sábado, 8 de diciembre de 2007

Mis primeros 25 años... de mexicano

Interrumpo el flujo discursivo de este sitio de reflexión artística, política y social de este blog para incluir un texto muy personal que escribí a raíz del 25° aniversario de mi adquisición de la nacionalidad mexicana, el 30 de noviembre de 1982. Con unos 150 amigos lo celebramos el martes pasado, 4 de diciembre, en el Zinco Jazz Club. Hago público mis palabras porque muchísimas personas simplemente no entienden por qué vine a México, por qué me quedé ni en qué demonios habría estado pensando. Sin más, ahí les va. Las fotos fueron tomadas por Josefina Estrada esa misma noche.

In fraganti: Zinco Jazz Club, martes 4 de diciembre de 2007

Hace 34 años acepté un reto. Tenía 19 y, por alguna razón, sabía —sentía que mi futuro no estaba entre los muros de mi universidad, cubiertos de hiedra, por más que los quise y aún quiero por cuanto me brindaron, sobre todo la posibilidad de conocer México.

Era una existencia pacífica aunque eso sí: de mucha competencia académica. Eso me gustaba. También la biblioteca. Dos millones de volúmenes, cinco pisos llenos de todo lo que puede aspirar a saber un ser humano. Yo iba a esa biblioteca de la misma manera como iba al parque: para gozarla. Escogía una sección, cogía varios libros y me acostaba sobre la alfombra entre los estantes. Y así pasaba horas. En esa biblioteca leí por primera vez El laberinto de la soledad de Octavio Paz, y varios libros de Jorge Luis Borges. Narradores venezolanos, dramaturgos de Puerto Rico… Cosas que jamás podría haber imaginado. El problema estaba en que veía a mis profesores como si me viera a mí mismo a través de una bola de cristal, y no me gustaba la imagen. Me veía demasiado cómodo. Todo se me presentaba demasiado fácil, y a mí me gustan los retos.

El desafío mayor habría sido convertirme en escritor, en inglés y en Estados Unidos. Pero eso me parecía francamente imposible. ¿Cómo? ¿Quién iba a hacerme caso? Allá, los pocos escritores a los que llegué a conocer, no tenían tiempo para un aspirante a principiante, como yo. Hay sueños que uno difícilmente se atreve a fantasear simplemente porque parecen imposibles, igual que en la canción. Pero mi otro sueño, empezar de cero en una cultura nueva, aprender a hablar y escribir bien el español —no como mis maestros nacidos en Estados Unidos—, volver a nacer, ser uno y ser otro… Esto me parecía posible; difícil, pero posible. Lo que no sabía es que iba a ser muchísimo más difícil de lo que pensé.

Maravillado por el mundo hispánico, sobre todo por la poesía de Federico García Lorca, a quien leía desde la prepa en versión bilingüe, y tan indignado como intrigado por la España franquista, ya había hecho todos los trámites para largarme a España a pasar por lo menos un año en la Complutense de Madrid. Quería vivir la literatura, la historia; comprender las raíces de una civilización milenaria que tocaba hasta a los romanos, pasando por los árabes y mis antepasados sefardíes. Hasta había investigado cómo enviar mi motocicleta —tenía una motocicleta— para poder transportarme mejor. Orgulloso, le comuniqué a mi maestro de literatura latinoamericana que en septiembre próximo me marchaba a España. Me felicitó, me hizo varias preguntas y luego remató: ¿Por qué no vas a México? Ese profesor era Luis Mario Schneider, que en paz descanse, y en 10 minutos me convenció de abandonar mis planes ibéricos: él iba a llevar un grupo de estudiantes de Rutgers a México.

Difícilmente logro describir el shock de mi llegada, desde la mordida en el aeropuerto hasta los boquetes en las banquetas sobre la Avenida de los Insurgentes. Leía pasablemente bien el español porque había estudiado latín durante cuatro años, pero lo hablaba mucho menos que a medias. Una cosa es lo que se oye en un salón de clase, y muy otra es entender lo que a uno le dicen en la calle. No quiero ni pensarlo porque me da cierta pena. Tardé tres semanas para entender lo que me decían y soltar la lengua. Justo a tiempo para el inicio de clases en la Unam, donde me tocó estudiar con el poeta Carlos Illescas, la gramática Conchita Caso, el traductor Raúl Ortiz y Ortiz entre muchos otros… Y por Luis Mario conocí a Salvador Elizondo, Alí Chumacero, Inés Arredondo, Amparo Dávila, Miguel Capistrán, Tomás Mojarro y muchísima gente más.

Aunque los primeros tres meses fueron difíciles, al cuarto ya sabía que México iba a ser mi hogar, no porque me ofreciera facilidades, bibliotecas alfombradas, trabajos bien pagados… Lo sabía porque sentía que éste era mi lugar, que aquí debía volver a nacer, empezar de cero. Y lo sabía no por su economía o por el prestigio de su universidad —que la tiene— sino por los seres humanos que me acogieron en ese momento, que me estrecharon la mano y me animaron a dar mis pininos en un español aún titubeante. Mi reto, entonces, fue empezar un maratón cuando mis compañeros de generación ya iban en el kilómetro 21. Algún día los alcanzaré, tal vez, pero ¡esta carrera nadie me la quita! Nunca me había divertido tanto…

Tras terminar mi licenciatura y empezar la maestría, volví a México a dar clases en Cuernavaca, donde conocí a Claudia Acevedo, mi primera esposa y madre de mi primogénita Yliana, aquí con nosotros esta noche. Además, Yliana es mi adjunta, la mejor del mundo. Y gracias a Claudia estamos aquí esta noche, porque hace 25 años, aun cuando sabíamos que íbamos a separarnos, me apoyó y me ofreció su firma para naturalizarme como ciudadano mexicano: la formalización de una identidad en que me forjé a conciencia, no por un mero accidente de nacimiento. Estoy y estaré siempre muy agradecido con Claudia por eso.

Y fue apenas el principio. Ya con mi maestría y habiendo terminado —casi— mis estudios de doctorado en la Unam, con un primer librillo de poesía publicado gracias a Raúl Renán y su Máquina Eléctrica, llegué a la librería de Bellas Artes a negociar su presentación en sociedad. Y fue allí donde conocí a Josefina Estrada. Claro, ella debía estar en la Torre Latinoamericana, trabajando, pero así funciona el destino. No me avergüenza decir que de ella me enamoré a primera vista, aunque tardé meses para volver a hablarle después que se hizo aquella presentación. Me iba en metro hasta el Teatro Blanquito, como le decía José Antonio Alcaraz —que en paz descanse—, sólo para pararme a verla, a través de los ventanales, en días de presentación de libro. Después de muchas volteretas, y 27 años de conocernos, aquí estamos, con Leonora, nuestra hija. Nathanael, el hijo de Josefina que también es mío, vive ahora en Montreal y habla francés mucho mejor que yo, cosa que le envidio. Ojalá que hubiera podido estar aquí.

Tan importante como mi familia es mi otra familia, todos mis maestros y compañeros de ruta, sin los cuales —y lo digo sin ambages— mi vida no tendría mucho sentido. En primer lugar, y otra vez, Luis Mario Schneider, mi segundo padre, mi primer mentor y el más grande maestro que tuve jamás. A su lado aprendí todo lo que se puede, no sólo sobre cómo hacer investigación literaria —él era infatigable y pantagruélico en este sentido— sino sobre cómo vivir. Luis Mario era el carpe diem encarnado, y gracias a él me atreví a aprovechar el día, todos los días. Y por él conocí a mi otro gran maestro, el que sigue dándome lecciones cotidianamente a través de sus libros, sus consejos y su presencia firme e incondicional: mi amigo Rubén Bonifaz Nuño.

Y alrededor de Rubén giramos muchos amigos que estamos en deuda con él, algunos de los cuales había conocido antes; otros, después. En primer lugar Vicente Quirarte, ejemplo de constancia, dedicación al arte y amor a México. Y no menos importante: Vicente me enseñó a correr, y juntos emprendimos nuestro primer maratón. No lo terminamos por culpa mía, pero siempre que puedo hacerlo, reconozco públicamente que Vicente es mi padrino de corretizas, y nunca olvidaré aquella vez que subimos corriendo al Cerro de la Bufa en Zacatecas, de madrugada.

También de aquellas épocas data mi amistad con Luis Roberto Vera, chileno, otro trasterrado y enamorado de México; José Rafael Calva, escritor y músico, que en paz descanse; Raúl Renán, Guillermo Fernández, Francisco Hernández, Francisco Cervantes —quien se nos adelantó hace un par de años— Bernardo Ruiz, Marco Antonio Campos, Carlos Montemayor y René Avilés Fabila (todos ellos conocidos como la Cofradía de las Calacas). Edelmira Ramírez fue quien me sacó del Departamento de Publicaciones de El Colegio de México, donde trabajé dos años con Alberto Dallal, para invitarme a concursar por una plaza en la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, donde sigo torturando a mis alumnos, casi 28 años después. Con Alberto aprendí un montón, y en el Colmex obtuve mi primera experiencia editorial en serio. Jamás habría sospechado entonces que llegaría a fundar una empresa editorial propia.

Si no mencionara a Huberto Batis, el mero chingón del periodismo cultural en México, estaría realmente en falta porque de él aprendí todo. Y lo más importante: a sobreponerme al terror que sentía cada vez que entraba en su oficina del UnoMásUno.

¡He sido bendecido con tantos amigos…! Eduardo García Aguilar, colombiano enamorado de México y ahora avecindado en París; Ignacio Trejo Fuentes, con quien comparto más de lo que estaríamos dispuestos a reconocer públicamente; su padre Arturo Trejo Villafuerte; Salvador Castañeda, Martita Bernal, Héctor Carreto, Víctor Díaz Arciniega —colega de la UAM—, Carlos Santibáñez, Alberto Paredes, Carlos Oliva… Francisco Conde, Vladimiro Rivas, Óscar Mata —también colegas uameños—, Eusebio Ruvalcaba, Emiliano Pérez Cruz, Alejandro Zenker, José Luis Martínez —quien me lleva de la mano por los vericuetos de su Laberinto— y Jaime Aljure Bastos, el hombre que —en las oficinas de Planeta Mexicana— me enseñó de primera mano cómo se lleva una editorial en serio.

Me siento realmente afortunado porque la lista es enorme, y nunca podría acabar de leer los nombres de todas las personas a las cuales quiero tanto, y a las cuales agradezco infinitamente. Pero no podría terminar sin mencionar específicamente unas cuantas más, porque las quiero de manera muy especial, porque son como familia, mis hermanos: el gran pintor Rafael Hernández, cuya maestría en el trazo sólo es superada por su generosidad infinita, y su esposa, la fotógrafa Concepción Morales. Sin ellos, jamás podría haber nacido Editorial Colibrí.

Y, finalmente, quiero agradecer de todo corazón a otro hermano mío, que algún día fue alumno en la UAM, un hombre sin el cual muchas cosas en mi vida simplemente no habrían sucedido —como esta reunión, por ejemplo— aunque él no lo sepa. Me refiero a Mario Nava. Mario tiene el mérito de no ser poeta ni pintor ni cuentista ni músico ni nada de eso. Él sí es un hombre de bien. Pero cuando yo no veo la salida, cuando ya quiero gritar desesperadamente por tantas broncas que me hacen alucinar, Mario está allí, tranquilo, con su “¿Cuál es el problema?”, y procede a resolverlo todo. Muchas gracias, Mario, y Peggy, su esposa filadelfiana que prepara las mejores comidas de Thanksgiving en todo México. Y como a Mario, quisiera expresar mi gratitud a Itziar Alejandre Cearsolo, otra trasterrada, ella desde el País Vasco (de donde salió a los cuatro años), a cuya generosidad y visión debemos la supervivencia tanto de la editorial como del instituto donde día a día intentamos trasmitir los secretos de la escritura.

Y para terminar, ahora sí, quiero agradecer al motor silencioso —y a veces no tan silencioso—, al corazón detrás de mi proyecto de vida, la mujer por la cual aposté todo y jamás perdí nada, la fuerza que me inspira y me levanta y me anima, aún en los momentos más oscuros; la única persona en el mundo que realmente me entiende y sabe quién soy, y aún así no me corre a patadas; la muchacha que presentó mi primer libro de poemas, esa que yo veía, boquiabierto y estúpido detrás de los cristales del palacio de Bellas Artes, la madre de Leonora y Nathanael, mi esposa: Josefina Estrada. Gracias a todos, a Raymundo Herrera y todo el maravilloso equipo del Zinco Jazz Club; gracias a estos músicos espléndidos, porque sin música, poesía, pintura, teatro y danza, no sólo no valdría la pena vivir sino que no seríamos humanos. Muchas gracias por acompañarnos y sigan divirtiéndose, por lo menos otros 25 ó 50 años.


Con mis dos niñas, Yliana Victoria y Leonora Celia

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Algo mágico sucedió esa noche, y quizá porque todos sabíamos que celebrábamos a un ser auténtico –tan escasos hoy en día— convenimos que por tenerlo ya 25 años en México, él también nos celebraba a nosotros.

Atentamente, César Arenas Moreno.

Apostillas literarias dijo...

Una bella crónica, Sandro. Amigos, amores, alegría, caminos, y tantas cosas que van conformando la vida.

Un abrazo por esta celebración. Qué bueno que el destino te trajo a México.

Eduardo García Aguilar dijo...

Sandro
Que delicia y que envidia... Cómo me hubiera gustado estar en esa fiesta de Jazz para celebrar tu ancionalidad mexicana. Yo finalmente tambien lo soy, pero nunca he tenido el ánimo para iniciar lo trámites. Abrazos y felicidades. Ayer cenamos en la PizaCesar al lado del Canon de Gobelins. Por aqui anda Edmundo el hermano de Mary con una de su hijas y te recordamos. Chao Eduardo