
TAL VEZ NO HAYA tenido las mismas repercusiones en México y América Latina que en Estados Unidos e Inglaterra, pero la noticia de que la editorial Houghton Mifflin Harcourt ya no aceptará manuscritos para su publicación cayó como tina de agua helada —y, además, envenenada— en el mundo editorial de habla inglesa. Que una editorial de su tamaño declare que no va a publicar nuevos títulos se parece, en palabras de David Streitfeld del New York Times [28 de diciembre de 2008, WK 3], “a una carnicería que anuncia, a voz en cuello, que ha dejado de comprar carne fresca”.
No sólo eso: la librería Borders, según el mismo artículo en el Times, está al borde de la quiebra. Borders es una de las cadenas libreras más grandes de Estados Unidos, y del mundo entero. Cuando se juntan dos noticias así, es difícil no detenerse a meditar en qué está sucediendo con los libros, sus vendedores y aquellos que leen (y los que no), aunque ya lo hayamos hecho hasta la saciedad desde que empezaron a desaparecer las librerías de barrio aquí, en Estados Unidos y en muchos otros países donde se adoptó el modelo comercial anglófono que rechaza el precio único —o fijo—, medida que en muchos países de Europa —como Francia, España, Portugal, Alemania y otros— ha permitido la supervivencia y aun el florecimiento de pequeñas librerías generales y especializadas, en pueblos y grandes ciudades. En México estamos en la curiosa situación de tener una Ley del Libro (oficialmente se llama Ley de Fomento para la Lectura y el libro), pero no funciona por falta de reglamentación: aún no la echan a andar… ¿Algún día será?
Ya recuperado del shock inicial, he llegado a la conclusión de que el modelo económico lanzado por los enormes consorcios editoriales tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, Francia y Alemania, está matando a su propia gallina que antes daba huevos de oro pero que ahora sólo los entrega estrellados. Es un modelo insostenible que la tecnología actual está carcomiendo cada vez más.
Países como México, Colombia, Ecuador, Chile, Venezuela, Perú, Guatemala…, atrasados triste y tecnológicamente, no resentirán de inmediato lo que está ocurriendo, por ejemplo en Estados Unidos, donde la reventa de libros en internet, a precios de hasta un centavo de dólar, está en auge. En América Latina, en comparación con lo que sucede en regiones más experimentadas, poca gente se atreve a usar una tarjeta de crédito para hacer compras en la red, y las tarifas postales, en México, por lo menos, son de las más caras del mundo. Aunque el libro aquí costara un peso, habría que pagar como 300 o más para pagar el envío, según el medio, la distancia y el peso. Así, por lo pronto, estamos aislados del fenómeno Harcourt-Borders. Pero el coletazo nos va a llegar de todas maneras y va a cambiar radicalmente la situación del libro y la lectura en México y América Latina.
Para empezar, ya teníamos —desdenantes— pocas librerías. No hay aquí nada como Borders o Barnes & Nobel, esos hipermercados libreros donde sí puede (o podía) uno encontrar desde los clásicos hasta los best sellers, pasando por el catálogo de muchas editoriales de mediano calado, y en ocasiones hasta de editoriales pequeñas, independientes y locales. Tal vez no con la misma calidad y profundidad que las librerías tradicionales cuyos dueños todavía leían y conocían lo que compraban para ofrecer, pero algo es algo y hay que agradecerlo. Nuestra cadena más grande, Gandhi, no les llega ni al dedo chiquito de su pie más cojo.
Si las grandes editoriales que aún publican literatura de calidad (allá la llaman literary fiction, a diferencia de trade fiction, que es más chafa, más abiertamente comercial) empiezan a fallar y dejan de editar a nuevos autores y escritores difíciles, pronto comenzará a secarse el manantial de creatividad que antes veía la luz mediante una casa editorial. Esto no significa que vaya a secarse de manera definitiva sino que deberá hallar otro modo de cristalizar, otro medio, que podría ser la edición electrónica en forma de e-book, manejada por agencias o “librerías virtuales”, individualmente mediante algún cobro o de manera gratuita por sus autores ávidos de tener lectores de nuevo o por primera vez.
Para quienes aún gustamos de leer en papel, ya existe la tecnología para bajar libros de la red en formato PDF o similar, para imprimir y encuadernar al gusto del lector-comprador. Si hubiera suficientes de éstos, seguramente aparecerían muy pronto impresoras-encuadernadoras caseras, a bajo precio, como las impresoras especiales para fotografías digitales que ya podemos comprar. Las profesionales son muy caras…
Aunque esto llegará más tarde a México que a otros países más tecnológicamente favorecidos, sufriremos las consecuencias del colapso del modelo editorial antiguo, pues muchas de las editoriales que publican libros en español fueron adquiridas por los grandes consorcios norteamericanos y europeos, y sus operaciones en España y América Latina no son inmunes a lo que ocurre en el mercado más grande: el de habla inglesa. Aun las independientes sufriremos porque en un modelo económico disfuncional, nadie puede funcionar bien: hay que cambiar de modelo.
Si el libro literario tradicional ya se considera un objeto de lujo en la mayor parte de los países de habla española, lo será cada vez más simplemente porque se volverá cada vez más caro: a menores tirajes, mayores costos. No va a desaparecer pero ya está volviéndose más difícil para los autores nuevos publicar, como sea, en papel. Y si los autores nuevos son los clásicos del futuro, el futuro está medio frito, por lo menos en lo que a clásicos se refiere, por lo menos en papel. Como colectividad (no hablo de lectores exquisitos) estaremos condenados a leer, sea en los medios tradicionales o electrónicos, libros de auto ayuda y superación personal, manuales técnicos, best sellers probados y confeccionados ex profeso para venderse por millones (trade fiction) gracias a su viejas y cansadas fórmulas: los lectores acríticos los consumen al por mayor porque son fáciles de tragar, como dulce de algodón, y son igualmente nutritivos.
En el fondo, nada de esto me sorprende, como ya no me sorprende el que casi no haya nada bueno que ver en la tele, aunque tengamos más de 500 canales, 495 de los cuales transmiten pura basura; como tampoco me sorprende el que pocas personas sean capaces ya de discriminar entre buena y mala música, del género que sea. Les da lo mismo Shakira que Laura Pausini, y no son lo mismo. Si escuchan una fuga de Bach, les parece lo mismito que un nocturno de Chopin: su oído no funciona porque no ha sido entrenado sino violado mil veces. Por eso a todo le suben el volumen al máximo. Simplemente no oyen sino que sienten el trancazo del sonido. De ahí el éxito de los punchis punchis: a falta de contenido, fuerza. Ya no se puede hablar en los restaurantes. O hay que gritar o rogar que le bajen al volumen… O comer en casa.
En este caldo de mal cultivo, ¿qué es el libro tradicional? Claro, es algo que a mí me reconforta y satisface como un sexteto de Brahms, un plato de chilaquiles servido en su punto o la sonrisa de una bailarina que ha desafiado al espacio, la gravedad e incluso al tiempo. Los libros en papel se volverán cada vez más exquisitos para aquellos que aún quieran y puedan comprender y gozarlos. Espero que nuestro sistema educativo pueda hacer algo positivo en este sentido, pero a juzgar por su desempeño en años recientes, no tengo muchas razones para ser optimista. Tal vez entre nosotros, entre todos nosotros que aún leemos —e incluyo a usted—, podamos hacer que despierte el entusiasmo por la lectura en un niño, o dos, o cuatro, y en sus amigos… No importa que sea en pantalla, en e-books o libros impresos en papel. Pero sí importa que los libros sean buenos, que nos estimulen a pensar, a sentir y a reflexionar en nuestros pensamientos, emociones y sensaciones. Será un brave new world, un poco como éste.