la naturaleza humana y nuestra comprensión sobre la sociedad en que vivimos y, la lectura es fundamental para ella.

Lo felicito.

Raciel Hernández dijo...

Hola, Sandro. Me ha gustado mucho tu texto. Sobre todo me ha llamado la atención aquello de "hay que enseñarles a los adultos a leer como si fueran niños" Pocos son las novelas, cuentos o poemas que me hayan hecho sentir cosas en el estómago, ganas de llorar, o llorar. Llegar a sentir esto con la literatura es porque se ha leído como un niño. En este poema trata de expresar lo que es esa lectura:

Un vacío en el estómago se me estremece.
Las lágrimas se me estremecen.
Los capullos se me estremecen.

Qué hacer con ese poema,
en dónde que lo sepa el aire,
en qué lugar de mí
su voz.

Un abrazo.

nacho mondaca dijo...

Un grupo de escritores de Sonora estamos participando actualmente de un proyecto experimental que se llama "Un escritor en tu escuela". Se trata de crear interés por la lectura en los niños (5 y 6 de primaria) mediante la interacción y relación con un escritor que les lleva sus propios libros y que les "cuenta" sus historias. A partir de ahí se desarrolla un diálogo con las preguntas de los propios niños: cómo le haces para escribir, cuánto tiempo te lleva hacer un cuento, etcétera, preguntas que demuestran que ya están "enganchados"; una vez me hicieron una pregunta terrible: ¿cuánto gana un escritor? jajajaja. Les dije la verdad: "depende".
Bueno, la experiencia ha sido tremenda y creo que, junto con la creación de los clubes de lectura, son alternativas viables para cambiar el perfil lector en el país. Tarea de troyanos, sin duda, pero necesaria.
un abrazo... nacho mondaca.

Pablo Perro dijo...

no había leido este, pero seguí explorando tu blog y me lo topé. En otra comunicación el joven Mota dijo una frase de oro "El libro "Quien se ha llevado mi queso" ha cambiado la vida de mucha gente aunque tu lo descalifiques" ante lo cual mi padrastro comentó "A la gente a la que le cambie la vida ese libro no se le debe permitir salir a la callle sin la supervisión de un adulto responsable".

Ahora me doy cuenta que pasa, el joven Mota no sabe leer, una cosa es poder leer para reconocer los letreros de la calle o interpretar un manual o texto laboral, otra cosa es saber leer. El que ve toda lectura como trabajo no sabe leer.