martes, 6 de enero de 2009

El brave new world del libro

TAL VEZ NO HAYA tenido las mismas repercusiones en México y América Latina que en Estados Unidos e Inglaterra, pero la noticia de que la editorial Houghton Mifflin Harcourt ya no aceptará manuscritos para su publicación cayó como tina de agua helada —y, además, envenenada— en el mundo editorial de habla inglesa. Que una editorial de su tamaño declare que no va a publicar nuevos títulos se parece, en palabras de David Streitfeld del New York Times [28 de diciembre de 2008, WK 3], “a una carnicería que anuncia, a voz en cuello, que ha dejado de comprar carne fresca”.

No sólo eso: la librería Borders, según el mismo artículo en el Times, está al borde de la quiebra. Borders es una de las cadenas libreras más grandes de Estados Unidos, y del mundo entero. Cuando se juntan dos noticias así, es difícil no detenerse a meditar en qué está sucediendo con los libros, sus vendedores y aquellos que leen (y los que no), aunque ya lo hayamos hecho hasta la saciedad desde que empezaron a desaparecer las librerías de barrio aquí, en Estados Unidos y en muchos otros países donde se adoptó el modelo comercial anglófono que rechaza el precio único —o fijo—, medida que en muchos países de Europa —como Francia, España, Portugal, Alemania y otros— ha permitido la supervivencia y aun el florecimiento de pequeñas librerías generales y especializadas, en pueblos y grandes ciudades. En México estamos en la curiosa situación de tener una Ley del Libro (oficialmente se llama Ley de Fomento para la Lectura y el libro), pero no funciona por falta de reglamentación: aún no la echan a andar… ¿Algún día será?

Ya recuperado del shock inicial, he llegado a la conclusión de que el modelo económico lanzado por los enormes consorcios editoriales tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, Francia y Alemania, está matando a su propia gallina que antes daba huevos de oro pero que ahora sólo los entrega estrellados. Es un modelo insostenible que la tecnología actual está carcomiendo cada vez más.

Países como México, Colombia, Ecuador, Chile, Venezuela, Perú, Guatemala…, atrasados triste y tecnológicamente, no resentirán de inmediato lo que está ocurriendo, por ejemplo en Estados Unidos, donde la reventa de libros en internet, a precios de hasta un centavo de dólar, está en auge. En América Latina, en comparación con lo que sucede en regiones más experimentadas, poca gente se atreve a usar una tarjeta de crédito para hacer compras en la red, y las tarifas postales, en México, por lo menos, son de las más caras del mundo. Aunque el libro aquí costara un peso, habría que pagar como 300 o más para pagar el envío, según el medio, la distancia y el peso. Así, por lo pronto, estamos aislados del fenómeno Harcourt-Borders. Pero el coletazo nos va a llegar de todas maneras y va a cambiar radicalmente la situación del libro y la lectura en México y América Latina.

Para empezar, ya teníamos —desdenantes pocas librerías. No hay aquí nada como Borders o Barnes & Nobel, esos hipermercados libreros donde sí puede (o podía) uno encontrar desde los clásicos hasta los best sellers, pasando por el catálogo de muchas editoriales de mediano calado, y en ocasiones hasta de editoriales pequeñas, independientes y locales. Tal vez no con la misma calidad y profundidad que las librerías tradicionales cuyos dueños todavía leían y conocían lo que compraban para ofrecer, pero algo es algo y hay que agradecerlo. Nuestra cadena más grande, Gandhi, no les llega ni al dedo chiquito de su pie más cojo.

Si las grandes editoriales que aún publican literatura de calidad (allá la llaman literary fiction, a diferencia de trade fiction, que es más chafa, más abiertamente comercial) empiezan a fallar y dejan de editar a nuevos autores y escritores difíciles, pronto comenzará a secarse el manantial de creatividad que antes veía la luz mediante una casa editorial. Esto no significa que vaya a secarse de manera definitiva sino que deberá hallar otro modo de cristalizar, otro medio, que podría ser la edición electrónica en forma de e-book, manejada por agencias o “librerías virtuales”, individualmente mediante algún cobro o de manera gratuita por sus autores ávidos de tener lectores de nuevo o por primera vez.

Para quienes aún gustamos de leer en papel, ya existe la tecnología para bajar libros de la red en formato PDF o similar, para imprimir y encuadernar al gusto del lector-comprador. Si hubiera suficientes de éstos, seguramente aparecerían muy pronto impresoras-encuadernadoras caseras, a bajo precio, como las impresoras especiales para fotografías digitales que ya podemos comprar. Las profesionales son muy caras…

Aunque esto llegará más tarde a México que a otros países más tecnológicamente favorecidos, sufriremos las consecuencias del colapso del modelo editorial antiguo, pues muchas de las editoriales que publican libros en español fueron adquiridas por los grandes consorcios norteamericanos y europeos, y sus operaciones en España y América Latina no son inmunes a lo que ocurre en el mercado más grande: el de habla inglesa. Aun las independientes sufriremos porque en un modelo económico disfuncional, nadie puede funcionar bien: hay que cambiar de modelo.

Si el libro literario tradicional ya se considera un objeto de lujo en la mayor parte de los países de habla española, lo será cada vez más simplemente porque se volverá cada vez más caro: a menores tirajes, mayores costos. No va a desaparecer pero ya está volviéndose más difícil para los autores nuevos publicar, como sea, en papel. Y si los autores nuevos son los clásicos del futuro, el futuro está medio frito, por lo menos en lo que a clásicos se refiere, por lo menos en papel. Como colectividad (no hablo de lectores exquisitos) estaremos condenados a leer, sea en los medios tradicionales o electrónicos, libros de auto ayuda y superación personal, manuales técnicos, best sellers probados y confeccionados ex profeso para venderse por millones (trade fiction) gracias a su viejas y cansadas fórmulas: los lectores acríticos los consumen al por mayor porque son fáciles de tragar, como dulce de algodón, y son igualmente nutritivos.

En el fondo, nada de esto me sorprende, como ya no me sorprende el que casi no haya nada bueno que ver en la tele, aunque tengamos más de 500 canales, 495 de los cuales transmiten pura basura; como tampoco me sorprende el que pocas personas sean capaces ya de discriminar entre buena y mala música, del género que sea. Les da lo mismo Shakira que Laura Pausini, y no son lo mismo. Si escuchan una fuga de Bach, les parece lo mismito que un nocturno de Chopin: su oído no funciona porque no ha sido entrenado sino violado mil veces. Por eso a todo le suben el volumen al máximo. Simplemente no oyen sino que sienten el trancazo del sonido. De ahí el éxito de los punchis punchis: a falta de contenido, fuerza. Ya no se puede hablar en los restaurantes. O hay que gritar o rogar que le bajen al volumen… O comer en casa.

En este caldo de mal cultivo, ¿qué es el libro tradicional? Claro, es algo que a mí me reconforta y satisface como un sexteto de Brahms, un plato de chilaquiles servido en su punto o la sonrisa de una bailarina que ha desafiado al espacio, la gravedad e incluso al tiempo. Los libros en papel se volverán cada vez más exquisitos para aquellos que aún quieran y puedan comprender y gozarlos. Espero que nuestro sistema educativo pueda hacer algo positivo en este sentido, pero a juzgar por su desempeño en años recientes, no tengo muchas razones para ser optimista. Tal vez entre nosotros, entre todos nosotros que aún leemos —e incluyo a usted—, podamos hacer que despierte el entusiasmo por la lectura en un niño, o dos, o cuatro, y en sus amigos… No importa que sea en pantalla, en e-books o libros impresos en papel. Pero sí importa que los libros sean buenos, que nos estimulen a pensar, a sentir y a reflexionar en nuestros pensamientos, emociones y sensaciones. Será un brave new world, un poco como éste.

 

6 comentarios:

El Duque de Béjar dijo...

Está duro, Sandro. La crisis trajo caras largas en todos los sectores.

A veces me imagino el futuro del libro un poco como un viaje a La Habana que hice hace varios años. Los poquísimos libros nuevos eran siempre correctos, fáciles y sistemáticos. Por otro lado, los títulos subversivos, atrevidos y originales no tenían cabida, simplemente no eran impresos en el país (al menos no oficialmente). De ese modo, las opciones eran pocas si se quería leer un buen libro, entonces o se conseguía un ejemplar manoseado y triste de alguna edición antiquísima, o de plano sólo el contrabando lo hacía posible.

Vamos a terminar leyendo impresiones casi caseras de tirajes mínimos, por el puro gusto de tener el papel en nuestras manos. Aunque esa tendencia se observa desde hace ya algún tiempo. No es un secreto que cada vez las librerías están más llenas de basura y los lectores somos cada vez menos críticos y más pasivos.

Basta de tristeza. La evocación musical propuesta -recordar el Sexteto No. 1 de Brahms, Op. 18- es de lo más efectiva, porque puede hacerte sonreír incluso en un principio de año como éste.

Saludos,

FR

Matute dijo...

El neoliberalismo ha llevado de la mano a lo que hoy estamos viviendo, la crisis, la perdida de valores, el poder de asombro, nos hemos transformado en seres pasivos que solo somos receptores de lo que nos dan en televisión, radio y cualquier medio de comunicación. Yo en lo personal veo poco de televisión y prefiero leer más (por que los medios solo transmiten información a medias). Ya no se confía en la política, ni en las instituciones, ya no se cree en nada esto ha sido llevado de la mano de la cultura que tenemos enraizada.

La ley de fomento para la lectura y el libro cuando empecé a escucharla, me llamo la atención pero sin embargo, sonaba muy bonita para ser realidad en México no es un problema de librerías para mi son problemas como lo económico, cultural y son problemas de cada persona. Como diría el gran Octavio Paz el mexicano lo que lee “son betseller, libros de superación e historietas y todo eso pues no ayuda a que se supere la persona, solo la mantiene en fantasías que lo sacan de la realidad por ejemplo: “como ser feliz en 1 semana”, “20 pasos para ser exitoso” cosas de esas que no ayudan en nada.
La gente no quiere leer y eso lo arrojan las encuestas, para muchos es perdida de tiempo, prefieren hacer otras cosas o les da flojera y con todo eso no se puede llevar a ningún lado si no a un vació muy profundo.
El gobierno no apoya, los medios atontan y los padres son pocos los que apoyan, el joven de hoy en día vive en cosas superficiales y efímeras que le dan sentido a su existencia por eso cada vez se arrojan peores datos en el sector educativo (como lo esta notando al leer esta orrocidad de redacción mía). El problema en español y matemáticas es cada vez más constante y vamos de mal en peor.
Yo cada vez acudo mas a los libros electrónicos por que son gratis y son una gran herramienta en este monstruo de la Internet, cada vez compro menos en librerías por que los que mas ocupo los encuentro en Internet.
*Lee y lucha es la mejor arma contra la ignorancia*
Posdate: sus blogs son una gran herramienta y ayuda

LuchinG dijo...

Que estamos mal, no lo dudo, pero ¿en cifras absolutas, hemos retrocedido? Quiero decir: si en el S.XIX en un país de, digamos, 10 millones de personas habían unos 50,000 lectores cultos, ahora en un país de 100 millones probablemente tengamos la misma cantidad; es decir que en proporción estamos diez veces peor, pero en el total seguimos igual. Esto en una pregunta, no una afirmación. ¿Crees que sea así?

Sandro Cohen dijo...

Estimado LuchinG:

Habría que matizar un poco. Es probable que ahora haya más lectores, en términos absolutos, que hace 40 años simplemente porque se imprimen muchísimos más libros que entonces, y de toda clase. Además, como dices, hay muchísimo más gente. Los que abundan son los llamados "léase y tírese" que antes sólo se hacían excepcionalmente. Pero si hablamos de literatura --y es ahí donde las culturas se reconocen-- se lee mucho menos, tanto en términos relativos como absolutos. En el México de los 70, por ejemplo, Joaquín Mortiz podía salir con un título literario (novela, cuento, ensayo y aun poesía) con un tiro promedio de tres mil ejemplares, y se agotaban en el curso de uno a tres años. No existía el fenómeno del "best sellerismo" como hoy existe. Y como ese libro, publicaban 50 más, y se iban vendiendo poco a poco en las muchas librerías que había en aquel entonces. Era buen negocio. Hoy la tirada es publicar pocos títulos pero con muchos ejemplares (de ahí el "best sellerismo"). Pero se sofoca la creatividad al no darle salida. A los jóvenes no se les da el trato de escritores de "best sellers" porque con ellos la inversión no es segura. Me consta, como ex director editorial del Grupo Planeta México, y después del Grupo Patria Cultural, que a estos consorcios les interesa tirar a lo seguro en términos comerciales mucho más que promover valores literarios. Están en su derecho, pero su estrategia está matando al producto que tienen para vender. El escenario literario está muy envejecido en comparación con hace 40 años. El futuro se ve tétrico. En ese sentido espero que el internet pueda ayudar a revivir esa parte de la ecuación, y que renazcan las librerías de barrio, donde tradicionalmente le había ido bien a la literatura. Esto es sólo una reflexión somera y para nada agota todas las facetas del problema.

Valens en Tampico dijo...

Oye Sandro ¿y qué pasa con las bibliotecas? Yo vivo en Tampico y en ciudad Vitoria, Tamaulipas, y las bibliotecas son como museos. Allí debería estar al menos todo lo bueno que publica el gobierno mexicano, que no es poco, creo. Siento que allí se podría hacer mucho. Saludos...

Anónimo dijo...

...please where can I buy a unicorn?